FAZER LOGINPoV NikolajEl despacho olía a pólvora y alcohol rancio. Estaba al borde del abismo, devorado por una locura furiosa que ya ni mis hombres se atrevían a mirar a los ojos.Cinco meses.Cinco malditos meses desde que se esfumó, llevándose mi sangre en su vientre, ocultándose en algún rincón del mundo. La idea de que mi hijo creciera lejos de mí, parido por la traidora que me apuñaló por la espalda, me quemaba las entrañas como ácido puro. Ya no era poder; era una obsesión enferma que me pudría el alma.Golpeé el escritorio con los nudillos destrozados, haciendo saltar los cristales.—Encuéntrenla —siseé en la penumbra, con la voz rota de rabia y desespero—. Juro que si me la arrebataron, voy a quemar el puto mundo entero hasta dar con ella.La puerta del despacho se abrió de golpe con un estruendo. Petrova entró con el rostro desencajado y una furia helada en los ojos que habría acobardado a cualquiera, menos a mí.—¡Cinco malditos meses llevas destruyendo todo lo que nos costó años con
Pov AlinnaHan pasado cinco meses desde que crucé la frontera, y el pequeño departamento de dos habitaciones en las afueras de la ciudad se había convertido en mi refugio. Gracias al dinero del fideicomiso y a la parte que mi tío Ricardo me había entregado, no había tenido que preocuparme por buscar un trabajo de perfil bajo; podía permitirme vivir con una cómoda tranquilidad mientras mi vientre crecía y se redondeaba con los cinco meses de embarazo que ya cargaba.A veces, sentada junto a la ventana con una taza de té entre las manos, me quedaba mirando los reflejos en el cristal, intentando convencer a mi mente de que estaba a salvo.Sin embargo, la sombra de Nikolaj nunca terminaba de disiparse del todo.El sonido de la puerta al golpear por el viento o el freno brusco de un auto en la calle bastaban para acelerarme el pulso y helarme la sangre. La paranoia era un fantasma silencioso que caminaba conmigo por los pasillos, recordándome que los monstruos de su calaña no olvidan tan f
Pov AlinnaHabían pasado las veinticuatro horas más largas y asfixiantes de mi vida. Me había mantenido encerrada en la habitación asignada, con el eco de cada paso en la planta baja haciéndome encoger el corazón, sintiendo que en cualquier momento la puerta iba a ser derribada por los hombres de Nikolaj. El sonido de la cerradura girando suavemente me hizo dar un salto, tensando cada músculo antes de ver entrar a mi tío Ricardo. Traía el rostro serio, pero en sus manos sostenía un sobre manila abultado que me devolvió de golpe el aliento.Cerró la puerta con sigilo y se acercó a mí con paso firme, extendiéndome el paquete sobre la pequeña mesa de noche.—Ya está todo listo, Alinna —dijo en un susurr, abriendo el sobre para mostrarme su contenido—. Aquí tienes tu pasaporte, una nueva identidad con la que no existes para el resto del mundo, y el ticket de avión hacia Estados Unidos que sale en un par de horas. Mis ojos se empañaron al ver el documento falso, sintiendo un nudo inmenso
Pov NikolajLas horas pasaron en un goteo interminable de tensión y pantallas parpadeantes.Mis hombres y yo nos tragamos la madrugada entera revisando segundo a segundo las grabaciones de toda la mansión, adelantando y retrocediendo ángulos muertos, pasillos y esquinas con los ojos inyectados en sangre. No parpadeé ni un solo instante.Hasta que la fecha cambió en el monitor. En la pantalla apareció el estudio.Mi propio estudio. La puerta se abrió despacio y la silueta de Alinna se deslizó hacia el interior con una cautela que me encendió la sangre. La vi caminar directo hacia el rincón del fondo, detenerse frente al pesado archivero de metal y manipular el mecanismo con una soltura que me heló las entrañas.Mis propios ojos, reflejados en el monitor, la vieron abrir los cajones, sacar una serie de carpetas y folios con documentos confidenciales, hojearlos con calma, leer cada línea y, finalmente, volver a colocarlos exactamente en el mismo lugar antes de cerrar el cajón sin hacer
Pov NikolajEl despacho era una tumba. No había mandado a limpiar los cristales rotos. El desorden del suelo reflejaba mi mente tras treinta horas sin dormir.Sobre la mesa reposaban sus cosas: el abrigo, el bolso y el teléfono mudo.Tomé la tela y la acerqué a la cara, respirando su perfume con una lentitud enfermiza.—¿Dónde estás, mi amor...? —susurré con la voz rota.La puerta se abrió de golpe. Riger entró con el rostro pálido y una carpeta bajo el brazo.—Habla —le ordené con un hilo de voz helado.—Revisamos todo —informó tragando saliva—. No hay rastro.Me puse de pie de un salto y lo acorralé contra el marco, agarrándolo del cuello.—¿Y las cámaras de seguridad de la universidad? —le escupí a la cara, con los ojos inyectados en sangre.Riger tosió, intentando respirar bajo mi agarre.—Las revisamos... solo se ve cuando entra, pero nunca sale. La cámara que apunta directo a la puerta de seguridad trasera... no grabó nada. El sistema falló justo en ese momento.Lo solté de un v
POV Alinna Nos sentamos alrededor de la mesa y comimos en un silencio lleno de peso, con la comida apenas rozando nuestros labios mientras la tensión flotaba en el ambiente. En cuanto terminamos, Ricardo miró a su esposa con seriedad y le puso una mano en el brazo. —Dayana, deja que Alinna y yo hablemos a solas en el estudio. Tenemos mucho que aclarar —le pidió con voz firme. Su esposa asintió con comprensión, retirando los platos con cuidado y dejándonos espacio. Me puse de pie y seguí a mi tío hasta el despacho del fondo, un cuarto pequeño y cálido, rodeado de estantes llenos de libros viejos y papeles. Apenas cerró la puerta, se giró para mirarme a los ojos con total atención. —Ahora sí, Alinna. Dime qué pasó exactamente —pidió con suavidad, esperando respuestas. Tomé aire, sintiendo que el pecho me quemaba, y comencé a desatar la verdad que llevaba guardada como una condena. —Mi padre... él me entregó como pago de un fraude que cometió contra los Romanov —le conté,







