LOGINEl sol de la mañana apenas lograba colarse por la única ventana del pequeño loft de Karen. No era un palacio, pero para ella era su fortaleza; su pequeño logro aunque fuera alquilado. Karen tarareaba una canción de Chino y Nacho mientras volteaba la arepa en el budare improvisado que había logrado comprar en un mercado de pulgas.
—¡Eso es, mi reina! Doradita como a mí me gusta —dijo, dándole una palmadita a la masa caliente. Se preparó un café fuerte y con poca azúcar, y se sentó a desayunar. Antes de dar el primer bocado a su reina pepiada, tomó su celular. Eran las seis de la mañana en Londres, lo que significaba que en Venezuela aún era de madrugada, pero sabía que su mamá siempre estaba despierta. —¡Hola, mami! —dijo Karen en cuanto aceptó la videollamada. Su rostro se iluminó con una sonrisa viva y audaz. —¡Mi muchachita! ¿Cómo estás? ¿Te estás alimentando bien? —la voz de su madre sonaba cansada, pero llena de amor.—Mejor que nunca, mamá. Mira, ¡hice arepas! No quedan igualitas a las tuyas, están un poco torcidas, pero resuelven. ¿Cómo sigue mi papi? ¿Se tomó los medicamentos que le mandé?
—Ahí va, con su tos, pero gracias al dinero que mandaste el mes pasado pudimos comprarle el jarabe que no le gusta —respondió su madre.
A Karen se le hizo un nudo en la garganta. Extrañaba los abrazos, el bullicio de su calle y hasta el calor sofocante del Parque Morrocoy. Pero se tragó las ganas de llorar; ella era el pilar de esa casa a miles de kilómetros de distancia.
—Dile que se porte bien o voy para allá y lo pongo en cintura —bromeó Karen, soltando una carcajada—. Los amo mucho. Tengo que irme al trabajo, ¡chao!
Al colgar, Karen suspiró y le dio un mordisco a su arepa. De repente, una punzada aguda en el vientre bajo la hizo encogerse.
—¡Ay, caramba! —se quejó, soltando el aire de golpe—. ¿Y este dolorcito ahora? Seguro es el café que me cayó pesado.
Se sobó un poco la zona, pero el malestar persistía. En ese momento, la puerta del loft se abrió y entró Ava, su vecina y única amiga de confianza, quien siempre pasaba por ella para ir a la cafetería.
—¿Lista para otro día de servir capuchinos a gente amargada? —preguntó Ava, notando que Karen tenía una mano en la barriga—. ¿Qué te pasa? Tienes cara de que te comiste un limón.
—Nada, chama, no exageres mucho con eso, es solo un malestar.
—Karen, llevas días quejándote de lo mismo. Deberías revisarte —le advirtió Ava.
—¡Qué va! No tengo tiempo para enfermarme, Ava. El que se enferma no factura; además, como dice Shakira, las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan —dijo Karen soltando una risita traviesa mientras se ponía su abrigo—. Seguro es una tontería. Como dice mi abuela, con una pastilla o un guarapito de malojillo con toronjil se me quita. ¡Vámonos, que se nos hace tarde y el jefe nos va a poner a limpiar el piso con un cepillo de dientes!
Ella solo queria cumplir su metas, su sueños, poder salvar a sus padres, para ella su vida se resumen en trabajar, al pricipio para ella estas calles de london siendo frias, no era comparado a su pais, verse obligada a prender el idiomas y adaptarse a sus costumbres no fue facil, sin embargo conocio a ava su amiga y compañera
Karen salió del loft. Iba bromeando con Ava sobre los clientes guapos que verían ese día, ignorando por completo que esa "tontería" en su vientre cambiaría su vida. Ella solo quería llegar a su turno, contar unos chistes y seguir ahorrando para su familia. No sabía que el destino ya le había preparado una jugada que ninguna arepa podría curar.
La penumbra de la mansión Mason en Kensington parecía absorber cada sonido, convirtiendo los elegantes pasillos de mármol en un laberinto de silencio y distancia. Eran casi las diez de la noche cuando la pesada puerta de entrada se abrió de forma sutil, dejando entrar una ráfaga de aire fresco y húmedo del otoño londinense.Karen entró despacio, intentando no hacer ruido con la cerradura. Llevaba el abrigo de lana café cruzado sobre el pecho, la bufanda desenrollada hasta los hombros y el cabello recogido en una coleta baja de la que se escapaban varios mechones rebeldes sobre su rostro. Traía en la mano derecha un bolso de tela gastado y en la izquierda una pequeña bolsa con dos emparedados fríos que había comprado en la estación del metro.Su jornada había comenzado a las seis de la mañana. Había cumplido un turno de ocho horas en el bistró La Piccola Fontana limpiando mesas y sirviendo pedidos, para luego trasladarse en el transporte público hasta un centro comunitario en el este d
El silencio en la suite principal de la mansión Mason era absoluto, helado y pesado. La tarde londinense moría lentamente tras los ventanales de guillotina, tiñendo el cielo de un gris plomizo que parecía reflejar con precisión matemática el estado de ánimo en la residencia.River permanecía de pie junto a su escritorio, vestido con una camisa blanca sin corbata y las mangas arremangadas hasta los antebrazos. Sus ojos grises, enmarcados por ojeras profundas tras días sin dormir, no se despegaban de las carpetas que reposaban sobre la madera de caoba. Eran los mismos documentos de custodia internacional y fideicomiso que una semana atrás habían sido el detonante de la gran tormenta; los mismos que él mismo había rasgado en un arranque de pánico y que sus abogados habían vuelto a imprimir por orden suya para ser destruidos definitivamente.La puerta del despacho se abrió sin anunciar.Karen entró a la estancia. No había lágrimas en sus ojos ni temblor en sus pasos. Vestía un abrigo senc
La suite de invitados de la mansión Mason se había convertido en el fortaleza inexpugnable de Karen. En las dos semanas posteriores a la gran pelea, el silencio en la casa se podía cortar con un cuchillo. River intentó por todos los medios imaginables buscar una rendición, una grieta en la muralla que Karen había levantado alrededor de su vida. Le envió flores, joyas, canceló sus compromisos en la City y pasó horas sentado en la sala de estar esperando una oportunidad para hablarle. Pero Karen no cedió un solo milímetro. Lo trataba con una cortesía fría, impecable y distante, limitada exclusivamente a las necesidades de los mellizos.Sin embargo, para Karen, la ruptura no se trataba solo de dormir en habitaciones separadas. El dolor de haber sido vista como una amenaza legal encendió en su interior una chispa de orgullo que llevaba meses dormida. La comodidad de la mansión, los choferes, las prendas de diseñador y la vida de lujos repentinamente le pesaban en los hombros como si fuera
El calor del final del verano en Londres solía ser suave, pero dentro de la suite principal de la mansión Mason, la atmósfera era sofocante, densa y cargada de una tensión eléctrica que amenazaba con hacer estallar los cristales.Faltaban escasas dos semanas para el vuelo charter que llevaría a la familia Mason, junto con la comitiva de seguridad, la niñera y el equipo médico, hacia la costa de Falcón, en Venezuela. Lo que debía ser una etapa de ilusión, maletas abiertas y coordinación festiva para la boda eclesiástica y el bautizo de los mellizos, se convirtió de pronto en el escenario de la grieta más profunda que River y Karen habían enfrentado desde que unieron sus vidas.Todo se desencadenó por un documento. Un simple pliego de papel con membrete oficial del buffet de abogados de la familia Mason que Karen encontró por accidente sobre el escritorio de la biblioteca.No era un contrato viejo. Tenía la fecha de la semana anterior y la firma estampada en tinta negra de River Alexand
El verano londinense agonizaba entre tardes de brisa suave y tonos dorados, pero dentro del despacho privado de la residencia Mason, la temperatura rozaba el punto de ebullición.Habían pasado dos meses desde el traumático incidente del astillero. La tranquilidad había regresado a la mansión, y la rutina de los mellizos —Sofía Victoria y River Jr.— transcurría entre risas, cuidados y preparativos para el ansiado viaje a Venezuela, donde la pareja planeaba celebrar su boda eclesiástica y el bautizo de los pequeños en las playas de Falcón. Sin embargo, lo que parecía ser una etapa de paz absoluta para la familia Mason estaba a punto de verse sacudida no por una amenaza externa o una sombra del pasado legal, sino por la imperfección más pura de la naturaleza humana: los celos.Todo comenzó con la llegada de Mateo Silva.Mateo no era un desconocido para Karen. Se trataba de un cirujano plástico y reconstructivo venezolano, originario de Punto Fijo, a quien Karen conocía desde sus años uni
Seis meses después del nacimiento de los mellizos, la vida en la mansión Mason parecía haber encontrado un ritmo sereno. El invierno londinense había dado paso a un verano cálido y luminoso. Las risas de Karen, mezcladas con el balbuceo constante de River Jr. y Sofía, habían transformado la imponente residencia de piedra en un verdadero hogar. Sin embargo, en el mundo de los grandes negocios y el poder dinástico, la felicidad ajena suele ser una afrenta para quienes lo han perdido todo.Victoria Sterling jamás aceptó la humillación pública que sufrió tras la rueda de prensa de River. Su familia, salpicada por el escándalo y en bancarrota tras la cancelación de varios contratos clave con el grupo Mason, había caído en el descrédito social. En la mente resentida de Victoria, la culpable de su ruina no era su propia codicia, sino "la extranjera" que le había robado el lugar que creía suyo por derecho de nacimiento.Era un martes por la tarde. River se encontraba retenido en una reunión d







