LOGINDraven la tomó entre sus brazos con la misma facilidad con la que se toma algo que le pertenece por derecho propio, rodeándole la espalda con un brazo y sosteniéndole las piernas con firmeza, alzándola contra su pecho como si su peso no fuera nada. El camino de regreso a la mansión se sintió interminable para Cassy. Cada paso que él daba la acercaba más a aquel lugar que ahora sabía que sería su prisión: un refugio de lujo, sí, pero una jaula de oro de la que no existía llave alguna. El viento nocturno soplaba entre los árboles, helándole la piel, y el silencio que los envolvía era pesado, cargado de un destino que ella no había elegido. Apoyó la cabeza en su hombro, sin fuerzas para mantenerla erguida, y con voz apenas audible, entre el susurro y el sollozo, formuló la pregunta que aún se atrevía a albergar: -¿Podré volver a la universidad? -susurró, con la esperanza temblorosa, frágil, como un hilo que podía romperse en cualquier instante-. Solo... necesito seguir con mi vida. No
La certeza le golpeó con la misma fuerza que el dolor que le recorría la pierna: había sido una ilusa. Una tonta. Había creído que podía huir de él, que podía escapar de la sombra que la envolvía desde aquel primer instante en que sus miradas se cruzaron en la universidad. Pero ahora, con la espalda apoyada contra la rugosa corteza del árbol, con el aire helado del bosque mordiéndole la piel y la figura imponente de Draven bloqueando cualquier vía de escape, lo comprendió con una claridad desgarradora: él no era simplemente peligroso. Estaba loco. Enfermo. Obsesionado con una intensidad que rayaba en lo demoníaco. Había planeado todo -cada mentira, cada gesto de fingida vulnerabilidad, cada paso- solo para poseerla. Y lo había logrado.Las lágrimas brotaron sin contenerse, calientes y amargas, resbalando por sus mejillas hasta perderse entre el cuello del suéter que aún llevaba puesto. El dolor sordo y punzante del tobillo herido se mezclaba con el terror, haciendo que su respiración
La oscuridad del bosque la devoró en cuanto cruzó el linde de los árboles. Cassy corría con el corazón golpeándole contra las costillas como un pájaro desesperado, con las piernas ardiendo y el aire helado rasgándole la garganta con cada respiración. Detrás de ella, aquella risa -baja, gutural, sádica- aún resonaba entre las ramas, persiguiéndola como un eco burlón que no se quedaba atrás, que siempre estaba ahí, justo al alcance de su oído, recordándole que él no la había soltado del todo. Nunca la había soltado. Todo estaba sumido en una penumbra espesa, apenas rota por los débiles rayos de luna que se filtraban entre las copas de los árboles. Y lo peor, lo que hacía todo diez veces más difícil: no llevaba sus lentes. El mundo se le presentaba borroso, difuminado, un caos de sombras y formas que apenas lograba distinguir. Las ramas bajas le azotaban el rostro y los brazos, rasgándole la piel y dejando surcos ardientes que se mezclaban con las lágrimas que corrían sin freno por sus
El metal crujió con un sonido seco y agudo que resonó en el silencio de la habitación, y de pronto, la manija cedió entre sus manos, quedando suelta e inútil. La puerta se abrió apenas, dejando escapar un rayo de luz tenue del pasillo. Cassy se quedó inmóvil un instante, con el corazón latiéndole desbocado, sin poder creerlo. Lo había logrado. Tras horas de empujar, golpear y forcejear, la cerradura había vencido... o quizás, la puerta nunca había sido tan fuerte como la desesperación que la empujaba. Una oleada de esperanza, cálida y temblorosa, la recorrió entera: libertad estaba a unos pasos. No podía detenerse. No podía dudar. Sus ojos recorrieron la habitación con rapidez, y su mirada se posó sobre una silla donde descansaba un grueso suéter de lana oscuro, de cuello alto, que pertenecía a Draven. Sin dudarlo, lo tomó. Era enorme en ella, le llegaba hasta media pierna, las mangas le cubrían las manos por completo, pero la cubría por entero, ocultando su desnudez, sus moretones,
La puerta se cerró tras él con un golpe seco y definitivo, dejando a Cassy sumida en el silencio opresivo de la habitación, sola una vez más, con el corazón destrozado y la certeza de que aquella prisión no tenía llaves que pudieran abrirse desde dentro. Arriba, en el segundo piso, ella seguía luchando contra la madera, empujando, golpeando, sacudiendo el pomo con desesperación, negándose a aceptar que aquel era ahora su mundo. Pero abajo, el destino de ambos se estaba escribiendo con tinta de sangre. Draven salió de la mansión con paso firme, sin mirar atrás, con la mirada tan fría y afilada que parecía capaz de cortar la oscuridad de la noche. El aire fresco de la madrugada golpeó su rostro, pero no logró disipar la oscuridad que lo habitaba por dentro. Lo esperaba el vehículo -un Rolls-Royce negro, imponente y silencioso como un féretro de lujo- con la puerta trasera abierta y el asistente de pie junto a ella, con la cabeza ligeramente inclinada, sin atreverse a alzar la vista has
El viento nocturno se colaba por la ventana abierta, helándole la piel y desordenándole el cabello, pero Cassy no lo sintió. Solo sentía las lágrimas quemándole las mejillas y la desesperación latiéndole con fuerza en el pecho, más viva y dolorosa que cualquier herida de su cuerpo. Estaba al borde del alféizar, con los pies apenas apoyados, mirando hacia el abismo que se abría bajo ella, y luego levantó la vista hacia Draven, con los ojos inundados de un llanto que no era de miedo, sino de rabia y asco. -No te acerques -advirtió con voz temblorosa pero firme, aferrándose con fuerza al marco de madera-. No quiero volver a verte. Si das un paso más, salto. Lo haré. No voy a vivir encerrada, siendo tu juguete. Prefiero caer y terminar con esto ahora mismo. Draven se detuvo en el umbral. Su rostro era una máscara de seriedad absoluta, sin rastro de piedad ni de duda. Eran años siendo underboss, años viendo gente suplicar, amenazar, intentar negociar con la muerte... y conocía perfectame







