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Capítulo 4

last update publish date: 2026-10-21 10:50:08

En resumen, ambos vivían vidas completamente separadas. Hasta ese momento, Isabella seguía preguntándose por qué Adrian había aceptado aquel matrimonio cuando perfectamente pudo haberse negado.

No podía evitar sentir resentimiento hacia él. Adrian parecía aferrarse al sufrimiento de haber perdido a sus padres sin darse cuenta de que la promesa que ellos hicieron ya se había cumplido. Y ahora, por alguna razón que ella desconocía, parecía empeñado en hacerla sufrir también al negarse a divorciarse.

Isabella respiró profundamente.

¿Por qué la vida tenía que ser tan cruel?

¿Por qué le estaba ocurriendo todo aquello, cuando jamás recordaba haberle hecho daño a nadie?

Ella era como cualquier otra mujer: soñaba con una boda hermosa junto al hombre que amara con todo su corazón.

Entonces, ¿por qué tenía que estar atrapada con Adrian por culpa del pasado?

¿Por qué no podía convencer a su esposo de dejar ir aquel matrimonio que nunca nació del amor, sino de una promesa hecha por sus padres incluso antes de que ellos nacieran?

Sacudió la cabeza, sintiendo que pensar demasiado en su situación comenzaba a darle dolor de cabeza.

Era una situación de la que no sabía cuándo ni cómo lograría escapar.

Finalmente, se levantó y dejó que el agua de la ducha recorriera su cuerpo para enjuagar la espuma. Luego tomó una bata y se la puso.

Después envolvió su cabello con una toalla y abrió la puerta del baño.

Pero se quedó paralizada al descubrir quién estaba dentro de la habitación.

Sus ojos se abrieron con sorpresa al ver a Adrian allí, de pie en medio del dormitorio.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó finalmente cuando logró recuperarse del impacto. Sus cejas se fruncieron por la confusión y la sorpresa.

La ceja de Adrian se alzó al escuchar la pregunta de Isabella.

—¿Qué estoy haciendo aquí? —repitió con sarcasmo—. Parece que olvidaste que esta también es mi casa.

El hombre la observó fijamente mientras hablaba.

—Sí, lo sé. Pero ¿qué haces en mi habitación? —preguntó Isabella con irritación. La aparición repentina de Adrian la había tomado completamente por sorpresa.

Adrian arqueó una ceja.

—Vaya… ¿acaso esta no es también mi habitación? —respondió, ignorando claramente el tono molesto de ella.

—Como sea —bufó Isabella mientras ponía los ojos en blanco y pasaba a su lado—. Según yo, tú duermes en la habitación de invitados, no aquí.

—¿Por qué llegaste tan tarde? —preguntó Adrian de repente.

La pregunta la hizo detenerse en seco.

Isabella levantó una ceja, sorprendida. Era la primera vez, en sus dos años de matrimonio, que Adrian cuestionaba la hora a la que regresaba a casa. No sabía si sentirse satisfecha o insultada por la manera en que él lo hacía.

Soltó una risa sarcástica.

—¿Y qué si llegué tarde? Supongo que eso no es asunto tuyo.

La irritación era evidente en su voz. De repente, las preguntas de Adrian comenzaron a molestarla más de la cuenta. Él hablaba como si tuviera derecho a interrogarla, cuando pasaba semanas fuera de casa sin dirigirle una sola palabra.

Isabella negó con incredulidad.

¿Cómo se atrevía a cuestionarla ahora? Nunca había hecho nada para comportarse como un verdadero esposo. Solo iba y venía de la casa como un extraño, aferrándose a una promesa absurda mientras ignoraba por completo el matrimonio que decía proteger.

Para sorpresa de Isabella, Adrian no retrocedió.

El hombre la sujetó del brazo y la hizo girar hasta dejarla frente a él.

—Bueno, lamento decirte esto, pero cuando te hago una pregunta, no me des la espalda —dijo con voz firme—. Sí es asunto mío… porque eres mi esposa.

Sus palabras fueron contundentes.

—Nunca podrás cambiar esa verdad. Eres mi esposa.

Isabella no se sintió intimidada.

Lo miró directamente a los ojos, molesta por escuchar esas palabras salir de sus labios.

—¿Esposa? —repitió con sarcasmo.

Aquella palabra solo consiguió enfurecerla más.

¿Cómo se atrevía a llamarla así cuando jamás la había tratado como una esposa? Desde el día en que se casaron, ella nunca se sintió realmente parte de su vida.

Cada vez que él se marchaba, la hacía sentir abandonada. Y cuando regresaba, seguía actuando como un desconocido.

—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —espetó mientras se soltaba bruscamente de su agarre.

Sin esperar una respuesta, salió de la habitación lanzándole una última mirada fría.

No tenía sentido escucharlo insistir en que tenía derecho a cuestionarla solo porque, legalmente, era su esposo.

Adrian ya estaba en casa desde las cinco de la tarde. Incluso había preparado la cena mientras esperaba la llegada de Isabella.

Por primera vez, había cocinado para ella porque quería que cenaran juntos.

Llevaban dos años casados, pero su matrimonio apenas existía sobre el papel.

Nunca hicieron nada de lo que haría una pareja normal.

Había regresado antes de lo previsto porque debía asistir a una licitación para un nuevo proyecto que se construiría en la ciudad principal.

Después de varias horas de viaje, fue directamente a casa para descansar. También quería hablar con Isabella sobre la posibilidad de llevarla con él a Florida. Deseaba presentarle a su mejor amigo y que ambos permanecieran allí durante un tiempo, hasta que terminara el proyecto que estaba desarrollando.

Sin embargo, terminó quedándose dormido mientras la esperaba.

Isabella nunca llegó.

Cuando escuchó un automóvil detenerse frente a la casa, se levantó de inmediato.

Minutos después, oyó a Isabella entrar, pero luego todo quedó en silencio.

Decidió subir a buscarla en su habitación.

Su habitación.

La misma que nunca había compartido realmente con ella.

Isabella jamás quiso dormir a su lado, y él respetó esa decisión. Sabía perfectamente cuánto rechazaba aquel matrimonio. Ella solo había aceptado porque el último deseo de su padre era verla casada con él.

Sus padres habían hecho una promesa años atrás: su primer hijo se casaría con la primera hija de la otra familia, sin importar nada más.

Y ahora estaban allí, atrapados en una promesa hecha mucho antes de que nacieran.

Adrian cumplía aquel acuerdo porque sentía que había nacido para ella.

Isabella, en cambio, se había casado porque no tuvo elección.

No podía negar que estaba cautivado por su belleza. El aura elegante y delicada que la rodeaba siempre lograba atraparlo. Y el suave aroma que desprendía después de salir del baño lo desarmaba por completo.

Aun así, Adrian nunca la había tocado desde que se casaron.

Nunca hizo ningún intento porque no quería acercarse a ella por obligación.

Deseaba tenerla solo cuando Isabella pudiera amarlo de verdad.

Quería hacerle el amor, no simplemente compartir una cama.

Deseaba que ese momento ocurriera porque ambos lo sintieran, no porque estuvieran unidos por un matrimonio impuesto.

Para él, aquello era algo especial. Algo íntimo y valioso que no debía suceder por presión o deber.

Por eso esperaba pacientemente el momento adecuado.

Quería que ocurriera cuando ambos estuvieran listos… cuando el amor fuera real entre ellos.

Sin embargo, Adrian debía admitir que aquella noche se sintió irritado al verla regresar tan tarde.

Y la forma en que ella le respondió cuando le preguntó dónde había estado solo consiguió aumentar más su enojo.

No podía evitar pensar si Isabella había estado con otro hombre.

Ella era hermosa.

Demasiado hermosa.

Y la idea de que alguien más pudiera acercarse a su esposa despertó una sensación amarga y posesiva dentro de él.

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