LOGINEl sol comenzaba a asomar por el horizonte cuando finalmente abrí los ojos. Mi cabeza retumbaba, ese maldito dolor de cabeza no me dejaba en paz. Había bebido más de lo que debía la noche anterior, y sabía que ahora estaba pagando las consecuencias. Pero, al menos, no me había dejado llevar por el caos de mi hermano Nikolas, que siempre se excede con sus fiestas. Yo no era así. Nunca lo había sido.
Miré alrededor, y una sensación extraña me recorrió el cuerpo. El mar estaba a unos metros, y el viento aún traía consigo el aroma salado. Me senté, frotándome los ojos, intentando ordenar mis pensamientos. Recordaba fragmentos dispersos de la noche: la risa, la conversación, el alcohol que no dejaba de fluir… y, por supuesto, la mujer.
"Una mujer."
Pero, por más que lo intentaba, no lograba recordar quién era. Algo en su rostro, en su cuerpo, me era familiar, pero la neblina de la resaca nublaba mi memoria. Sentí una frustración creciente, no porque me arrepintiera de haber estado con ella, sino porque no podía recordar detalles importantes. ¿Con quién había estado? ¿Qué había pasado exactamente? Mi cabeza seguía dando vueltas alrededor de esa incógnita.
La última vez que dejé que una mujer se acercara demasiado a mí, pagué un precio muy alto. Hubo una mujer antes de Valeria. Alguien que parecía perfecta al principio, alguien que ganó mi confianza con el tiempo. Pero, al final, su amor no fue suficiente para evitar que me traicionara. Sus mentiras estaban tan cuidadosamente tejidas que nunca las vi venir, y cuando la verdad salió a la luz, todo se rompió. Desde entonces, aprendí a protegerme. Confiar en alguien era un lujo que no podía permitirme. Y ahora, el matrimonio era solo otro contrato, otro acuerdo. Un pacto de negocios, claro y sencillo.
Apreté los puños. No importaba. Lo que había hecho anoche no podía deshacerse. La realidad era que tenía un compromiso que cumplir. Esta noche no importaba, no más que lo que venía después. Hoy, a las doce en punto, me casaría con Valeria. Un matrimonio concertado, sí, pero uno necesario, parte del acuerdo familiar y de lo que se esperaba de mí. No había espacio para sorpresas, no más incertidumbre.
Valeria era una mujer que, aunque apenas conocía, encajaba perfectamente en el papel que debía desempeñar en mi vida. Sabía que no la amaba, pero eso no importaba. Yo necesitaba estabilidad, y ella sería esa estabilidad. Nuestras familias llevaban años en este pacto, y no había espacio para dudas ni equivocaciones.
El matrimonio ya no debía ser sobre el amor. Ya no debía ser sobre la pasión ni la confianza. Era un contrato, un acuerdo firmado por ambas partes para garantizar seguridad. No más sorpresas, no más engaños. Solo una vida construida sobre el entendimiento mutuo, donde las emociones no tenían cabida. Lo había aprendido por las malas. Mi confianza estaba reservada para pocas cosas, y ninguna de esas cosas eran las mujeres.
Me levanté con dificultad y comencé a caminar de regreso a la casa. El aire fresco me ayudó a despejar un poco la cabeza. Al llegar, vi a uno de los sirvientes de la familia, que ya había traído los trajes para el matrimonio. Tres opciones cuidadosamente seleccionadas por mi madre, como siempre. Me entregó los trajes con un tono casi reverente.
"Elija el que prefiera, Señor Pietro," me dijo, sonriendo con respeto.
Observé las opciones. El primero era un traje oscuro, elegante, con un corte impecable que combinaba sobriedad con estilo. El segundo, un poco más arriesgado, era de un tono azul marino profundo, algo que no había considerado antes pero que de alguna manera me atraía. El tercero era el clásico, de un gris plateado con detalles de hilo dorado que brillaban a la luz.
Me detuve frente al espejo del vestidor, mirando cada traje, pensando que todo esto, la boda, el matrimonio, era parte de lo que debía hacer. No había cabida para la duda. Valeria me esperaba. Mi familia me esperaba. Hoy, más que nunca, tenía que ser fuerte. Tomé el traje azul marino, el más osado de todos, y me lo puse sin pensarlo demasiado. Lo que había hecho la noche anterior quedaba atrás. No importaba. Hoy era el día en que mi futuro comenzaba, y no iba a dejar que nada me distrajera.
Mientras me ajustaba el chaleco, una sombra fugaz pasó por mi mente. Algo sobre la mujer de anoche, el calor de su cuerpo, la suavidad de sus besos, su aroma… Pero no había espacio para recordar. No era el momento de cuestionarme. Lo único que debía hacer ahora era prepararme para la boda, para cumplir con mi compromiso.
"Hoy es el día," me dije en voz baja, tratando de recobrar mi compostura. "Hoy me caso con Valeria. Nada más importa."
Así que me vestí, me aseguré de que todo estuviera en su lugar y, al final, me sentí preparado. Estaba listo para lo que venía. La boda era el siguiente paso, y no podía dar marcha atrás. Ni siquiera si la memoria de esa mujer misteriosa seguía rondando por mi mente. Hoy tenía un papel que cumplir, y no podía fallar.
El sol de la mañana se colaba a través de las ventanas abiertas del salón, iluminando suavemente la habitación. Estaba sentada en el sofá, con mi hija en brazos, acariciando distraídamente su pequeña mano mientras la miraba dormir. Samantha tenía solo una semana de vida, pero ya había logrado robarnos el corazón a todos. Con sus cuatro kilos de puro amor, era una gordita hermosa, y no podía dejar de sorprenderme lo mucho que había cambiado mi vida desde que ella llegó.Pietro estaba en la cocina, organizando un par de cosas para la fiesta que Nikolas y Sierra habían organizado. La pequeña ya se había ganado el amor de toda la familia, y ellos querían celebrarlo a lo grande. Aunque habíamos mantenido mi embarazo en privado, las noticias del nacimiento de Samantha se esparcieron rápidamente, y pronto, toda la familia Vanderweed se estaba reuniendo para conocer a la nueva joya de la familia.No solo la familia estaba emocionada. Kalos y Karlenne, que nunca habían sido los más expresivos
La brisa nocturna jugaba con las cortinas del salón, mientras el sonido del mar parecía estar cada vez más cerca. Pietro y yo estábamos sentados, casi en silencio, con nuestras copas de vino apenas tocadas, dejando que el ambiente se apoderara de nosotros. La noche, tan tranquila y serena, parecía invitar a una conversación más profunda, y fue entonces cuando Valeria rompió el silencio.—Pietro… hay algo que nunca te he contado, algo que ha estado rondando mi mente desde hace un tiempo.Lo miré, desconcertado. Había algo en su tono que me hacía sentir que lo que venía iba a ser importante. Ella dejó su copa sobre la mesa, sus manos temblando ligeramente, y me miró con una expresión en sus ojos que no podía descifrar.—La noche antes de casarnos… —dijo, y el peso de sus palabras me hizo respirar más hondo—. Yo… tuve un amante misterioso.Mi corazón dio un vuelco. ¿Cómo era posible que estuviera mencionando esto ahora, tantos meses después de nuestra boda? Un escalofrío recorrió mi cuer
El sol entraba a raudales por las enormes ventanas del salón, y yo estaba en el sofá, acariciando distraída mi vientre ya redondo mientras escuchaba cómo Pietro discutía por teléfono en el estudio. Cinco meses habían pasado desde aquel viaje, desde la noche en que decidí irme para protegerme. Desde entonces, el mundo había cambiado para nosotros. O, mejor dicho, nosotros habíamos cambiado para habitar el mundo de otra forma.La casa se sentía más viva. No era solo un espacio lujoso, con mármol y madera brillante. Se había convertido en un lugar donde los silencios ya no eran incómodos, donde las risas llenaban los pasillos, donde el amor se cocinaba en las mañanas con café y tostadas mal hechas por Pietro.Pietro.Mi esposo ya no era ese hombre de mirada tensa y labios sellados. No siempre. Ahora, con frecuencia, lo sorprendía mirándome como si estuviera viendo algo sagrado. Se acercaba sin avisar, me rodeaba con sus brazos por detrás, besaba mi cuello y hablaba con nuestro bebé como
Pasaron varias semanas después de aquella cena. Pietro no volvió a mencionar a su padre, y yo no pregunté. Entendí que para él, el silencio era a veces una forma de cerrar capítulos. Y aunque no sabía si Kalos volvería a nuestras vidas, tampoco me sentía lista para pensar en ello. Por primera vez, la casa se sentía como un hogar.Mis mañanas eran más tranquilas. Las náuseas se habían calmado y el embarazo avanzaba con normalidad. Pietro se mostraba cada vez más pendiente, más amoroso. Me acompañaba a las citas médicas, preguntaba por cada detalle, me sorprendía con comidas caseras que no siempre salían bien, pero que comía con gusto solo por verle sonreír. Dormíamos abrazados. Leíamos juntos. Empezábamos a compartir una cotidianidad que me hacía olvidar cómo habíamos comenzado.Hasta que sonó el teléfono.Era una mañana tibia de sábado. Yo acababa de salir de la ducha cuando vi la llamada perdida de mi madre. No era algo común. Ella no llamaba tan temprano a menos que algo estuviera m
La mesa estaba servida. Los cubiertos perfectamente alineados, las copas brillantes, el vino decantando desde hacía más de una hora. Todo en su lugar. Todo impecable. Como siempre le gustaba a él.A mi padre.Valeria, sentada a mi lado, tenía una sonrisa contenida. Estaba hermosa, con un vestido azul oscuro que resaltaba su piel, y el cabello recogido en un moño elegante que dejaba ver su cuello largo y su expresión serena. Pero yo conocía esa sonrisa. Era la que usaba cuando estaba nerviosa. Cuando se preparaba para resistir. Y yo también estaba preparado. Había crecido con este hombre. Sabía cómo era. Sabía que esto no iba a ser fácil.Cuando Kalos Vanderweed entró al comedor, el silencio fue inmediato. Sus pasos resonaron como si marcara el ritmo de un juicio. Nos miró con esa frialdad suya que no necesitaba palabras. Valeria se levantó con delicadeza, como indicaban las buenas costumbres, y le extendió la mano.—Señor Vanderweed. Es un honor conocerlo finalmente.Él la observó. La
Las siguientes semanas fueron como aprender a caminar con otro cuerpo. Con otra mente. Con otro corazón. Pietro se volvió diferente. Más presente. Más suave. Lo que antes era silencio ahora se llenaba de gestos pequeños: una taza de té al despertar, un roce en mi espalda cuando pasaba a mi lado, un beso en la frente cada vez que salía.Ya no era el hombre distante de antes. No era ese esposo frío que yo había conocido en los primeros días de este matrimonio pactado. No. Este Pietro me miraba con la vulnerabilidad de quien había amado y perdido. Y ahora quería amar sin volver a dejarse vencer por el miedo.Una tarde, mientras yo leía en el salón, lo vi entrar con una caja envuelta en papel blanco. No dijo nada. Solo la dejó sobre mis piernas y se sentó a mi lado, expectante.—¿Qué es esto? —pregunté, tocando la cinta.—Ábrelo.Lo hice. Y dentro había unos pequeños zapatos de bebé, tejidos en color gris claro. Me llevé la mano a los labios, con el corazón latiendo demasiado rápido.—¿Te







