LOGINEl fuego del abismo arde con intensidad bajo mis pies, pero sus llamas no alcanzan mi piel.
Adara
El eco de la puerta al cerrarse se queda flotando en el aire como un recordatorio de mi infructuoso intento de escape. Me acomodo como puedo sobre la cama y me cubro de nuevo las piernas para ocultar mi tobillo hinchado. Cada palpitar en el pie me recuerda la humillación de rodar por los escalones; sin embargo, me niego a mostrar debilidad o sumisión. No frente a ellos. No frente al hombre que decidió ser Dios y jugar con mi destino.
No sé cuánto tiempo pasa, quizás unos quince minutos. Mi corazón retumba contra mis costillas, acelerándose con cada crujido del piso al caminar. Dejo de respirar y cierro los ojos, centrando todos mis sentidos en solo escuchar. Pasos pesados y firmes resuenan deliberadamente en el pasillo. No son los pasos sigilosos del personal de servicio, ni el andar monárquico del mayordomo. Es una pisada que transmite la autoridad de alguien acostumbrado a que el mundo se aparte a su paso.
Los engranajes de mi cuello crujen al girar la cabeza hacia la puerta. El pomo oscila. Me pongo en guardia, enderezando lo más que puedo la espalda y clavando la mirada en el umbral. Un hombre alto, imponente, de figura atlética, rostro cincelado y mirada fría entra despacio a la habitación, como si estuviera estudiando a su presa antes de atacar. La alfombra amortigua sus pasos. La luz tenue de las lámparas de pared corta su figura, otorgándole un aire sombrío y aterrador que me hace estremecer internamente.
Por su ropa, parece un tipo normal pese a la mirada asesina que me dedica. No trae chaqueta, pero viste un chaleco de sastre en color oscuro sobre una camisa gris plomo con las mangas arremangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos fuertes, marcados por venas prominentes y cubiertos de tatuajes con trazos tan sombríos como su mirada depredadora. Trae el cabello ligeramente desordenado y una pequeña cortada fresca en el pómulo izquierdo.
No obstante, lo que detiene mi respiración de golpe son sus manos. Tiene los nudillos rojos, hinchados y partidos, con rastro de sangre seca. Paso saliva al verlo acercarse. Emana un aura peligrosa, un olor a perfume caro mezclado con el tinte metálico de la sangre y el frío de la noche. Su mirada de un gris frío y tormentoso se clava con intensidad en mi mirada, provocándome una mezcla escalofriante de terror y atracción involuntaria. Siento que el asco me sube a la boca de solo pensar en eso.
Mi corazón deja de bombear cuando sus pasos se detienen muy cerca de la cama.
—Así que esto fue lo que compré. Interesante. —Su voz es un barítono denso, que parece llenar cada rincón de la estancia sin necesidad de elevar el tono—. Me dijeron que intentaste escapar, ¿es cierto eso? —No puedo apartar la mirada de la suya, es como si de pronto un extraño poder me tuviera presa del gris de su mirada—. Por lo que veo, la mercancía no es tan buena como dijeron. —Chasquea la lengua—. Perdí el dinero en basura sin valor —añade con desprecio, provocando que la furia arda en mis venas.
—No soy un objeto y tampoco soy basura —le espeto entre dientes y sosteniéndole la mirada—. Soy una persona y exijo que me deje ir ahora mismo. No sé qué clase de tratos hizo con mi familia, pero le advierto que ni ellos ni usted tienen ningún derecho a decidir sobre mí. —Aprovecho la rabia que siento fluyendo por mis venas para envalentonarme y enfrentarme a él.
Da un par de pasos y se acerca un poco más. Su rostro se mantiene inexpresivo, pero veo cómo sus ojos descienden por mi cuerpo hasta llegar a mis pies, pese a estar cubierta con la sábana. Una mueca casi imperceptible cruza sus labios antes de devolver la mirada hacia mi cara.
—Tus exigencias no tienen ningún valor o importancia en esta casa, Adara —dice pronunciando mi nombre con familiaridad—. Tu padre firmó un contrato, tu madre aceptó el pago. Legal o no, para el mundo tú me perteneces. No existes fuera de esta propiedad. —Sus palabras me erizan la piel mientras un escalofrío me recorre la columna vertebral.
—¡Es un delito! —le grito y me giro sobre el colchón para ponerme de pie, pero el dolor, agudo e intenso, me hace ahogar un gemido y caer de culo sobre la cama. Aprieto los dientes para no llorar frente a él e intento controlar mi respiración—. Adrián me está buscando. Él sabe que algo anda mal y cuando me encuentre…
—¿Adrián? —Deja escapar una risa, un sonido seco y desprovisto de humor o de cualquier tipo de emoción.
Se acerca un paso más y se inclina levemente sobre mí. A esta distancia puedo ver con más claridad los músculos de su cuerpo y la fuerza que emana de ellos. Me acorrala sin siquiera tocarme.
—Ese imbécil no tiene el dinero, ni el poder, ni las agallas para enfrentarse a mí. Tu querido Adrián no va a rescatarte y lo mejor es que empieces a aceptarlo desde ahora; te hará la vida más sencilla. —Algo pesado y doloroso se me instala en el pecho de golpe mientras el escozor de las lágrimas en mis ojos empieza a quemarme.
—Es un hombre despreciable —susurro con desprecio y ahogando el jadeo que pugna por salir desde mi pecho—. ¿Cuánto quiere? ¿Cuánto dinero le costó comprarme? Trabajaré el resto de mi vida, le pagaré cada centavo, pero déjeme libre —formulo en un tono casi suplicante, pero veo con claridad que mis palabras no tienen ningún valor para él.
Se lleva una mano a la nuca, estirando el cuello, tronándose los huesos. Luego, apoya una rodilla sobre el borde del colchón y se inclina hacia mí. Su rostro queda a escasos centímetros del mío. Puedo sentir el calor que desprende su piel y el aroma acre que trae consigo. Su cercanía me quema.
—Ese dinero no podrías pagarlo ni en tres vidas, niña —murmura, y su aliento cálido me roza la mejilla, haciéndome dar un respingo—. Y yo no soy un prestamista. No hago obras de caridad ni acepto pagos a plazos para tu muy mala suerte.
—Entonces es un monstruo —le escupo a la cara, manteniendo la barbilla en alto, aunque mi corazón está a punto de salírseme del pecho.
No se inmuta. Alza una de sus manos —la de los nudillos ensangrentados— y, con una lentitud desesperante, roza el dorso de sus dedos a lo largo de la línea de mi mandíbula. El contacto de su piel áspera y caliente me produce un escalofrío que me recorre todo el cuerpo. Odio que su cercanía me afecte de esta manera, odio sentir esta corriente eléctrica tan intensa cuando debería sentir solo repulsión. Pero la verdad es que es la primera vez que siento algo como esto. Es nuevo, prohibido y no es para mí.
—No, no soy un monstruo —me corrige en un susurro—, soy un hombre de negocios y pagué mucho dinero por ti. —Apresa mi barbilla con firmeza entre sus dedos y me obliga a mantener la mirada en la suya—. Y no soy de los que disfruta perder sus inversiones sin recibir algo a cambio. Tu pequeño acto de Houdini te va a costar muy caro, Adara. Espero que puedas pagarlo. —Sus dedos me aprietan con más fuerza, esta vez oprimiéndome las comisuras de la boca hasta que mis labios se alzan como un montículo para luego besarme a la fuerza, mordiéndome el labio inferior sin ningún reparo.
No es algo sutil ni consensuado. Es un acto vil y violento que por un segundo me deja sin aliento.
—No le tengo miedo —consigo decir entre dientes y mirándolo fijamente a los ojos cuando libera mi boca de su corrupción.
Una chispa de algo impuro y oscuro cruza por su mirada. Su pulgar acaricia levemente mi labio inferior antes de soltarme de golpe. Se pone de pie y retrocede algunos pasos.
—Lo tendrás —sentencia—. Mañana vendrá un médico a revisarte el tobillo. Hasta que no puedas caminar, no saldrás de esta cama. Y cuando te recuperes, aprenderás cuáles son las reglas de esta casa —añade y, sin esperar respuesta de mi parte, se gira y camina hacia la puerta sin volver a mirarme. Antes de salir, se detiene con la mano en el pomo.
—Buenas noches, Adara. Y gracias por el beso, aunque es el beso más mediocre que he recibido en mi vida. —La puerta se cierra.
Me abrazo las rodillas, temblando descontroladamente mientras el dolor de mi pie y el peso de sus palabras me aplastan el pecho. Lo odio. Lo odio con todas mis fuerzas. Odio a mis padres por hacerme esto cuando yo lo único que deseaba era recibir un poco de su amor, pero es claro que solo les sirvo para conseguir dinero.
En mi cielo oscuro tus ojos iluminan cada rincón.DamiánCuando el reloj marca las siete y media, un par de golpes en la puerta me sacan de mis pensamientos. Dejo el vaso sobre el escritorio y alzo la vista hacia la puerta que se abre. Víctor entra cargando un maletín. Su postura es rígida y su expresión la de alguien que mantiene su mente ocupada en más de un problema a la vez, y, aun así, cada trabajo que entrega es perfecto.—Señor Valente —saluda sacando del maletín una carpeta de pasta dura—. Aquí están los documentos oficiales; solo nos falta la firma de la señorita Medina para que el matrimonio quede legalizado con fecha retroactiva. —Me extiende la carpeta con mano firme.Lo tomo y examino las hojas con atención. El nombre de Adara Medina resalta junto al mío. Un trámite frío para legalizar de cierto modo un crimen en contra de la humanidad. Las comisuras de mis labios se curvan apenas un poco al pensar que ya tengo esposa. Una que me detesta y que le gustaría verme muerto.—¿
La fragilidad se pierde entre las calles del dolor y la pasión se confunde con la ternura de una mirada maliciosa que consume mis segundos.DamiánBajo al despacho y ordeno que nadie me moleste. Me sirvo un whisky antes de sentarme detrás del escritorio. Me saco el teléfono del bolsillo y marco el número de mi abogado. Tengo que asegurarme de que todo esté en regla con respecto a mi adquisición; además, necesito que haga algo más por mí. ¿Quién es ese tal Adrián y qué tiene que ver con ella? El teléfono apenas suena un par de veces antes de que Víctor Belmont conteste.—¿Señor Valente? Buenas tardes. —Me levanto de la silla y la rodeo hasta quedar frente a la ventana.—Víctor —digo, apoyando el hombro contra la madera del marco—. Necesito el estado de los documentos que te encargué sobre la mujer que compré. —Mi tono es indiferente, pero imponente.Al otro lado de la línea se hace un silencio breve seguido de un chasquido.—El contrato de cesión de derechos y la transferencia de los fo
Tu jaula de oro es solo una prisión que me consume la vida cada día.AdaraHace un mes que estoy en este lugar y empiezo a sentir que nunca más volveré a salir. Cada día es una rutina que me asfixia y me roba las ganas de vivir. No puedo seguir atrapada entre estas cuatro paredes; siento que me voy a volver loca. Ya estoy curada, pero ahora me vigilan con más cuidado; ni siquiera puedo salir de este cuarto, la puerta siempre está cerrada y ni siquiera cuando viene el mayordomo o las mucamas puedo intentar hacer nada para escapar; afuera siempre hay dos hombres cuidando que no intente nada.Tampoco he podido sacarles información sobre nada; las empleadas no contestan mis preguntas, el mayordomo es esquivo y ese hombre, el tal señor Valente, no ha vuelto a aparecer desde la otra noche. Extraño a Adrián, necesito encontrar la manera de mandarle un mensaje, de pedirle que venga por mí, que me rescate y me lleve lejos de esta ciudad; juntos podemos salir adelante.Me desplomo en el piso lu
El fuego del abismo arde con intensidad bajo mis pies, pero sus llamas no alcanzan mi piel.AdaraEl eco de la puerta al cerrarse se queda flotando en el aire como un recordatorio de mi infructuoso intento de escape. Me acomodo como puedo sobre la cama y me cubro de nuevo las piernas para ocultar mi tobillo hinchado. Cada palpitar en el pie me recuerda la humillación de rodar por los escalones; sin embargo, me niego a mostrar debilidad o sumisión. No frente a ellos. No frente al hombre que decidió ser Dios y jugar con mi destino.No sé cuánto tiempo pasa, quizás unos quince minutos. Mi corazón retumba contra mis costillas, acelerándose con cada crujido del piso al caminar. Dejo de respirar y cierro los ojos, centrando todos mis sentidos en solo escuchar. Pasos pesados y firmes resuenan deliberadamente en el pasillo. No son los pasos sigilosos del personal de servicio, ni el andar monárquico del mayordomo. Es una pisada que transmite la autoridad de alguien acostumbrado a que el mundo
He cruzado las puertas del infierno, pero no me resigno a ser una de las condenadas al fuego eterno.AdaraCuento hasta diez antes de salir de mi escondite. Abro la puerta con cuidado y asomo la cabeza; al no ver a nadie, me lanzo hacia la puerta principal y la abro de golpe; no obstante, me quedo de piedra cuando dos hombres, enormes y robustos, se giran ambos en mi dirección. Me miran como si esperaran una explicación de mi parte, pero reacciono rápidamente y me aprovecho del momento y me lanzo corriendo hacia el frente con todas mis fuerzas.A mitad de la escalinata, mi pie falla al pisar y resbalo. Mi culo rebota un par de veces antes de llegar hasta abajo. Un dolor punzante se me extiende desde el codo del brazo derecho por todo el cuerpo y se mezcla con el ardor en mis rodillas. Aprieto los dientes y me trago el dolor e intento ponerme de pie, pero al levantarme e intentar erguirme para correr de nuevo, uno de mis pies falla y me deja caer de nuevo.Esta vez el dolor es mucho má
A la una. A las dos. Y a las tres. ¡Vendida!DamiánCreo que hasta ahora jamás me había excedido con las cosas que compro. Supongo que fui impulsivo, pero si el dinero no sirve para eso, ¿entonces para qué tengo tanto? Apruebo el pago y le ordeno a mis hombres que retiren la mercancía en la dirección del vendedor. Es la primera vez que me involucro en algo tan enfermo; es tan bajo y asqueroso, pero confieso que la sensación de poder es excitante.Además, viéndolo desde cierto ángulo, podría decir que se trata de una obra benéfica. Al menos no soy uno de esos tipos asquerosos que ya tenían planeado cómo disfrutar de cada dólar invertido. Conmigo no tendrá por qué preocuparse por esas cosas; puedo encontrar placer cuando se me dé la gana. Y quizás, hasta hayan exagerado sus supuestos atributos divinos.Ninguna mujer en esta época es virgen ni santa.Abandono el salón de la subasta, donde las luces de araña de cristal relucen con orgullo sobre la alfombra de terciopelo, y voy directo al







