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Capítulo 4 : La Entrevista

Author: Lady Vivian
last update Petsa ng paglalathala: 2026-08-13 02:51:28

No había dormido bien.

No porque estuviera preocupada por la entrevista.

Al menos eso intentaba decirme.

La realidad era que, desde que acepté asistir a la residencia De Luca, mi mente no había dejado de imaginar diferentes escenarios.

Una parte de mí intentaba convencerme de que seguía siendo una entrevista de trabajo.

"Eso era todo"

Una familia necesitaba una niñera. Una agencia importante recomendándome y lo más importante.

Yo tenía la experiencia necesaria.

Pero otra parte de mí no podía ignorar que no se trataba de una familia cualquiera.

Era la familia De Luca.

Y aunque no conocía todos los detalles sobre ellos, sabía que su nombre tenía un peso dentro de Bellmont y en todo el país.

Me levanté antes de que sonara el despertador.

Después de tantos años trabajando con niños, había aprendido que la puntualidad era una de las formas más simples de demostrar respeto.

Especialmente cuando alguien confiaba en ti para cuidar lo más importante de su vida.

Preparé café y desayuné en silencio mientras revisaba por última vez los documentos que llevaba conmigo.

Cursos.

Certificaciones.

Referencias.

Todo estaba en orden.

Emily apareció en la cocina unos minutos después, todavía con cara de sueño.

—¿Ya estás lista?

Levanté la mirada.

—Buenos días para ti también.

Ella ignoró mi comentario y caminó directamente hacia la cafetera.

—Te hice una pregunta.

—Sí, ya estoy lista.

Me observó de arriba abajo.

—Tengo que admitirlo.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—Parece que sabes lo que estás haciendo.

Sonreí.

—Qué alivio. Pensé que ibas a decir algo ofensivo.

—Puedo hacerlo si quieres.

—No, gracias.

Emily tomó una taza de café y se apoyó contra la encimera.

—Solo recuerda algo.

—¿Qué?

—No vas a una entrevista para demostrar que eres perfecta.

La miré en silencio.

—Vas a conocerlos y ellos van a conocerte.

Sus palabras eran sencillas, pero tenían razón.

Durante años había sentido que siempre debía demostrar que merecía estar donde estaba.

Quizá porque durante mucho tiempo nadie había esperado nada de mí.

Y ahora, cada oportunidad parecía algo que tenía que ganarme desde cero.

—Gracias.

Emily sonrió.

—Ahora ve antes de que llegue tarde y una familia millonaria piense que mi amiga no sabe leer un reloj.

Negué con la cabeza entre risas.

—Te quiero.

—Lo sé.

—Eso sonó muy arrogante.

—Porque es verdad.

Tomé mi bolso y salí del apartamento.

Esta vez no tomé el autobús.

La señora Moreau había organizado un transporte para llevarme hasta la residencia De Luca.

Cuando el automóvil llegó frente al edificio, debo admitir que me sorprendí.

No estaba acostumbrada a ese tipo de atención.

El conductor bajó del vehículo y abrió la puerta.

—Señorita Collins.

—Buenos días.

Subí al automóvil y agradecí en silencio que nadie pudiera verme la expresión de nervios que tenía.

Durante el trayecto observé Bellmont a través de la ventana.

La ciudad fue cambiando poco a poco.

Los edificios altos quedaron atrás.

Las calles más transitadas desaparecieron.

Las tiendas pequeñas dieron paso a avenidas más amplias rodeadas de árboles.

Era una zona de la ciudad que conocía poco.

Una donde las casas no parecían casas.

Parecían enormes castillos y residencias de lujos.

Después de varios minutos, el conductor giró por un camino rodeado de árboles.

Fue entonces cuando vi el primer indicio de que aquella familia vivía bajo reglas diferentes.

Un enorme portón de hierro se abrió lentamente cuando el vehículo se acercó.

No había ningún letrero.

Ninguna señal.

Solo una entrada imponente custodiada por cámaras de seguridad y hombres imponentes.

Intenté no quedarme mirando demasiado.

Aunque era difícil.

La propiedad parecía extenderse mucho más allá de lo que alcanzaba la vista.

El camino de piedra conducía hacia una enorme residencia rodeada de jardines perfectamente cuidados.

No era una casa.

Era una mansión.

Y por un instante pensé que quizá me había equivocado de lugar.

El automóvil se detuvo frente a la entrada principal.

El conductor bajó y abrió mi puerta.

—Hemos llegado, señorita Collins.

Respiré profundamente antes de salir.

—Gracias.

Me quedé unos segundos observando la entrada.

No por admiración.

Sino intentando prepararme.

Porque algo dentro de mí sabía que, desde el momento en que cruzara esas puertas, las cosas serían diferentes.

Subí los escalones.

Antes de que pudiera tocar el timbre, la puerta se abrió.

Una mujer de unos cincuenta años apareció frente a mí.

Su postura era elegante y su expresión amable, aunque sus ojos parecían observar cada detalle.

—Señorita Collins.

Parpadeé sorprendida.

—Sí.

Ella sonrió ligeramente.

—Soy Elisa Romero. Bienvenida a la residencia De Luca.

Le devolví la sonrisa.

—Muchas gracias señora Elisa.

—Solo Elisa.

Se hizo a un lado para dejarme pasar.

Y cuando puse un pie dentro de la mansión, comprendí algo.

La señora Moreau tenía razón. Aquella no era una familia común.

El interior de la residencia De Luca era incluso más impresionante que el exterior.

Pero no fue el tamaño lo primero que llamó mi atención.

Fue el silencio.

No era un silencio incómodo.

Era un silencio cuidadosamente mantenido.

Como si cada persona que caminaba por aquellos pasillos supiera exactamente cuándo hablar y cuándo guardar distancia.

Mis ojos recorrieron el amplio recibidor.

Los pisos de mármol claro brillaban bajo la luz de una enorme lámpara suspendida desde el techo. Había obras de arte en las paredes, muebles elegantes y arreglos florales perfectamente colocados.

Todo era hermoso.

Pero también tenía algo que no sabía explicar.

Una sensación de orden absoluto.

Como si nada pudiera estar fuera de lugar.

—Por aquí, señorita Collins.

La voz de Elisa hizo que apartara la mirada.

Asentí y la seguí.

Mientras caminábamos por el pasillo principal, noté pequeños detalles que me confirmaban lo que la señora Moreau había dicho.

La privacidad era importante allí.

No había fotografías familiares expuestas.

No había objetos personales a la vista.

Nada que revelara demasiado sobre las personas que vivían en aquella casa.

Era como si la residencia mostrara solamente aquello que la familia quería que los demás vieran.

—¿Ha trabajado antes con familias con niños pequeños? —preguntó Elisa mientras caminábamos.

—Sí. Durante los últimos cuatro años.

Ella asintió.

—La señora Moreau habló muy bien de usted.

Sonreí ligeramente.

—Ella ha sido muy amable conmigo.

—No suele recomendar a alguien con tanta insistencia.

La miré con curiosidad.

—¿No?

Elisa negó suavemente.

—La señora Moreau es una mujer muy cuidadosa. Si hizo una excepción, significa que confía en usted.

No supe qué responder.

Aquella frase era un cumplido, pero también aumentaba la presión.

La puerta al final del pasillo estaba cerrada.

Elisa se detuvo frente a ella.

—El señor De Luca está esperándola.

Sentí cómo mi cuerpo se tensaba ligeramente.

Hasta ese momento había pensado en aquella reunión como una entrevista.

Pero de repente se sintió más seria.

Respiré profundamente.

—Gracias.

Elisa tocó la puerta dos veces.

—Adelante.

La voz que respondió era profunda y firme.

Elisa abrió la puerta y se hizo a un lado.

—Señor De Luca, la señorita Collins.

Entré.

Y fue entonces cuando lo vi por primera vez.

"Lorenzo De Luca"

Lo primero que pensé fue que no se parecía a la imagen que me había formado.

No porque fuera diferente.

Sino porque era exactamente como se veía en internet.

Un hombre que parecía estar acostumbrado a que todos en la habitación prestaran atención cuando hablaba.

Estaba de pie junto a un ventanal con la ciudad de Bellmont extendiéndose detrás de él.

Llevaba un traje oscuro perfectamente ajustado, sin una sola arruga, y su postura transmitía una seguridad difícil de ignorar.

Pero fueron sus ojos lo que más me llamó la atención.

Eran serios.

Observadores.

Como si en lugar de verme simplemente estuviera intentando entenderme.

—Señorita Collins.

Su voz era tranquila, pero imponente.

—Señor De Luca.

Mantuve mi tono profesional.

Él señaló la silla frente a su escritorio.

—Tome asiento.

Lo hice.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló.

Y debo admitir que aquella pausa comenzó a sentirse más larga de lo normal.

No parecía incómodo.

Parecía intencional. Como si estuviera esperando ver cuánto tardaría en ponerme nerviosa.

Finalmente habló.

—Tiene buenas referencias.

—Gracias.

—La familia Parker parece confiar mucho en usted.

—Ellos han sido unos excelente empleadores.

Lorenzo tomó una carpeta.

Supuse que era mi expediente.

—Estudiante universitaria.

Asentí.

—¿Que estudia?

—Maestra de preescolar con especialización en el desarrollo de los niños.

Guardo silencio unos segundos antes de seguir.

—Cuatro años trabajando como niñera.

—Sí.

—Varias familias.

—Correcto.

Levantó la mirada.

—¿Por qué dejó de trabajar con la última familia que estuvo?

La pregunta era sencilla, pero entendí lo que realmente quería saber.

Si estaba buscando un nuevo empleo porque había tenido problemas.

—No fue una decisión mía. La familia se mudará a Suiza por motivos laborales.

Él asintió.

Parecía estar analizando mi respuesta.

—¿Y qué busca ahora?

La pregunta me sorprendió.

No esperaba que me preguntara eso.

—¿A qué se refiere?

—Muchas personas buscan este tipo de puestos por el salario. —Su mirada permaneció fija en mí —. Quiero saber qué busca usted.

Pensé unos segundos antes de responder.

—Estabilidad. —Hice una pausa —.Pero también un lugar donde pueda hacer bien mi trabajo.

Él no respondió inmediatamente.

—¿Qué significa hacer bien su trabajo?

Sonreí levemente.

—Cuidar de un niño no es solamente asegurarse de que coma o esté seguro.

Su expresión cambió apenas. Muy poco, pero lo noté.

—Entonces, ¿qué es?

—Conocerlo. —Respondí sin dudar —.Entender cómo piensa, qué necesita, qué le preocupa. Ayudarlo a crecer y convertirse en alguien seguro de sí mismo.

Por primera vez tuve la sensación de que había dejado de escucharme como un entrevistador y había empezado a escucharme como un padre.

Aunque su expresión seguía siendo imposible de leer.

—Tiene una respuesta preparada.

Negué.

—No.

Lo miré directamente.

—Es la razón por la que elegí esta profesión.

El silencio volvió a aparecer.

Pero esta vez era diferente. El silencio permaneció entre nosotros unos segundos más.

No sabía qué estaba pensando Lorenzo De Luca.

Y eso era algo a lo que no estaba acostumbrada.

Con las familias anteriores había aprendido rápidamente a leer a los padres. Sabía cuándo estaban preocupados, cuándo tenían dudas o cuándo simplemente necesitaban que alguien les diera seguridad.

Pero con él era diferente.

Era como intentar descifrar una puerta completamente cerrada.

Finalmente bajó la mirada hacia la carpeta que tenía frente a él.

—La mayoría de las personas que vienen a una entrevista como esta intentan decir exactamente lo que creen que quiero escuchar.

Su tono no era acusador. Solo era una observación.

—No creo que haya una respuesta perfecta para este tipo de trabajo —respondí.

Él levantó la mirada.

—¿No?

Negué lentamente.

—Cada niño es diferente. Lo que funciona con uno puede no funcionar con otro.

Lorenzo apoyó ambas manos sobre el escritorio y sus ojos se posaron fijamente en mi.

—¿Y qué cree que necesita un niño como mi hijo?

La pregunta me tomó por sorpresa. No porque fuera difícil.

Sino porque por primera vez sentí que no estaba hablando de un puesto de trabajo.

Estaba hablando de su hijo.

—Todavía no lo conozco.

Mi respuesta pareció llamar su atención.

—Entonces no puede saberlo.

—Exactamente. —Hice una pequeña pausa —.Por eso tendría que conocerlo antes de responder.

Durante unos segundos solo me observó. Esperaba quizá una respuesta diferente.

Algo más seguro, más elaborado.

Pero la verdad era que no podía hablar de un niño al que jamás había visto.

Y para mí, fingir lo contrario habría sido una falta de respeto.

Lorenzo cerró la carpeta.

—Eso es algo que valoro.

Me sorprendió escucharlo.

—¿La honestidad?

—La capacidad de reconocer lo que no sabe.

No esperaba ese comentario.

Por la imagen que había creado de él, imaginaba que sería una persona que buscaba tener siempre la razón.

Pero esa pequeña respuesta me mostró algo distinto.

Seguía siendo reservado, seguía siendo intimidante.

Pero no era exactamente como había imaginado.

Lorenzo se levantó y caminó hacia una pequeña mesa ubicada junto a la ventana.

Sirvió agua en dos vasos y colocó uno frente a mí.

—Hay algunas cosas que debe saber antes de continuar.

Asentí.

Ahora entendía que esa era la parte realmente importante de la entrevista.

Las condiciones, las reglas. La razón por la que la señora Moreau había insistido tanto en la confidencialidad.

Lorenzo volvió a sentarse.

—Nuestra familia valora mucho la privacidad.

—Lo entiendo.

—No habrá fotografías.

Asentí.

—No habrá publicaciones en redes sociales.

—Por supuesto.

—No hablará sobre Noah, ni sobre nuestra familia fuera de esta residencia.

Su mirada se volvió más seria.

—Ni siquiera con personas cercanas.

Pensé en Emily.

En nuestra amistad.

En que siempre había sido mi apoyo, pero entendía la responsabilidad.

—La confidencialidad es parte de mi profesión.

Pareció aceptar mi respuesta.

—También debe comprender que esta casa funciona de una manera diferente.

—¿Diferente?

—Sí.

No era simplemente una casa.

Era una estructura perfectamente organizada.

—No espero que se adapte a todo el primer día— Continuó—. Pero sí espero que respete las normas.

Asentí.

—Lo haré.

Hubo una pequeña pausa.

—Hay otra cosa.

Su tono cambió ligeramente.

No más frío, si no más personal.

—Noah no ha tenido una estabilidad constante en los últimos meses.

Sentí que mi expresión cambió.

—¿Por su anterior niñera?

Lorenzo guardó silencio.

Solo unos segundos. Pero fueron suficientes para saber que era un tema delicado.

—Entre otras cosas.

No insistí.

Había aprendido algo importante trabajando con niños:

A veces los adultos querían respuestas inmediatas, pero los niños necesitaban tiempo.

Y quizá los padres también.

—Lo que necesito saber —continuó— es si usted está preparada para trabajar con un niño que puede necesitar más que supervisión.

Sus palabras me hicieron pensar.

Noah no era simplemente un niño al que había que cuidar.

Era un niño que posiblemente había pasado por cambios.

Y los cambios, incluso cuando eran necesarios, podían afectar mucho a los pequeños.

—Si acepta este puesto, mi prioridad será Noah.

Lo miré.

—Entonces mi prioridad también será él.

Por primera vez, algo parecido a una emoción cruzó su rostro.

Fue apenas un instante.

Pero estaba ahí.

Como si esa respuesta fuera exactamente la que esperaba escuchar.

—Bien.

Se puso de pie.

Pensé que la entrevista había terminado.

Pero antes de caminar hacia la puerta, se detuvo.

—Hay algo más que quiero dejar claro, señorita Collins.

Me levanté también.

—Dígame.

Me sostuvo la mirada.

—No espero que sea una persona perfecta.

La frase me sorprendió.

—¿No?

Negó.

—Espero que sea una persona confiable.

Aquellas palabras tenían más peso del que parecían.

Porque entendí algo.

Lorenzo De Luca no estaba buscando una niñera con el currículum más impresionante.

Estaba buscando a alguien a quien pudiera dejar cerca de su hijo.

Y eso significaba mucho más.

—Me gustaría que conociera a Noah.

Mi corazón dio un pequeño salto.

La parte más importante de la entrevista estaba por comenzar.

Asentí.

—Claro.

Lorenzo abrió la puerta del despacho.

Antes de salir, lo escuché decir:

—Elisa la acompañará.

Caminé hacia la salida, pero antes de cruzar la puerta miré una última vez hacia él.

Seguía siendo un hombre difícil de leer.

Serio.

Controlado.

Distante.

Pero había algo que no podía ignorar.

La forma en que había hablado de Noah.

No como un empresario hablando de un empleado.

Sino como un padre intentando proteger a su hijo.

Y por alguna razón, eso cambió ligeramente la imagen que había formado de él.

Seguí a Elisa por los pasillos de la residencia.

Ahora iba a conocer al verdadero motivo por el que había llegado hasta allí.

Noah De Luca...

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