MasukEl espejo de mi habitación refleja una imagen que apenas reconozco. De pie en mi apartamento, llevo un vestido diseñado más para exhibirme que para vestirme. La tela se adhiere a mi piel, el encaje revela más de lo que oculta y el material traslúcido me deja expuesta.
Cuando la maquillista comienza su trabajo, cierro los ojos, incapaz de enfrentar mi reflejo. No quiero ver cómo transforman mi rostro, cómo lo esconden bajo capas de productos que se sienten pesados en mi piel. La brocha sobre mis párpados y el labial en un tono mucho más atrevido de lo que jamás habría elegido me hacen sentir como una extraña para mí misma. Nunca me ha gustado el maquillaje recargado; prefiero lo natural. Pero aquí, mis preferencias no importan. No tengo voz en este proceso en el que me preparan como a un objeto precioso destinado a exhibirse.
La maquillista trabaja con precisión, sus movimientos revelan años de experiencia. En el silencio, su voz suena suave.
—Tienes una piel hermosa, Natalia. No necesitas mucho maquillaje, solo pequeños toques para resaltar tu belleza natural.
Abro los ojos un instante y le dedico una débil sonrisa, más por cortesía que por otra cosa.
—Gracias, es muy amable de tu parte —respondo con calma.
—Me imagino no estás acostumbrada a algo tan elaborado, pero te prometo que estoy siendo muy cuidadosa —añade, con voz cálida y sincera.
Asiento en silencio. No se trata de la técnica ni del resultado, es que todo se siente tan ajeno. Me dejo llevar, permitiendo que termine su trabajo sin objeciones.
Cuando finalmente me entrega un pequeño espejo, la imagen me deja sin palabras. El maquillaje es impecable, pero no me reconozco. La mujer que me devuelve la mirada es otra: sofisticada, perfectamente arreglada, sin rastro de la Natalia que solía ser. Lucho contra las ganas de llorar para mantener la compostura.
La maquillista nota mi tristeza. En lugar de ignorarla, se detiene antes de hablar con calidez.
—Te ves preciosa, Natalia. Tu vestido es deslumbrante, tus joyas exquisitas, y me aseguré de que todo quedara perfecto para ti. No solo por mi trabajo, sino porque quería que te sintieras bien.
Aprecio su cortesía y empatía. Es evidente que lo dice en serio, y aunque sus palabras no borran mi incomodidad, tampoco puedo ignorar su esfuerzo.
—De verdad valoro tu trabajo —digo en voz baja—. Eres muy talentosa, realmente lo eres.
—Gracias —responde con una sonrisa suave—. Solo espero que, aunque sea un poco, te sientas bien con ello.
En ese momento, la puerta se abre y entra la supervisora del programa. Se la ve nerviosa, y su saludo es torpe, como si no supiera cómo dirigirse a mí. Su expresión pálida llama mi atención.
—¿Está todo bien? —pregunto suavemente.
—Sí —responde rápido, pero su tono no es convincente.
La maquillista se despide con cortesía y, antes de salir, me desea felicidad en mi ceremonia de enlace. No sé qué contestar, así que solo asiento mientras la veo desaparecer tras la puerta.
La supervisora me conduce a un vehículo autónomo. Intento preguntarle sobre mi futuro clan, pero sus respuestas son vagas. Algo no encaja. ¿Por qué no puede darme información concreta? ¿Por qué parece tan incómoda?
Al llegar a la ceremonia, apenas tengo oportunidad de insistir antes de que me guíe a una pequeña sala con un espejo.
—Mira, Natalia, ha habido un pequeño cambio de planes —dice al fin, con voz más firme.
—¿Qué tipo de cambio? —pregunto con cautela.
Antes de que pueda responder, la puerta se abre y entra una joven con uniforme formal, parecido al de una representante legal.
—Este es el vestido que llevarás —anuncia la supervisora—. Ten cuidado mientras retiramos el que traes puesto. Además, entrégale las joyas a Ekaterina; ella será la encargada de mantenerlas seguras. No te preocupes, hay otras para que uses esta noche.
Estoy confundida. No entiendo qué está pasando, pero dejo que la supervisora y Ekaterina me ayuden a cambiarme. El nuevo vestido es diferente: de manga larga, elegante, con una silueta fluida. Refinado y sobrio, sin la extravagancia del primero.
—Sé que no es como el otro, pero es elegante. Es de una boutique famosa en la ciudad y, aunque es más sencillo, te aseguro que la tela es mucho más costosa —comenta la supervisora.
Pero no pienso en eso. Para mí, este es el vestido más hermoso del mundo.
—Sabía que había sido un error —digo conmovida—. Sabía que mis futuros compañeros nunca habrían elegido algo tan vulgar y llamativo. Este es perfecto.
Mi honestidad parece tranquilizar a la supervisora.
—Bueno, me alegra que te haya gustado el cambio —responde, satisfecha.
Ekaterina me observa con calma.
—Así es. A veces los cambios de último minuto son para mejor. ¿Qué tal si te ayudamos con el resto del look y el maquillaje? No soy experta, pero podemos probar algo diferente. Tu futuro clan mencionó que prefería algo más natural.
Mi alegría crece.
—Sí, sí, eso sería maravilloso. Me encantaría. ¿Podría llevar el cabello suelto? —pregunto esperanzada.
Las dos mujeres se miran y asienten al unísono.
—Por supuesto —responden—. De hecho, a tus futuros compañeros les encantará verte con el cabello suelto. Y si solo dejamos el labial, creo que lo adorarán. Tienes una belleza natural extraordinaria.
Eso me llenó de felicidad. Cuando por fin estuve lista, me sentí contenta. Sabía que había habido un error; mis futuros esposos no podían ser tan superficiales. Pero entonces, la supervisora se marchó con el primer vestido y las joyas sin despedirse, y Ekaterina, la mujer a la que acababa de conocer, se quedó y me pidió que tomara asiento un momento. Algo no estaba bien.
El amanecer apenas comenzaba a filtrarse entre los edificios cuando las puertas del elevador se abrieron y entré al penthouse acompañado por Alexei y Roman. Habíamos pasado la noche siguiendo cualquier indicio relacionado con Natalia y regresábamos únicamente porque Leon había activado una señal de emergencia que ninguno utilizaba salvo cuando la situación se había salido completamente de control.Lo primero que vi fue sangre.Después encontré a Leon apoyado contra un mueble, todavía afectado por algo que le impedía moverse con normalidad, mientras Sergei permanecía tendido en el suelo con la camisa empapada y una herida que, aunque parecía haber dejado de sangrar, bastó para desatar algo dentro de mí.—¿Quién hizo esto?Leon levantó la mirada hacia nosotros.—Vadim Baranov y los hombres de su clan.No recuerdo haber decidido moverme, pero Alexei me sujetó del brazo antes de que alcanzara la puerta.—Pavel.—Suéltame.—Primero averiguamos qué pasó.Roman ya estaba junto a Sergei y la
Karl respondió esta vez.—Por mi trabajo en el laboratorio de bioingeniería empecé a notar movimientos extraños. Al principio no entendía qué estaba pasando, pero después descubrí que el servicio secreto de Neomuscu llevaba meses siguiendo a mujeres que, según ellos, podían tener habilidades especiales.Karl hizo una pausa y respiró hondo antes de continuar.—No sé de dónde sacaron esa información ni por qué están tan convencidos de que esas mujeres existen, pero terminaron llegando hasta ustedes tres. Cuando vi sus nombres en el sistema, seguí investigando y descubrí algo más: también fueron ellos quienes ordenaron incendiar el lugar donde vivía el clan que compró tu Contrato de Primacía.Sentí que algo se comprimía dentro de mi pecho.—No entiendo. Neomuscu está al otro lado del mundo, ¿cómo pudieron llegar hasta nosotras?Hector negó con la cabeza y me interrumpió.—Ahora mismo no importa cómo, sino que saben lo que tú y tus hermanas pueden hacer.—¿Y cómo lo descubrieron ustedes?
Desperté con la certeza de que algo estaba mal incluso antes de abrir los ojos, así que me incorporé demasiado rápido y, sin darme cuenta, una de mis manos terminó apoyándose sobre mi vientre mientras intentaba reconocer la habitación. Todo estaba oscuro.—¿Pavel?No hubo respuesta, así que bajé de la cama y fui hacia la puerta.—¿Alexei? ¿Roman?Giré la manija, pero estaba bloqueada.—¡Leon! ¡Sergei!Golpeé con fuerza hasta que escuché movimiento al otro lado y fue entonces cuando Robert entró y encendió la luz. Durante unos segundos solo pude mirarlo, intentando comprender por qué mi padre estaba allí mientras ninguno de mis esposos respondía. Fue entonces cuando los recuerdos del Baile comenzaron a regresar de manera fragmentada.—¿Por qué me trajeron hasta aquí? —pregunté finalmente.—Natalia, primero tienes que escucharme.—Quiero regresar a mi casa con mis esposos.Intentó acercarse, pero levanté una mano mientras la otra permanecía, casi por instinto, cerca de mi vientre.—No m
Y aunque intenté incorporarme apoyando una mano en el piso, no lo conseguí, lo que provocó que Evan se acercara. Ahora estaban frente a mí y, por la forma en que me observaba, supe que me había reconocido como la mujer que tanto él como sus compañeros de clan habían mirado con tanta intensidad en la terminal.—¿Qué estabas haciendo? —preguntó, inclinándose apenas.—Lo necesario para que no se muriera.Evan alzó las cejas y pareció dispuesto a preguntar de nuevo, pero antes intercambió una mirada rápida con Mark mientras Vadim también me observaba con una intensidad que me incomodó más de lo que quería admitir.—Atrás, Evan; hasta que sepamos qué puede hacer, nisiquiera la toques.Mientras Vadim decia aquello por su parte Mark ya estaba junto a Sergei, revisándolo con una atención que me permitió respirar un poco mejor cuando confirmó que el sangrado había disminuido, aunque después dejó de mirar a Sergei y fijó nuevamente su atención en mí, como si lo verdaderamente importante hubiera
Cuando los sentí llegar, tuve menos de cinco minutos para decidir dónde esconderme. No era mucho, pero era suficiente si no cometía un error. Me metí en uno de los ductos de ventilación, maldiciendo mi mala suerte y agradeciendo al mismo tiempo ser lo bastante pequeña para entrar sin atorarme. No era la primera vez que debía desaparecer rápido, aunque siempre odiaba esa sensación de encierro metálico.Los tres hombres que entraron eran los mismos que había visto en la terminal del aeropuerto. Por un segundo pensé que venían por mí. Una ridiculez. Lo descubrí en cuanto sus miradas se clavaron en la mujer drogada y amordazada sobre la cama. No venían por mí. Venían por ella.—¿Pueden creer esto? —murmuró uno, con un tono que me puso la piel tensa—. Pavel perdió la cordura. ¿Por qué demonios se robó a nuestra mujer? Se supone que él y su clan se vincularon recientemente.—Sí… —respondió el segundo, visiblemente irritado—. Tiene que estar mal de la cabeza. ¿O es que ya no le basta con su m
Pavel insistió en que transfiriéramos a Isabella y la mujer del burdel a otra ubicación mientras ellos seguían investigando en el lugar del baile. No había nada normal en la desaparición de Natalia. Podía inventar cualquier excusa, repetir teorías cómodas, pero ninguna encajaba. No cuando había desaparecido en medio de una fiesta controlada, rodeada de seguridad y diseñada para que nada se saliera del guion. Y menos cuando ella no fue la única.—Cinco mujeres, Leon —dijo Sergei desde el asiento del vehículo autónomo, mientras nos acercábamos al penthouse—. Cinco. ¿Desde cuándo eso ocurre sin que nadie note nada?—Desde nunca —respondí—. Por eso no me trago lo del “Se escaparon juntas”.Él no necesitaba más explicación. Los dos sabíamos leer patrones. Crecimos entre inquisidores, viendo cómo se disfrazan las operaciones encubiertas, cómo se fabrican distracciones y cómo se borran huellas. Nada de esto tenía la firma del azar.—Pavel tiene razón —continuó Sergei—. “Quien sea que se llevó







