Mag-log inContra todo pronóstico, la cena estaba resultando extrañamente tranquila. Adele hablaba con la animación de siempre sobre una receta que pensaba preparar al día siguiente, describiendo con un detalle considerable la diferencia entre dos tipos de canela que aparentemente no todo el mundo apreciaba correctamente. Lex y Estefany habían derivado hacia una discusión sobre si un árbol de Navidad debía llevar luces blancas o de colores, un debate que ambos sostenían con una seriedad desproporcionada al tema. Ricardo intentaba, con una paciencia que delataba que ya lo había intentado varias veces esa noche, convencer a su esposa de que era prematuramente optimista pedir una tercera porción de postre antes de que el postre hubiera llegado siquiera a la mesa. Incluso Arturo y Gael habían optado, al menos momentáneamente, por el acuerdo tácito de ignorar la existencia del otro con una cortesía que ninguno de los dos habría descrito como tal pero que funcionaba como tal de todas formas. Victor
Lex, desde su rincón, intercambió una mirada con Julián que contenía aproximadamente quince conversaciones simultáneas sin pronunciar una sola palabra. Estefany miraba su copa de agua con una concentración que no tenía absolutamente nada que ver con el agua. Adele, con la velocidad de alguien que lleva décadas interviniendo en momentos que necesitan ser intervenidos, abrió la boca con la serenidad de quien tiene fe genuina en que las cosas eventualmente mejoran. —¡Afortunadamente nadie puede predecir el futuro con certeza! Las circunstancias cambian, las personas cambian, y lo que alguien dijo en un momento determinado no necesariamente refleja lo que... Una de las empleadas apareció en el umbral de la sala con una oportunidad perfecta. —La cena está lista. Pueden pasar a la terraza cuando gusten. Adele tomó esa interrupción con la gratitud de quien acaba de recibir exactamente el salvavidas que necesitaba. —¡Perfecto! Vamos todos, que la comida no mejora esperando. --
El aroma a canela y pino llenaba la sala principal con esa densidad específica de las casas que se han decorado con verdadero entusiasmo. Adele conversaba animadamente con Victoria sobre si el árbol del segundo piso necesitaba o no una hilera adicional de luces, una discusión que llevaba ya varios minutos sin acercarse a ninguna resolución. —Tres árboles son más que suficientes para cualquier mansión, Adele. —El del segundo piso se ve un poco escaso desde el pasillo. —El del segundo piso tiene doscientas luces. —Doscientas cuarenta y siete, y aun así el lado izquierdo se ve más apagado. Victoria sostuvo la mirada de Adele con la paciencia de quien sabe que esta batalla específica no tiene ganador posible. Daniel permanecía sentado en uno de los sillones, escuchando solo a medias, con la vista moviéndose distraídamente entre el árbol en cuestión y la conversación. Gael ocupaba el asiento frente a él, con una copa de agua entre las manos y esa postura tranquila de quien ha decidid
Continuaron caminando por el sendero que bordeaba el jardín trasero hasta que los árboles se abrieron y el lago apareció frente a ellos. Era un espejo oscuro rodeado de nieve, perfectamente quieto, con las luces de la mansión reflejándose en la superficie del agua como si hubiera un segundo jardín iluminado debajo. El frío era más notorio ahí, sin los árboles como barrera, pero había algo en ese espacio abierto que justificaba haberse alejado tanto de la mansión. Se detuvieron al borde del sendero, mirando el agua durante un momento sin que ninguno sintiera la necesidad de decir nada todavía. —¿Y tú? Victoria levantó la vista hacia él. —¿Qué? —¿Te gusta la Navidad? Hablamos de mis villancicos desafinados pero no de ti. Ella sonrió apenas, con los ojos todavía en el lago. —Sí. —¿Por qué? Tardó unos segundos en responder, eligiendo las palabras con el cuidado de quien está hablando de algo que todavía tiene peso. —Mi madre la adoraba. Era su época favorita del año, sin ningun
El sonido de unos pasos sobre la escalera interrumpió los pensamientos de Daniel. —¿Y mi padre? Levantó la vista. Victoria bajaba los últimos escalones con una botella de vino entre las manos, probablemente rescatada de alguna misión de Adele que no había terminado de explicar del todo. —Fue a conocer el jardín. Victoria frunció ligeramente el ceño al llegar al último escalón. —Lo siento. No era mi intención dejarte solo con él sin previo aviso. —No te preocupes. Hubo una pequeña pausa en la que ninguno de los dos terminó de moverse en ninguna dirección. —Descubrí, por cierto, que definitivamente no conseguí su aprobación antes de casarme contigo. La sonrisa que apareció en el rostro de Victoria fue pequeña. Casi nostálgica, del tipo que guarda más de lo que muestra. Bajó la mirada hacia la botella entre sus manos. —No. Definitivamente no la conseguiste. —¿Tan mal fue? —Digamos que mi padre consideró seriamente la posibilidad de encerrarme en la mansión Rivera durante un
Gael siguió la dirección de su mirada con la misma atención con la que había seguido conversaciones mucho más complicadas durante su vida. Y entonces, para sorpresa genuina de Daniel, soltó una risa breve y completamente desarmada. —¿Qué te parece? Personalmente creo que combina bastante bien con el atuendo. Le da un toque de carácter a cualquier ocasión formal. Daniel lo observó durante un momento con una expresión que no terminaba de procesar lo que acababa de ocurrir. ¿Gael Rivera acababa de hacer una broma sobre su propio arresto domiciliario? Aquello definitivamente no estaba en ninguno de los recuerdos que había logrado recuperar hasta el momento, ni en ninguna de las versiones de Gael Rivera que le habían descrito a lo largo de las últimas semanas. —Muchacho, no finjas que te preocupas por eso. —Gael metió las manos en los bolsillos del pantalón con una naturalidad que contrastaba con la seriedad de lo que seguía. —Tú y yo nunca tuvimos la mejor relación del mundo. Eso no







