INICIAR SESIÓN—¿Yo? —balbuceó—. Pero… yo solo hago fiestas y rescato globos, no sé si sé cuidar abuelas pequeñas.
—No es una abuela pequeña —corrigió la mía, con cara de que ya estaba cansada de explicaciones—. Es una abuela grandota que necesita ayuda con una nieta grandota. Y en menos de lo que pensé, Lulú estaba subiendo al coche con nosotras. Me sentí poderosa, como cuando uno dirige una tropa de peluches a una misión secreta. Lulú prometió enseñarme juegos, canciones y a hacer piyamas voladoras (o algo parecido; yo no entiendo todo lo que dicen los adultos, pero me encanta cuando hablan con emoción). Al llegar a casa, se oyó el ruido de la puerta y ahí estaba mi papá. Él apareció en la sala con su traje que siempre huele a café y estrés, con la cara que tiene cuando un plan de negocios no encaja en su cabeza. Lo vi fruncir el ceño «ese ceño que parece estufa cuando no funciona» y supe que no le gustaría la sorpresa. —Papá —dije, con la voz de quien trae buenas noticias—. Te presento a mi niñera. Mi papá me miró como si yo le hubiera dicho que habíamos adoptado un tigre para la sala. Sus ojos se movieron de mi abuela a Lulú, de Lulú a los globos, y por último a mí, como comprobando si era una trampa. —Esto es una broma, ¿cierto? —preguntó, porque los hombres con traje creen que la vida debe seguir una agenda y que las payasas solo existen en parques y cumpleaños. Mi abuela, que domina el arte de no pedir permiso para hacer cosas buenas, afirmó con la cabeza. Lulú soltó una risita nerviosa y se acercó con paso circense. Tenía una sonrisa tan honesta que me dio ganas de abrazarla. Mi papá, que siempre quiere aparentar muy serio y responsable, hizo algo increíble: frunció más el ceño y se cruzó de brazos, como si eso ayudara a que las cosas absurdas desaparecieran. Él piensa que cuidar de una niña es una cosa que lleva reglas: horarios, comidas, y rutinas. Lulú llevaba una lista de notas en su corazón, no en una libreta. Eso ya le molestó. —Papá, haz una cosa —propuse con voz importante—. Competencia. Si la niñera me hace dos coletas derechas, se queda contratada. Si tú las haces, ella se va. Mi papá se quedó blanco, porque peinarme ha sido siempre una misión imposible para él. Recuerdo la última vez que me peinó: terminé con una trenza que parecía un plato de espagueti. Pero le brilló el orgullo de hombre (ese que les encanta competir con todo) y dijo que aceptaba. Nos paramos frente al espejo. La abuela nos miraba con las manos juntas como si esto fuera una obra de teatro. Lulú sacó de su bolsa unas gomitas de colores y me dijo que cerrara los ojos. Yo obedecí, porque soy una niña ordenada cuando hay juego de por medio. Papá agarró el peine con la seriedad de quien firma un contrato y empezó a peinar como si fuera un robot intentando entender emociones. Ató una liga tan fuerte que pensé que me arrancaría una oreja. Después intentó hacer la otra coleta y terminó con el cabello hecho un nido de pájaro. La liga salió volando y él se quedó con una cara de confusión épica. Lulú, en cambio, con calma y una sonrisa que parecía coser con hilo invisible, me acomodó el cabello en segundos. Hizo un gesto rápido y mis coletas quedaron derechitas, iguales y con lazos que parecían dos mariposas listas para volar. Me miré en el espejo y sentí que brillaba. —Listo —dije, girando para enseñar que las coletas eran perfectas—. Gana la niñera. Mi papá intentó disimular, pero la sorpresa lo traicionó: la boca le tembló y por un segundo me quise reír de lo serio que parecía. Se cruzó de brazos otra vez, pero ahora con la conciencia de haber sido derrotado por una señora con nariz pintada. Lulú levantó las manos en señal de victoria y la abuela aplaudió como si hubiera ganado un premio gordo. Yo salté encima del sofá (no me regañaron porque la felicidad era contagiosa) y me sentí feliz de haber elegido bien. Mi papá, después de la derrota, se acercó y me dijo en voz baja: —Está bien. Pero ella tiene que seguir ciertas reglas. Lulú le sonrió con esa sinceridad que no se encuentra en contratos: —Tranquilo —dijo—. Yo sé cuidar a una princesa que corre maratones en su casa. Solo necesito instrucciones y muchos, muchos abrazos. Mi papá suspiró. No era un suspiro de derrota total, era más bien la rendición de un general que se da cuenta de que el ejército tiene ideas propias. Me dio un beso en la frente, con ese gesto que siempre hace cuando quiere que todo esté bien. Esa noche me acosté con las coletas derechitas y el perrito de globo a mi lado. Lulú me cantó una canción que sonaba a paseo de parque y la abuela murmuró que había tomado la mejor decisión del día. Mi papá, en su despacho, probablemente revisaba papeles intentando cuadrar la idea de que su hija ahora tenía en la casa a una payasa que hacía pompas y peinados milagrosos. Yo, mientras tanto, cerré los ojos y pensé que ser detective era lo mejor que me había pasado. Había encontrado a mi abuela, contratado a una niñera, ganado una competencia y descubierto que los adultos, por más serios que sean, también pueden reírse cuando una gomita sale volando. Sofi, desde la repisa, me guiñó un ojo de tela y yo le devolví el guiño con orgullo. Mañana, pensé, vamos a aprender a hacer pompas que no vuelen. Y si la abuela empieza a contar otra vez que solo tiene paciencia tres horas, le diré que con Lulú y yo, las horas se multiplican como plastilina. Porque las mejores decisiones, a veces, salen de una niña de cinco años y medio que sabe elegir bien.★ LulúCon los años aprendí que la vida no se detiene por nadie, pero que cuando la miras con amor, esa misma vida se vuelve generosa. Mis niñas crecieron… y yo crecí con ellas.Amelia dejó de ser mi bebé tragona y risueña para convertirse en una mujer hermosa, con carácter fuerte y un corazón que todavía parece hecho de algodón de azúcar. Y sí, tenía novio. Leonardo. Un muchacho amable, atento de buena familia… pero para Daniel eso no significaba absolutamente nada. Él lo veía y le salía el instinto homicida en los ojos.—¿Qué le viste a ese enclenque? —le gruñía Daniel mientras Amelia le rodaba los ojos como si fuera la adulta responsable del mundo y él, el adolescente rebelde.—Es lindo, papá.—Pues qué baja tienes la vara, hija —refunfuñaba él, mientras yo me aguantaba la risa.Andrea, por su parte, siempre fue más reservada. Esa niña tenía alma vieja, una que había sufrido demasiado muy pequeña. La becaron en una universidad prestigiosa y se fue a estudiar al extranjero. Lloré co
★LulúHoy me desperté con la emoción tan atorada en el pecho que sentía que si respiraba muy fuerte iba a salir volando como un globo con helio.¡Mi boda! ¡Mi boda! ¡MI BODA CARAJO!Y no cualquier boda: mi boda con Daniel, el hombre que logró que yo dejara de fijarme en idiotas y que, además, convenció a mi mamá de que ya no le tuviera miedo a las facturas del hospital. No me pregunten cómo, pero el tipo tiene más poder que el IMSS en huelga.Aparte, papá dejó de beber. ¡DEJÓ DE BEBER! Esto ameritaba una estatua, un feriado nacional y mínimo unas campanas en su honor.Mi mamá decía que era un milagro y yo también, porque el hombre llevaba cuarenta años diciendo “mañana lo dejo” y nunca llegaba el famoso mañana. Pero hoy sí. Hoy era el mañana. Y hoy era mi boda.Y mientras yo me decía eso frente al espejo, mi vestido blanco brillaba tanto que parecía que estaba envuelta en papel aluminio del fino. Me veía preciosa, aunque mi peinado parecía un nido de pájaros que decidió convertirse en
★AmeliaYo siempre me despierto rápido, como si mis ojos tuvieran prisa por ver el día. Esa mañana también fue así. Abrí los ojos y la casa estaba calladita, como si todos estuvieran jugando a las estatuas y yo fuera la única que no sabía que el juego ya había empezado. Me levanté de puntitas porque no quería hacer ruido y caminé hasta el cuarto de papi. Quería preguntarle si podía hacer hotcakes o si mejor comíamos cereal con mucho chocolate.Pero cuando ya iba a tocar la puerta escuché su voz. Y no sonaba como siempre. Sonaba… rara. Como cuando alguien se está peleando pero sin gritar. O como cuando un adulto dice algo muy serio que los niños no debemos escuchar.Yo me quedé quieta, muy quieta, como cuando jugamos a las escondidas y yo quiero ganar.Y entonces escuché lo que dijo.—…Amelia no es mi hija biológica.Yo sentí que el corazón se me caía al piso. Como cuando tiras un vaso y pega contra el suelo. ¡Pum!Biológica.Bi-o-ló-gi-ca.Yo no sabía qué significaba. Nunca había escuch
★AmeliaYo no sé por qué todo estaba tan oscuro cuando abrí los ojos. Primero pensé que estaba soñando, porque sentía algo suave en la mejilla, como cuando mi papi me despierta con un besito, pero luego escuché una voz fea, una voz que no sonaba a mamá Lulú ni a papi ni a Andrea ni a nadie que yo quisiera.Y cuando levanté la cabeza vi la cara de esa señora.No sé cómo explicarlo, pero era fea. Fea como cuando dibujas un monstruo con crayón azul porque te equivocaste de color y luego lo intentas arreglar pero ya quedó peor. Así era su cara. Y tenía el pelo feo también, y olía raro, no como a mamá Lulú que huele a pastel, ni como papi que huele a limpio, ni como Andrea que huele a chocolate derretido porque siempre mete la mano en donde no debe.Esa señora no olía a nada bonito.Y yo… yo me asusté.Mucho.Y empecé a llorar.No porque me doliera algo, sino porque esa señora me estaba agarrando y no sabía dónde estaba, y no sabía por qué no estaba en la escuela o con mis amigas o con mi
★MarianaYo no sabía si quería llorar, gritar o prenderle fuego al puto edificio entero cuando Daniel salió de mi casa sin siquiera cerrar la puerta. Ni me dejó terminar la frase, solo me sostuvo la mirada como si yo fuera la peor basura del planeta y luego se largó, como si no existiera, como si yo no fuera la madre de su hija.Y lo más jodido es que, en ese instante, él tenía derecho a verme así.Porque sí, maldita sea.Sí.Yo sabía exactamente qué había pasado con Amelia.Pero jamás pensé que todo se iría de las manos tan rápido. No imaginé que la policía se movería en cuestión de minutos, que todo se derrumbaría en menos de una hora, que esas malditas cámaras iban a destruirnos la vida.Cuando Daniel salió, lo único que pude hacer fue cerrar la puerta con la espalda y sentir cómo las rodillas se me aflojaban mientras el silencio me caía encima. Ese puto silencio. Lo odio. El silencio es lo único que nunca me ha mentido: siempre me recuerda que estoy sola, que estoy jodida, que est
★AmeliaYo solo quería volver a casa. Después de lo que me pareció una eternidad de estar sola, escuché un ruido en la puerta.—¡Come, niña! —dijo una voz grave que parecía salir de un libro de cuentos de hombres con bigotes enormes y espadas imaginarias.Yo miré el plato y fruncí el ceño.—No me gusta… no son panqueques —dije, muy seria.El hombre me miró como si hubiera dicho que los dragones eran malos para merendar. Tal vez era raro, pero yo siempre digo la verdad, aunque nadie la quiera escuchar.Entonces entró otro hombre, lleno de tatuajes hasta en las orejas y con sonrisa de chiste malo que parecía que se lo estaba contando a sí mismo antes de decírtelo a ti. Se inclinó un poco y dijo:—¿Y qué se le ofrece a la princesa?—Panqueques y chocolate caliente —respondí, firme como si fuera la reina del mundo.Él sonrió, y yo supe que le caí bien porque los adultos siempre sonríen cuando dices algo honesto y divertido.—¡Qué valiente! —dijo en su cabeza, seguro. O eso pensé yo.En es







