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Nos la pagará

last update 게시일: 2026-04-20 10:50:03

Luca sujetó a Isabella con firmeza del brazo, casi clavando sus dedos en su piel, mientras la obligaba a subir las escaleras tan rápido que no le daba tiempo ni para pensar.

—¡Suéltame! —espetó ella, tropezando en un escalón—. ¡Me estás lastimando!

Pero Luca no respondió, ni siquiera la miró. Su expresión era dura, impenetrable, su única misión era llevarla de nuevo a la suite, hasta que el señor Adriano Vercelli diera la orden de que hacer con ella.

—Camina —ordenó con frialdad.

Isabella apretó los dientes, intentando soltarse, pero era inútil. Su fuerza no era suficiente, no contra alguien como él.

El vestido de novia se enredaba en sus piernas, dificultándole el paso, haciéndola tropezar una y otra vez mientras subían, su respiración era irregular, su corazón latía con violencia.

Y su mente… Seguía atrapada en la misma imagen, Adriano en el suelo, la sangré saliendo de su cabeza, y la lámpara en sus manos.

—No… —susurró para sí misma—. No, no…

—Cállate —murmuró Luca sin detenerse.

Subieron un tramo más, hasta que finalmente llegaron al pasillo, dónde la suite estaba al final 

Luca la arrastró hasta la puerta, la abrió y la empujó hacia adentro.

Isabella dio un par de pasos torpes, justo en el momento que sus  ojos se abrieron como platos, y su boca… también.

Adriano Vercelli estaba sentado.

Estaba vivo.

Con una venda rodeando su cabeza, la camisa abierta en el cuello, manchada con rastros de sangre seca.

Su postura era relajada, demasiado, como si nada hubiera pasado.

—Tú… —susurró, sin poder creerlo.

Adriano levantó la mirada.

Solo un segundo, sus ojos se cruzaron con los de ella y aunque no dijo nada… Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios, oscura, peligrosa 

Como si todo aquello… le resultara interesante, como si la situación le divirtiera.

Luego desvió la mirada, como si ella no fuera importante, como  si no mereciera más atención.

—Muévete —ordenó Luca.

La tomó nuevamente del brazo y la empujó hacia la habitación contigua.

Isabella tropezó, pero logró mantenerse en pie.

—¡Maldición! —espetó, girándose hacia él—. ¡Qué demonios quieren de mí!

Luca cerró la puerta de un golpe seco, y la dejó ahí, encerrada.

Isabella llevó una mano a su pecho, intentando regular su respiración, Pero no podía, aunque ahora estaba un poco más tranquila, él estaba vivo…

Estaba vivo, su mente no dejaba de repetirlo, una y otra vez.

Mientras tanto, Luca regresó a la habitación principal, cerró la puerta detrás de él con cuidado.

Adriano no se movió. Seguía sentado, con la mirada perdida por un segundo… hasta que la fijó en él.

—Señor… —dijo Luca con respeto—. ¿Necesita algo más?

Adriano llevó una mano a su cabeza, presionando ligeramente la venda.

Exhaló, algo lento, pero controlado 

—Sí —respondió finalmente.

Se puso de pie.

—Arregla todo para mi regreso a la mansión.

Luca asintió de inmediato.

—Como ordene.

Adriano dio un paso, acomodando el puño de su camisa.

—Ah… —añadió, sin mirarlo—. Y las cosas de mi esposa…

Hizo una breve pausa… Una mínima. 

—Llévalas a mi habitación. No a la de huéspedes, como había dicho anteriormente.

—Como usted ordene, señor.

Adriano no respondió. Solo sonrió levemente.

Mientras tanto, a varios kilómetros de ahí, cerca a la mansión de Adriano Vercelli, dos camionetas negras avanzaban por el camino de grava.

Se detuvieron frente a la mansión, las puertas se abrieron. Y de una de ellas bajó Eduardo Vercelli.

Caminó con paso firme hacia la entrada.

Dos hombres custodiaban la puerta, los cuales se tensaron al verlo.

Uno de ellos dio un paso al frente.

—Lo siento, señor… pero no lo podemos dejar pasar.

La mandíbula de Eduardo se tensó, lentamente…

Alzó la mano, y eso fue suficiente, para que los dos hombres que venían con él sacaran sus armas, y apuntaran directo hacia ellos.

—¿Se les olvida algo? —dijo Eduardo, con voz baja pero mortal—. Esta mansión… también me pertenece, está mansión es de mi hijo Adriano y por lo tanto nadie puede negarme la maldita entrada.

Nadie respondió.

—Y yo puedo entrar… donde se me dé la maldita gana.

Uno de los guardias tragó saliva.

—Señor… pero son órdenes del señor Adriano…

Error, grave error, Eduardo se acercó, y se quedó frente a él.

—¿Acaso te quieres morir? —murmuró, mirándolo fijamente—. ¿O te vas a hacer a un maldito lado?

El silencio duró apenas un segundo.

Luego los hombres se apartaron, y Eduardo entró, sin mirar atrás. Sus hombres lo siguieron, y detrás de ellos los guardias de Adriano, caminaban tensos. Mientras, Eduardo Vercelli siguió caminando por los pasillos en silencio.

Hasta llegar a los calabozos, Eduardo se detuvo frente a una celda. Justo donde estaba Gael, su otro hijo, atado de pies y manos. Amordazado.

La ira le consumió de inmediato su rostro. Se giró.

—Abran la maldita puerta.

Uno de los hombres dudó.

—Señor… nosotros no podemos… el señor Adriano…

No terminó , no pudo terminar,  Eduardo se movió rápido, y le arrebató el arma a uno de sus hombres.

En dos zancadas estuvo frente al guardia, y le apuntó directo a la frente.

—¿Quieres una bala en tu cabeza?

El hombre no respondió, ni siquiera  tuvo tiempo, Eduardo dejó salir un disparo directo en su cabeza.

Eduardo giró hacia el otro.

—Y tú… —dijo con voz baja—. ¿Quieres lo mismo?

El hombre negó de inmediato, y con manos temblorosas sacó las llaves.

Caminó hasta la celda, y la abrió. Eduardo entró, sus ojos ardían, miró a su hijo. A Gael.

—Suéltenlo.

Sus hombres avanzaron, cortaron las ataduras, retiraron la mordaza.

Gael jadeó, tomando aire.

Sus ojos estaban llenos de odio, odio puro, apunto de estallar 

—Adriano… —murmuró con voz rota— me las va a pagar.

Eduardo lo observó.

—No… —respondió finalmente—. Nos las va a pagar.

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