LOGINLa fragilidad se pierde entre las calles del dolor y la pasión se confunde con la ternura de una mirada maliciosa que consume mis segundos.
Damián
Bajo al despacho y ordeno que nadie me moleste. Me sirvo un whisky antes de sentarme detrás del escritorio. Me saco el teléfono del bolsillo y marco el número de mi abogado. Tengo que asegurarme de que todo esté en regla con respecto a mi adquisición; además, necesito que haga algo más por mí. ¿Quién es ese tal Adrián y qué tiene que ver con ella? El teléfono apenas suena un par de veces antes de que Víctor Belmont conteste.
—¿Señor Valente? Buenas tardes. —Me levanto de la silla y la rodeo hasta quedar frente a la ventana.
—Víctor —digo, apoyando el hombro contra la madera del marco—. Necesito el estado de los documentos que te encargué sobre la mujer que compré. —Mi tono es indiferente, pero imponente.
Al otro lado de la línea se hace un silencio breve seguido de un chasquido.
—El contrato de cesión de derechos y la transferencia de los fondos a sus padres ya están completados, pero, como le advertí, legalmente ese documento no se sostendrá si la chica decide hablar con las autoridades. Por eso preparé la alternativa que me sugirió. En una hora estaré en su casa con los papeles del acta de matrimonio por bienes separados y la representación legal total. Si ella firma, pasa a ser su esposa por la vía legal y cualquier reclamo de su familia o de terceros quedará completamente anulado. Nadie podrá intervenir. Y ella no podrá demandarlo por ningún medio. —Sonrío con frialdad.
La ley siempre tiene un precio y una firma.
—Perfecto. Tráelos listos para firmarlos esta misma noche —le ordeno en el mismo tono de indiferencia.
Siempre había creído que nunca tendría una esposa y ahora resulta que me compré una a ciegas.
—Así se hará. ¿Hay algo más? —pregunta con cautela.
—Sí —digo, apretando el auricular mientras la imagen de Adara en la habitación vuelve a mi mente, desafiante y aferrada a un recuerdo—. Necesito que investigues a alguien. Un sujeto llamado Adrián —formulo y mi voz disminuye un decibel como si fuera un secreto que nadie más debe saber.
Se produce una breve pausa en la línea. No es que ese tipo me importe. Difícilmente descubrirá que ella está aquí y, si lo hace, es imposible que logre verla.
—¿Tiene su apellido o su dirección, señor Valente? —indaga.
—No. Solo sé su nombre y que forma parte del entorno cercano de ella —respondo, y siento como se me tensa la mandíbula—. Averigua con los Medina, indaga en sus contactos, sus conocidos. Pero escucha bien, Víctor: debes ser muy discreto con esto. La familia Medina no debe sospechar absolutamente nada. De lo contrario, es tu cuello el que está en juego —le advierto.
—Entendido, señor Valente. Manejaré este asunto en absoluto silencio. En cuanto llegue a la propiedad, le tendré los primeros cruces de información —promete y estoy seguro de que no solo me dará un avance.
—Te espero en una hora. —Cuelgo.
Dejo el teléfono sobre el escritorio. Los engranajes están en marcha: en cuestión de horas, será mi esposa, y el tal Adrián dejará de ser un misterio para convertirse en un blanco. Apoyo ambos puños sobre el escritorio y me quedo con la cabeza gacha y los ojos cerrados, escuchando el silencio de la casa. La conversación en su habitación sigue resonando en mis oídos. Todavía puedo sentir el calor de su piel en la yema de mis dedos y el desprecio de sus palabras cuando me llamó monstruo.
¡Maldita sea!
Me sirvo más whisky. Me llevo el vaso a los labios y apuro el trago de un solo golpe, sintiendo el ardor bajar por mi garganta. Comprar a la hija de los Medina fue un impulso absurdo, una decisión de segundos en una seductora subasta. Debí haber ignorado las advertencias sobre sus supuestos encantos. ¿Virgen? Seguramente ese imbécil ya la usó y yo perdí mi dinero. En mi mundo, una mujer así es un estorbo, una carga que no encaja de ningún modo en mi vida. Pero ahora no solo puedo tirarla a la basura como si nada; ya pagué por ella, al menos debo obtener algún beneficio, por mínimo que sea.
Debería tratarla como lo que es: un activo más. Pero sin importar lo animal que pueda llegar a ser, sigo siendo un caballero y ella, Adara Medina, no se comporta como las demás mujeres. Ella no se lanzó a mis brazos ni se arrodilló a suplicarme y eso ya habla bastante bien de ella. A menos que haya fingido todo desde el primer momento. Su padre es una escoria que ha llevado a su familia casi a la quiebra y no se tentó el corazón para venderla con tal de no perder la vida de lujos a la que está acostumbrado.
¿Por qué ella iba a tener escrúpulos?
Cierro los ojos y la imagen de su rostro vuelve a cruzar mi mente con una nitidez exasperante. Es innegable que es hermosa; tiene una belleza delicada y frágil, que contrasta con la frialdad de este lugar y de su mirada. Cuando la vi en la ventana, bajo la luz del sol, parecía hecha de cristal. Pero cuando entré y me acerqué a ella... cuando la acorralé en su habitación, no encontré a una sumisa asustada. Sus ojos oscuros brillaban con un odio tan puro que por un muy breve instante me hizo sentir admiración por su férrea determinación a no doblegarse.
Es frágil, sí. Es pequeña, su piel se marca con el más mínimo roce y sé que con un par de golpes podría quebrarla si me lo propusiera. Y, sin embargo, la terquedad en su postura me fascina y me irrita a partes iguales. Vuelvo al ventanal y miro hacia el jardín; la luz del día muere y toma un tono gris, sumergiendo todo poco a poco en la oscuridad de la noche.
Me molesta el espacio que ha empezado a ocupar en mis pensamientos. Me molesta que mencione a ese idiota de Adrián con esa fe tan ciega, como si pudiera rescatarla de mis garras. Me enfurece su actitud desafiante y al mismo tiempo quiero ver hasta cuándo es capaz de sostenerla. En algún momento debe entender que ahora me pertenece y que no importa cuánto haga o diga, solo es un lindo florero que compré por mucho dinero y debe servirme como a mí me dé la gana. No, no es una carga. Es un reto. Y los retos son lo único que mantiene mi sangre ardiendo.
Va a odiarme, va a mirarme como si fuera el demonio en persona, pero poco a poco aprenderá que, de esta casa, ella nunca se irá, y a cambio de eso, tendrá la vida que su familia nunca le dio.
Hola mis lunas, disculpen que no haya actualizado; mi esposo fue operado y estuve de enfermera.
En mi cielo oscuro tus ojos iluminan cada rincón.DamiánCuando el reloj marca las siete y media, un par de golpes en la puerta me sacan de mis pensamientos. Dejo el vaso sobre el escritorio y alzo la vista hacia la puerta que se abre. Víctor entra cargando un maletín. Su postura es rígida y su expresión la de alguien que mantiene su mente ocupada en más de un problema a la vez, y, aun así, cada trabajo que entrega es perfecto.—Señor Valente —saluda sacando del maletín una carpeta de pasta dura—. Aquí están los documentos oficiales; solo nos falta la firma de la señorita Medina para que el matrimonio quede legalizado con fecha retroactiva. —Me extiende la carpeta con mano firme.Lo tomo y examino las hojas con atención. El nombre de Adara Medina resalta junto al mío. Un trámite frío para legalizar de cierto modo un crimen en contra de la humanidad. Las comisuras de mis labios se curvan apenas un poco al pensar que ya tengo esposa. Una que me detesta y que le gustaría verme muerto.—¿
La fragilidad se pierde entre las calles del dolor y la pasión se confunde con la ternura de una mirada maliciosa que consume mis segundos.DamiánBajo al despacho y ordeno que nadie me moleste. Me sirvo un whisky antes de sentarme detrás del escritorio. Me saco el teléfono del bolsillo y marco el número de mi abogado. Tengo que asegurarme de que todo esté en regla con respecto a mi adquisición; además, necesito que haga algo más por mí. ¿Quién es ese tal Adrián y qué tiene que ver con ella? El teléfono apenas suena un par de veces antes de que Víctor Belmont conteste.—¿Señor Valente? Buenas tardes. —Me levanto de la silla y la rodeo hasta quedar frente a la ventana.—Víctor —digo, apoyando el hombro contra la madera del marco—. Necesito el estado de los documentos que te encargué sobre la mujer que compré. —Mi tono es indiferente, pero imponente.Al otro lado de la línea se hace un silencio breve seguido de un chasquido.—El contrato de cesión de derechos y la transferencia de los fo
Tu jaula de oro es solo una prisión que me consume la vida cada día.AdaraHace un mes que estoy en este lugar y empiezo a sentir que nunca más volveré a salir. Cada día es una rutina que me asfixia y me roba las ganas de vivir. No puedo seguir atrapada entre estas cuatro paredes; siento que me voy a volver loca. Ya estoy curada, pero ahora me vigilan con más cuidado; ni siquiera puedo salir de este cuarto, la puerta siempre está cerrada y ni siquiera cuando viene el mayordomo o las mucamas puedo intentar hacer nada para escapar; afuera siempre hay dos hombres cuidando que no intente nada.Tampoco he podido sacarles información sobre nada; las empleadas no contestan mis preguntas, el mayordomo es esquivo y ese hombre, el tal señor Valente, no ha vuelto a aparecer desde la otra noche. Extraño a Adrián, necesito encontrar la manera de mandarle un mensaje, de pedirle que venga por mí, que me rescate y me lleve lejos de esta ciudad; juntos podemos salir adelante.Me desplomo en el piso lu
El fuego del abismo arde con intensidad bajo mis pies, pero sus llamas no alcanzan mi piel.AdaraEl eco de la puerta al cerrarse se queda flotando en el aire como un recordatorio de mi infructuoso intento de escape. Me acomodo como puedo sobre la cama y me cubro de nuevo las piernas para ocultar mi tobillo hinchado. Cada palpitar en el pie me recuerda la humillación de rodar por los escalones; sin embargo, me niego a mostrar debilidad o sumisión. No frente a ellos. No frente al hombre que decidió ser Dios y jugar con mi destino.No sé cuánto tiempo pasa, quizás unos quince minutos. Mi corazón retumba contra mis costillas, acelerándose con cada crujido del piso al caminar. Dejo de respirar y cierro los ojos, centrando todos mis sentidos en solo escuchar. Pasos pesados y firmes resuenan deliberadamente en el pasillo. No son los pasos sigilosos del personal de servicio, ni el andar monárquico del mayordomo. Es una pisada que transmite la autoridad de alguien acostumbrado a que el mundo
He cruzado las puertas del infierno, pero no me resigno a ser una de las condenadas al fuego eterno.AdaraCuento hasta diez antes de salir de mi escondite. Abro la puerta con cuidado y asomo la cabeza; al no ver a nadie, me lanzo hacia la puerta principal y la abro de golpe; no obstante, me quedo de piedra cuando dos hombres, enormes y robustos, se giran ambos en mi dirección. Me miran como si esperaran una explicación de mi parte, pero reacciono rápidamente y me aprovecho del momento y me lanzo corriendo hacia el frente con todas mis fuerzas.A mitad de la escalinata, mi pie falla al pisar y resbalo. Mi culo rebota un par de veces antes de llegar hasta abajo. Un dolor punzante se me extiende desde el codo del brazo derecho por todo el cuerpo y se mezcla con el ardor en mis rodillas. Aprieto los dientes y me trago el dolor e intento ponerme de pie, pero al levantarme e intentar erguirme para correr de nuevo, uno de mis pies falla y me deja caer de nuevo.Esta vez el dolor es mucho má
A la una. A las dos. Y a las tres. ¡Vendida!DamiánCreo que hasta ahora jamás me había excedido con las cosas que compro. Supongo que fui impulsivo, pero si el dinero no sirve para eso, ¿entonces para qué tengo tanto? Apruebo el pago y le ordeno a mis hombres que retiren la mercancía en la dirección del vendedor. Es la primera vez que me involucro en algo tan enfermo; es tan bajo y asqueroso, pero confieso que la sensación de poder es excitante.Además, viéndolo desde cierto ángulo, podría decir que se trata de una obra benéfica. Al menos no soy uno de esos tipos asquerosos que ya tenían planeado cómo disfrutar de cada dólar invertido. Conmigo no tendrá por qué preocuparse por esas cosas; puedo encontrar placer cuando se me dé la gana. Y quizás, hasta hayan exagerado sus supuestos atributos divinos.Ninguna mujer en esta época es virgen ni santa.Abandono el salón de la subasta, donde las luces de araña de cristal relucen con orgullo sobre la alfombra de terciopelo, y voy directo al







