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Capítulo 5 El poder de ser subestimada

Autor: Julia River
last update Data de publicação: 2026-02-11 02:47:55

POV SELENA

LUNES, 8:45 AM

El gran día al fin ha llegado. Llego quince minutos antes a la empresa porque mi impaciencia me está carcomiendo. No sé qué clase de hombre será mi jefe, pero me temo que, con la fama que tiene, no debe ser el hombre más tranquilo y comprensivo del planeta.

Tengo tan solo unos días para aprender todo lo que la otra secretaria maneja, así que no tengo más opción que enfocarme en mi trabajo y nada más. Eso significa que debo dejar de pensar en todo lo demás. Eso incluye... lo que sucedió con aquel extraño en el club.

Me friego los ojos con suavidad. No quiero recordar, porque lo vivido —lo poco que recuerdo entre las lagunas del alcohol— ha sido una locura.

Suspiro hondo y me dirijo hacia el ascensor. Sé que, aunque me he vestido para pasar desapercibida, todos me miran como a un bicho raro. Sonrío para mis adentros. ¿Será mi manera de caminar? ¿Aún conservo el rastro de la noche del viernes en las caderas? Opté por llevar un traje sastre en color oscuro, mi cabello recogido en un moño impecable y un maquillaje sutil. Es mejor aparentar seriedad ante un jefe desconocido.

Apenas las puertas del ascensor se abren en el piso ejecutivo, Rita me clava su mirada y viene hacia mí con una rapidez que me asusta.

—¡Demonios! ¿Dónde estabas? —me dice tomándome del brazo sin ceremonias—. ¡Llegas casi una hora tarde!

La miro con absoluto desconcierto.

—Pero si la señora Eleonora me dijo que a las nueve...

La mujer tensa la mandíbula, y sus ojos parecen dos dagas.

—Ella puede decir lo que quiera. Pero aquí quien manda es él. ¿Quieres este trabajo? ¡Gánatelo! ¿No leíste el correo que te envié el sábado con las instrucciones? —replica con un enojo que me pone los pelos de punta—. Ahí te dejé bien explícito el horario de entrada y salida. Si no vas a ser responsable, es mejor que te vayas por donde viniste.

¿Correo? ¿Qué correo?

Ay, no. Entre mi resaca, mi hijo y el caos de la mudanza, no miré mi bandeja de entrada. No tuve tiempo de nada. Pero no voy a mostrar mi torpeza, al menos no en su totalidad ante esta mujer que parece sacada de una película de thriller psicológico.

—No me llegó ningún correo —miento descaradamente, sosteniéndole la mirada—. ¿Segura que me lo enviaste?

Rita sonríe de lado y entorna sus ojos, detectando mi mentira al vuelo.

—Quizás debas buscar en el spam. Yo nunca cometo errores. Y tú deberías aprender a no hacerlo si quieres mi puesto. Fingir torpeza no te va a servir conmigo y mucho menos con el señor Di Doménico. Él es muy estricto. Demasiado. Ven sígueme.

La sigo con la cabeza gacha, sin emitir palabra. Por mi mente pasan miles de pensamientos y el que prima es: ¿Qué hago acá? ¡Este no es mi lugar!

Respiro. No. No puedo darme por vencida por solo un error. Me recuerdo que hay muchos esperando que falle, pero también hay personas como mi hijo y mi padre que esperan que triunfe.

Lo haré por ellos y también por mí. No nací para darme por vencida, mucho menos ahora.

Nos detenemos frente a una puerta doble de color oscuro.

—Selena, es importante que entiendas algo —me dice Rita—. Trabajar para el señor Alessandro puede abrirte muchas puertas pero si haces las cosas mal, te las puede cerrar para siempre. Nunca levantes tu voz, jamás cuestiones una orden de él y lo más importante: jamás le mientas.

Golpea la puerta con suavidad y espera un momento.

Una extraña emoción comienza a invadirme, la ansiedad me lleva a morderme el labio sin pensar.

Del otro lado escucho una voz grave y sombría, autorizando a entrar—así la siento yo—, eso hace que mis nervios se disparen y mis manos comiencen a sudar.

Apenas entro fijo mi mirada sobre el hombre. Sentado detrás de su lujoso escritorio, que escribe en su notebook sin levantar la mirada. Su cabellera castaña brilla bajo la luz que se filtra por la ventana, un mechón cae en su frente.

—Dime Rita—dice, sin dejar de escribir—. ¿Conseguiste los documentos que te pedí?

Ella con prisa va hacia el escritorio y se los deja sobre él.

—Aquí los tiene —le dice con complacencia—. Por cierto, aquí está la señorita Selena.

Él parece no inmutarse, sigue trabajando.

¡Ya veo porque dicen que Alessandro es bastante extraño!

—¿Quién? —pronuncia con indiferencia.

—Selena, la nueva secretaria...

—Ah, despídela —dice, sin siquiera mirarme—. No quiero gente irresponsable aquí. Que recursos humanos le pague el mes completo y que me envíen a alguien competente.

Esas palabras abren una herida que creí estaba cicatrizada. Las palabras de este malnacido me retrotraen a lo vivido con Enzo. Subestimada, rebajada, siempre invalidada.

Incompetente ... me dijo incompetente.

Ya bastante dejé que me pisotearan en la vida como para permitir que otro hombre me haga lo mismo.

Tensó mi mandíbula y aprieto mi puño. Yo me voy a ir, sí. Pero antes, este me va a escuchar. No me importa quien sea.

Doy un paso adelante, mi furia es más grande que mi temor. Mi cuerpo se sacude, pero no de miedo, es por la indignación que tengo.

—Si para usted soy una inútil, no veo la razón de que me pague el mes completo —digo, con una firmeza que ni yo me la creo—. Llegué tarde por un malentendido, pero eso no quiere decir que no sirva para este puesto. Al contrario, sé que estoy más que calificada. Por eso, no pienso aceptar su limosna señor... señor... Di Doménico. ¡Buenos días!

Me giro para irme, pero su atronadora voz, me frena.

—¡Un momento! —ordena—. ¿Quién se cree usted que es para hablarme así?

Me giro lentamente, esbozando una sonrisa. Nuestras miradas se encuentran y eso me hace sentir extraña.

Esos ojos... estoy segura de haberlos visto antes, pero ¿Dónde?

Igual el impacto de ver semejante belleza e intimidante figura no detiene mi verborragia karateca. Porque soy así, muy tranquila pero cuando me enojo, ni satanás me detiene.

—Me presento: María Selena Barker Del Toro —le digo sosteniéndole la mirada—. Diría para servirle, como me ha enseñado mi madre, pero viendo la situación lo único que haré es irme por donde vine. De todas maneras, quien quiere trabajar en una empresa que está por hacer la peor fusión de su vida —digo, encaminándome hacia la puerta.

Me encamino hacia la puerta con el corazón martilleando en mis oídos. Veo de soslayo que Rita se lleva la mano a la boca, horrorizada. Yo estoy segura de que me acabo de cavar mi propia tumba laboral, no solo en Roma, sino probablemente en todo el país.

No alcanzo a agarrar el picaporte cuando siento una enorme mano sobre la mía. Seguramente de ahí no salgo viva. Mi lengua es mi peor enemiga.

El impacto es eléctrico. El poderoso perfume amaderado de Alessandro invade mis fosas nasales y me obliga a cerrar los ojos por un segundo; incluso ese aroma me resulta peligrosamente familiar.

—Dime por qué piensas que es la peor fusión —me exige con una calma que me eriza la piel—. Si lo haces y me lo demuestras, no solo te contrataré, sino que te pagaré el doble.

Me giro lentamente para verlo. Sus ojos oscuros me escanean, buscando una debilidad que no va a encontrar. En lugar de amedrentarme, sonrío de manera discreta, saboreando el momento como si hubiese ganado la lotería.

Sabía que leer las noticias bursátiles a diario me serviría algún día. A veces no es tan malo que te subestimen, ¿no? Puedes terminar ganando mucho dinero de la noche a la mañana... y de paso, poner de rodillas al hombre más arrogante de Italia.

Me acomodo los anteojos.

—Trato hecho, señor Di Doménico —sentencio como si no tuviera nada que perder—. Prepare su chequera, porque la lección de hoy le va a salir muy cara.

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