LOGINLa madre de Adrian murió cuando él tenía doce años en un terrible accidente automovilístico. Desde entonces, prácticamente no tenía familia… excepto ella.
La expresión del hombre permanecía completamente inexpresiva. —Será mejor que lo pienses otra vez, cariño. No habrá ningún divorcio. Lo siento, pero lo que quieres no será posible mientras tu madre siga viva —dijo Adrian mientras la miraba fijamente—. Ni en sueños. La mente de Isabella era un caos. No entendía por qué Adrian hacía todo aquello. No se amaban y las personas que habían organizado aquel absurdo matrimonio ya no estaban vivas. No podía comprender qué hacía tan difícil para él ponerle fin de una vez por todas. Después de empacar sus cosas, Adrian volvería al extranjero. Permanecía fuera del país durante tres o cuatro semanas seguidas y, durante ese tiempo, prácticamente no existía comunicación entre ellos. Nunca hablaban sobre cómo hacer funcionar su matrimonio o cómo comportarse como marido y mujer. Solo hablaban de negocios. Isabella no podía creer que estuviera atrapada en una situación así. No entendía qué era lo que Adrian realmente quería. Cada vez que mencionaba el divorcio, él siempre respondía exactamente lo mismo. ¿Acaso Adrian pensaba siquiera en lo que decía? Por supuesto que ella no deseaba la muerte de su madre. Era la única familia que le quedaba. Y aunque Adrian fuera su esposo legalmente, ella jamás lo había considerado realmente parte de su vida. Llevaban dos años casados y, aun así, seguía siendo virgen. Sí, una esposa virgen. Por eso no lograba encontrar una razón lógica para que Adrian siguiera aplazando el divorcio. No entendía por qué prolongaba aquella situación cuando ambos tenían la oportunidad de terminar con todo fácilmente. Los dos sabían que no se amaban y que ese matrimonio arreglado podía acabar con solo firmar unos papeles. Sin embargo, para Adrian parecía imposible dejarlo ir. Isabella se preguntaba si él seguía aferrándose a la promesa que le hizo a su difunto padre. ¿Cuánto tiempo más iba a vivir atrapado en el pasado? ¿Era realmente tan difícil para él dejar atrás aquella promesa para que ambos pudieran tener sus propias vidas y encontrar la felicidad que merecían? Adrian dirigía la sucursal de la empresa familiar en Estados Unidos, mientras ella permanecía sola en su país, sin saber absolutamente nada sobre la vida de su supuesto marido. Después de cerrar su maleta, Adrian salió de la habitación sin decir una sola palabra. Ni siquiera se molestó en despedirse de ella o mirarla antes de irse. Era como si nunca hubiera existido para él. —Idiota —gritó Isabella después de que la puerta del dormitorio se cerrara. Se dejó caer en el borde de la cama, incapaz de comprender por qué tenía que vivir atrapada en una situación tan miserable. Adrian la estaba torturando. No sabía qué le había hecho para merecer un sufrimiento así. Isabella cerró los ojos con fuerza, intentando contener la frustración que la consumía. Lo odiaba por ignorar constantemente sus deseos, especialmente cuando él jamás había hecho el menor esfuerzo por salvar el matrimonio que tanto insistía en mantener. De repente, sintió que las piernas le flaqueaban. No sabía cuánto tiempo más podría soportar aquella absurda relación entre ella y Adrian. Ya no tenía fuerzas ni para ponerse de pie. Adrian tenía la increíble capacidad de absorber toda su energía sin siquiera hacer nada. Isabella dejó escapar un profundo suspiro. El comportamiento de Adrian la irritaba profundamente. —Hola, Isabella. La voz provenía de su mejor amiga, Bianca. Era una llamada internacional. Bianca vivía en el extranjero junto a su esposo, quien también era un importante hombre de negocios. —Hola —respondió Isabella, incapaz de evitar una pequeña sonrisa—. ¿Qué sucede? —preguntó con curiosidad, imaginando que debía tratarse de algo importante para que Bianca hiciera una llamada de larga distancia. —Solo quería recordarte la promesa que me hiciste. Dijiste que vendrías cuando naciera mi primer hijo —respondió su mejor amiga. Era una promesa que ambas se habían hecho años atrás. Habían acordado que, cuando alguna de las dos tuviera a su primer hijo, la otra estaría allí para apoyarla. Bianca era como la hermana que Isabella nunca tuvo, por eso no podía romper aquella promesa. Mucho menos ahora que estaba tan cerca de dar a luz. —Por supuesto. No hay forma de que lo olvide. ¿Cómo va todo? ¿Cuándo sales de cuentas? —preguntó emocionada. Aunque debía admitir que una pequeña parte de ella sentía celos de su mejor amiga. No podía evitarlo. Bianca estaba a punto de convertirse en madre, mientras que su propia vida era un completo desastre. Llevaba dos años casada y, aun así, seguía siendo virgen. No lograba entenderlo. Su esposo jamás había intentado acercarse a ella, y no podía evitar preguntarse por qué Adrian nunca la había visto como una mujer atractiva. Pensar en su situación la irritó de inmediato. Era absurdo. Nunca imaginó que su vida matrimonial terminaría siendo así, y lo odiaba. Odiaba a Adrian por hacerla sentir de esa manera. —Bueno, faltan solo dos días, así que será mejor que reserves tu boleto. Te necesito aquí conmigo, especialmente ahora que acabo de discutir con Mason —dijo Bianca con dramatismo. A diferencia de ella y Adrian, el matrimonio de Mason y Bianca no había sido arreglado. Ambos se conocieron en Chicago mientras cursaban su maestría. Isabella fue testigo de cómo mantenían una relación intermitente hasta que, finalmente, decidieron casarse apenas seis meses después de la boda de ella con Adrian. Mason y Bianca se casaron a pesar de sus constantes desacuerdos. Isabella no podía evitar admirar la manera en que ambos aceptaban los defectos del otro. Tal vez discutían mucho, pero eso también formaba parte de la vida matrimonial. Después de todo, decían que las discusiones solo fortalecían una relación. Quizá no existía el matrimonio perfecto, pero el de Mason y Bianca era especial. En cambio, ella y Adrian nunca discutían como una pareja normal. Sus únicas conversaciones giraban alrededor del divorcio, y él siempre le daba la misma respuesta. —Está bien. No te preocupes. Iré para allá. Solo déjame adelantar trabajo para no encontrarme con demasiadas cosas pendientes cuando regrese —respondió Isabella a su mejor amiga.Pensó que una sopa sería justo lo que Adrian necesitaba en ese momento para reponerse. Por su aspecto, se notaba que estaba agotado, y suponía que gran parte de esa tensión se debía a la llegada de la niña. Recordó cómo había actuado su esposo en cuanto entró y escuchó el llanto del bebé: se le notaba confundido y, al mismo tiempo, profundamente preocupado. Lo había visto en sus ojos. Y cuando tomó a la pequeña en brazos para intentar calmarla, observó cómo le brillaba la mirada, aunque también era evidente que no tenía ni la menor idea de cómo cuidarla. No podía evitar preguntarse: ¿cómo había sido capaz de traerla hasta allí sin ayuda? ¿O acaso no había venido solo? Esa era una incógnita más que necesitaba resolver. Soltó un profundo suspiro y siguió con lo que estaba haciendo. Sabía que su esposo no era exigente con la comida, y eso era algo que le agradaba de él. Desde que convivían tras la boda, Adrian comía cualquier cosa que ella preparara, sin hacer comentarios ni cuestiona
Nathalie necesitaba una madre que la cuidara; necesitaba una familia completa. Y él sabía que las únicas personas capaces de dárselo eran él e Isabella. Juntos podían brindarle el hogar y el afecto que la pequeña requería. Llevaba esperando solo unos minutos cuando, sin darse cuenta, el cansancio terminó por vencerlo y se quedó dormido. No pudo evitarlo: sus párpados se sentían cada vez más pesados, tras haber ido a buscar a Nathalie al hospital y traerla directamente a casa desde el aeropuerto, sin descanso. Un sonido seco y fuerte, como el de una bofetada, resonó en la habitación y lo despertó de golpe. Si de su enojo pudiera salir humo por las fosas nasales, ya habría ocurrido. Tenía ganas de gritar en cuanto salió del baño y vio que Adrian se había quedado dormido en la silla. —¿Cómo puedes quedarte dormido sin haber dicho una sola palabra sobre todo esto? —se dijo a sí misma, incrédula ante lo que veía. Aunque había logrado calmar a la bebé, no podía evitar sentirse herida a
Cantaba con suavidad, deseando que su voz le resultara agradable. ❤️ Mientras tanto, no podía apartar la vista de su rostro inocente: tenía que admitir que era realmente encantadora. Cualquier persona, por más dura que fuera, se ablandaría al ver esa carita. No pudo evitar esbozar una leve sonrisa mientras la veía descansar profundamente. —Isabella, si quieres, yo me quedo con ella un rato y tú puedes ir a ducharte —le dijo Adrian en voz baja, sin atreverse todavía a sostenerle la mirada. Dios mío… pensó ella. ¿Por qué no le decía de una vez quién era esa niña? Puso los ojos en blanco y simplemente lo ignoró, siguiendo caminando para que el movimiento mantuviera a la pequeña dormida sobre su hombro. Unos minutos después, se detuvo frente al espejo del tocador para comprobar si ya estaba profundamente dormida; temía que despertara en cuanto la pusiera en la cama. Vio que Adrian ya había preparado un espacio seguro en el centro de la cama. Se acercó y la acostó con mucho cuidado,
Dale mis saludos a tu madre. Dile que he tenido que volver a Florida para terminar un proyecto importante. Tal como te lo prometo, volveré y será el comienzo de una nueva etapa para nuestro matrimonio. Por favor, espérame y dame la oportunidad de que esto funcione. Cuídate mucho mientras estoy fuera y no olvides mi promesa. Espero que, al igual que yo, también desees que llegue pronto el día en que regrese a casa y cumpla lo que te he dicho. Con cariño, Adrian Isabella no pudo evitar que se le llenaran los ojos de lágrimas al leer el papel que encontró sobre la mesa. Era la nota que Adrian le había dejado antes de partir hacia Florida. No sabía cómo describir lo que sentía en ese momento. Hasta hacía muy poco, hervía de rabia por culpa de él; le había hecho acusaciones que le resultaban imposibles de aceptar, porque sabía con total certeza que no había hecho nada que pudiera manchar su matrimonio, por más que entre ellos se comportaran como dos extraños. Por eso le dolieron tanto
Adrian sacó una botella de vino de la cava y una copa vacía. Sirvió el licor y se dirigió hacia la sala de estar con la copa en la mano. No lograba ordenar sus pensamientos ante la situación en la que se encontraban. _______ Por su parte, Isabella tampoco podía controlar la tormenta de emociones que se agitaba en su interior. En cuanto bajó del coche de Adrian, ya no pudo ocultar la rabia y el dolor que sentía. Llamó rápidamente a un taxi para volver a casa; no podía permanecer ni un minuto más en ese vehículo. Compartir esos minutos con él solo le había hecho sentir más herida. Sentía que iba a estallar por la intensidad de su sufrimiento, que incluso le quitaba el aliento. Era como si le hubieran clavado mil puñaladas en el pecho. No aceptaba que Adrian la viera como una mujer sin valor ni principios. Le costaba creer que hubiera pronunciado aquellas palabras con tanta ligereza, y se preguntaba qué le hacía pensar que ella era capaz de comportarse de esa forma. Cuando el taxi
Se quedó más que sorprendida por lo que acababa de escuchar. ¡De verdad tenía el valor de insinuar cosas desagradables una vez más! No podía creer que su esposo actuara así. Con solo unas pocas palabras, era capaz de encender fácilmente la ira en su interior. Isabella contuvo una sonrisa amarga ante la decepción y la rabia que sentía hacia Adrian. Quería quedarse en silencio, pero sabía que él no se detendría, aunque ella no respondiera. Entonces, una idea cruzó por su mente. —Bueno, todo estuvo bien. Disfruté mucho de ver a mi bebé, aunque fuera solo por unas horas —respondió, sin siquiera molestarse en mirarlo para ver su reacción. Ya no le importaba lo que estuviera pensando; le parecía absurdo que le hiciera ese tipo de preguntas, no solo una, sino ya dos veces. No entendía de dónde sacaba el valor para lanzarle tales acusaciones, así que ahora vería hasta dónde quería llegar. Ella seguiría el juego. —¿Y tú? ¿Por qué has regresado tan de repente? Apenas llevabas fuera menos







