FAZER LOGINPOV SELENA
LUNES, 8:45 AM El gran día al fin ha llegado. Llego quince minutos antes a la empresa porque mi impaciencia me está carcomiendo. No sé qué clase de hombre será mi jefe, pero me temo que, con la fama que tiene, no debe ser el hombre más tranquilo y comprensivo del planeta. Tengo tan solo unos días para aprender todo lo que la otra secretaria maneja, así que no tengo más opción que enfocarme en mi trabajo y nada más. Eso significa que debo dejar de pensar en todo lo demás. Eso incluye... lo que sucedió con aquel extraño en el club. Me friego los ojos con suavidad. No quiero recordar, porque lo vivido —lo poco que recuerdo entre las lagunas del alcohol— ha sido una locura. Suspiro hondo y me dirijo hacia el ascensor. Sé que, aunque me he vestido para pasar desapercibida, todos me miran como a un bicho raro. Sonrío para mis adentros. ¿Será mi manera de caminar? ¿Aún conservo el rastro de la noche del viernes en las caderas? Opté por llevar un traje sastre en color oscuro, mi cabello recogido en un moño impecable y un maquillaje sutil. Es mejor aparentar seriedad ante un jefe desconocido. Apenas las puertas del ascensor se abren en el piso ejecutivo, Rita me clava su mirada y viene hacia mí con una rapidez que me asusta. —¡Demonios! ¿Dónde estabas? —me dice tomándome del brazo sin ceremonias—. ¡Llegas casi una hora tarde! La miro con absoluto desconcierto. —Pero si la señora Eleonora me dijo que a las nueve... La mujer tensa la mandíbula, y sus ojos parecen dos dagas. —Ella puede decir lo que quiera. Pero aquí quien manda es él. ¿Quieres este trabajo? ¡Gánatelo! ¿No leíste el correo que te envié el sábado con las instrucciones? —replica con un enojo que me pone los pelos de punta—. Ahí te dejé bien explícito el horario de entrada y salida. Si no vas a ser responsable, es mejor que te vayas por donde viniste. ¿Correo? ¿Qué correo? Ay, no. Entre mi resaca, mi hijo y el caos de la mudanza, no miré mi bandeja de entrada. No tuve tiempo de nada. Pero no voy a mostrar mi torpeza, al menos no en su totalidad ante esta mujer que parece sacada de una película de thriller psicológico. —No me llegó ningún correo —miento descaradamente, sosteniéndole la mirada—. ¿Segura que me lo enviaste? Rita sonríe de lado y entorna sus ojos, detectando mi mentira al vuelo. —Quizás debas buscar en el spam. Yo nunca cometo errores. Y tú deberías aprender a no hacerlo si quieres mi puesto. Fingir torpeza no te va a servir conmigo y mucho menos con el señor Di Doménico. Él es muy estricto. Demasiado. Ven sígueme. La sigo con la cabeza gacha, sin emitir palabra. Por mi mente pasan miles de pensamientos y el que prima es: ¿Qué hago acá? ¡Este no es mi lugar! Respiro. No. No puedo darme por vencida por solo un error. Me recuerdo que hay muchos esperando que falle, pero también hay personas como mi hijo y mi padre que esperan que triunfe. Lo haré por ellos y también por mí. No nací para darme por vencida, mucho menos ahora. Nos detenemos frente a una puerta doble de color oscuro. —Selena, es importante que entiendas algo —me dice Rita—. Trabajar para el señor Alessandro puede abrirte muchas puertas pero si haces las cosas mal, te las puede cerrar para siempre. Nunca levantes tu voz, jamás cuestiones una orden de él y lo más importante: jamás le mientas. Golpea la puerta con suavidad y espera un momento. Una extraña emoción comienza a invadirme, la ansiedad me lleva a morderme el labio sin pensar. Del otro lado escucho una voz grave y sombría, autorizando a entrar—así la siento yo—, eso hace que mis nervios se disparen y mis manos comiencen a sudar. Apenas entro fijo mi mirada sobre el hombre. Sentado detrás de su lujoso escritorio, que escribe en su notebook sin levantar la mirada. Su cabellera castaña brilla bajo la luz que se filtra por la ventana, un mechón cae en su frente. —Dime Rita—dice, sin dejar de escribir—. ¿Conseguiste los documentos que te pedí? Ella con prisa va hacia el escritorio y se los deja sobre él. —Aquí los tiene —le dice con complacencia—. Por cierto, aquí está la señorita Selena. Él parece no inmutarse, sigue trabajando. ¡Ya veo porque dicen que Alessandro es bastante extraño! —¿Quién? —pronuncia con indiferencia. —Selena, la nueva secretaria... —Ah, despídela —dice, sin siquiera mirarme—. No quiero gente irresponsable aquí. Que recursos humanos le pague el mes completo y que me envíen a alguien competente. Esas palabras abren una herida que creí estaba cicatrizada. Las palabras de este malnacido me retrotraen a lo vivido con Enzo. Subestimada, rebajada, siempre invalidada. Incompetente ... me dijo incompetente. Ya bastante dejé que me pisotearan en la vida como para permitir que otro hombre me haga lo mismo. Tensó mi mandíbula y aprieto mi puño. Yo me voy a ir, sí. Pero antes, este me va a escuchar. No me importa quien sea. Doy un paso adelante, mi furia es más grande que mi temor. Mi cuerpo se sacude, pero no de miedo, es por la indignación que tengo. —Si para usted soy una inútil, no veo la razón de que me pague el mes completo —digo, con una firmeza que ni yo me la creo—. Llegué tarde por un malentendido, pero eso no quiere decir que no sirva para este puesto. Al contrario, sé que estoy más que calificada. Por eso, no pienso aceptar su limosna señor... señor... Di Doménico. ¡Buenos días! Me giro para irme, pero su atronadora voz, me frena. —¡Un momento! —ordena—. ¿Quién se cree usted que es para hablarme así? Me giro lentamente, esbozando una sonrisa. Nuestras miradas se encuentran y eso me hace sentir extraña. Esos ojos... estoy segura de haberlos visto antes, pero ¿Dónde? Igual el impacto de ver semejante belleza e intimidante figura no detiene mi verborragia karateca. Porque soy así, muy tranquila pero cuando me enojo, ni satanás me detiene. —Me presento: María Selena Barker Del Toro —le digo sosteniéndole la mirada—. Diría para servirle, como me ha enseñado mi madre, pero viendo la situación lo único que haré es irme por donde vine. De todas maneras, quien quiere trabajar en una empresa que está por hacer la peor fusión de su vida —digo, encaminándome hacia la puerta. Me encamino hacia la puerta con el corazón martilleando en mis oídos. Veo de soslayo que Rita se lleva la mano a la boca, horrorizada. Yo estoy segura de que me acabo de cavar mi propia tumba laboral, no solo en Roma, sino probablemente en todo el país. No alcanzo a agarrar el picaporte cuando siento una enorme mano sobre la mía. Seguramente de ahí no salgo viva. Mi lengua es mi peor enemiga. El impacto es eléctrico. El poderoso perfume amaderado de Alessandro invade mis fosas nasales y me obliga a cerrar los ojos por un segundo; incluso ese aroma me resulta peligrosamente familiar. —Dime por qué piensas que es la peor fusión —me exige con una calma que me eriza la piel—. Si lo haces y me lo demuestras, no solo te contrataré, sino que te pagaré el doble. Me giro lentamente para verlo. Sus ojos oscuros me escanean, buscando una debilidad que no va a encontrar. En lugar de amedrentarme, sonrío de manera discreta, saboreando el momento como si hubiese ganado la lotería. Sabía que leer las noticias bursátiles a diario me serviría algún día. A veces no es tan malo que te subestimen, ¿no? Puedes terminar ganando mucho dinero de la noche a la mañana... y de paso, poner de rodillas al hombre más arrogante de Italia. Me acomodo los anteojos. —Trato hecho, señor Di Doménico —sentencio como si no tuviera nada que perder—. Prepare su chequera, porque la lección de hoy le va a salir muy cara.NarradorGina, que observaba desde el centro del salón mientras conversaba distraída con un grupo de invitados, detectó de inmediato el cambio de atmósfera. Conocía demasiado bien las expresiones de esa familia: la rigidez en la mandíbula de Alessandro, las miradas fulminantes entre James y Henry, y el ritmo tenso con el que caminaban de un lado a otro.Se disculpó rápidamente y avanzó a pasos firmes hacia la base de la escalera principal, interceptándolos justo cuando Alessandro dejaba escapar su exclamación de rabia.—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Gina, cruzando los brazos y clavando los ojos en Alessandro—. Llevan bastante tiempo susurrando entre ustedes y dando vueltas como si la casa estuviera ardiendo. ¡¿Qué sucede?! ¿Dónde está Selena?El silencio que siguió fue denso. Alessandro apretó las manos en puños, incapaz por un segundo de articular palabra. Fue Henry quien dio un paso al frente, bajando la voz al mínimo.—Gina... Selena no aparece.Gina parpadeó, descolocada. La s
POV AlessandroDespués del revuelo con el griego, he decidido que ha llegado el momento que hemos esperado durante toda la noche: presentar formalmente a Selena como mi prometida ante toda la sociedad y anunciar la fecha de nuestra boda.Y sí, hay que encerrar a la paloma antes de que suceda algo y decida escaparse. Esto último lo digo en broma, no vayan a tomar todo literalmente. Pero bueno, viendo que esta mujer se me viene escapando hace más de veinte años, mi impaciencia es entendible, ¿no?¡Dios, qué mujer más hermosa! La miro mientras habla con los presentes y no puedo creer tener tanta suerte en mi vida. Estoy llegando a pensar que un ser humano no puede ser tan feliz.La voz de mi reina me despierta.—Deja de mirarme de esa manera, me pones nerviosa —musita Selena, dándome un suave codazo en las costillas.La miro con dulzura y le acaricio la mejilla.—No puedo evitarlo, mi dulce cicciottella —le respondo en un susurro al oído, tomándola suavemente por la cintura para pegarla
POV AlessandroMe quedo parado sin hacer absolutamente nada, observando la escena. En todos los años que me he enfrentado a Damon, creo que nunca lo he visto tan desconcertado como ahora; ni siquiera las veces que mi cicciottella lo ha rechazado.Quisiera advertirle que, si pretende de alguna manera acercarse a Gina, mejor se olvide, porque es una causa perdida. Pero la verdad me divierte ver cómo estas dos mujeres trapean el piso con él.Si mi novia es una mujer dura de roer, imagínense lo que puede llegar a ser Gina, quien prácticamente se terminó de criar a su lado.Ya saben cómo es mi reina: se convierte en una leona impiadosa cuando de los suyos se trata. Y esa chica es mucho más que una empleada para Selena; si hubiese podido, la habría adoptado. Pero como no pudo hacerlo, procuró darle absolutamente todo lo que estaba a su alcance para salir adelante.Juro que pienso en todas las cosas buenas que hace mi reina por los demás y no puedo evitar enamorarme más de ella. Siempre busc
NarradorEl magnate griego frunció el ceño, afilando su mirada sobre la joven.—No es para nada justo lo que está haciendo conmigo, señorita —replicó él, con una galantería teñida de seriedad—. Usted sabe bien quién soy yo, pero en cambio, yo no sé quién es usted. Creo que estamos en gran desventaja, ¿no?Gina sonrió, ladeando la cabeza.«Vaya», pensó, divertida, «todos los hombres utilizan las mismas técnicas estúpidas al momento de la conquista, no importa la edad ni el dinero que tengan».—Y ahora la situación empeora —agregó Damon, dando un medio paso casi imperceptible que la obligó a levantar la barbilla—. Tampoco puedo saber qué está pensando de mí.La joven suspiró con cansancio y se encogió de hombros con una frialdad impecable.—Bueno, supongo que es una habilidad que tendrá que desarrollar. Como sea, tampoco me interesa que lo sepa. En cuanto a la desventaja que usted dice tener, créame, no es ninguna. En este mundo en el que usted parece ser el centro, yo no soy nadie. Y a
NarradorRegina de Luca —más conocida como Gina— no estaba pasando la mejor noche de su vida. Estaba acostumbrada a seguir a Selena en todas sus locuras, pero había comenzado a pensar que asistir a esa fiesta atestada de ricachones no era el lugar donde debería estar. Debería haberse mantenido firme en su decisión inicial, pero sencillamente no hubo manera de convencer a Selena.—¡Ni hablarlo! —le había respondido Selena, haciendo oídos sordos a sus excusas—. Mañana mismo iremos a comprarte un lindo vestido y todo lo demás. Tienes que estar ahí. Y no como mi empleada, ni como la niñera. Sino como lo que realmente eres: mi familia.¿Qué podía decir Gina ante semejantes palabras?Desde hacía muchos años trabajaba para ella. Recordó el día exacto en que había conocido a esa mujer tan aguerrida: Gina acababa de cumplir diecinueve años y necesitaba un trabajo con desesperación, con el único problema de que no tenía experiencia en nada. Estaba sin dinero, su madre acababa de fallecer y el du
POV SelenaJames abandona su postura de conde británico y comienza a reír, divertido.—¡Vaya, esta chica me agrada cada vez más! —dice, tocándose el pecho con dramatismo antes de dirigirse a mi suegro—. Yo no sé qué vas a decidir tú, Maurizio, pero a mí me encantaría volver a Italia y pasar más tiempo aquí... Como dice Selena, creo que es tiempo de poner las cosas en su lugar, ¿no?Maurizio asiente lentamente, con la mirada cargada de pesar.—Sí, lo sé. Tienes toda la razón... pero ya conoces a mi padre —pronuncia con resignación—. Selena, agradezco tus palabras. Quiero estar cerca de mi hijo, pero no quiero perjudicarlo. Sé que no es justo para James, pero no quiero que mi padre lo ataque ni lo hiera... No quiero que nadie lastime a James... —añade, dedicándole una mirada llena de una dulzura absoluta.Ay... Esto último lo dice con tanto amor que, en este preciso instante, entiendo perfectamente de dónde sacó Alessandro su lado desgarradoramente romántico y dramático.—Si es solo eso







