MasukElla lo amó desde niña. Él la humilló sin piedad. Ahora están apunto de casarse. Y él la odia... o eso cree. Maximiliano Cassano, el temido Don de la mafia, tuvo que renunciar a la mujer que amaba para casarse con Elisa Rossi, la hija del hombre más peligroso de la ciudad. Un matrimonio sin amor. Un pacto de sangre. Una condena de por vida. Elisa aprendió a callar sus sentimientos. Pero vive atrapada en un infierno disfrazado de lujo, con un esposo que la desprecia y una suegra que la vigila. Pero cuando un viejo amor regresa, los celos se desatan, las mentiras explotan y una traición imperdonable lo cambia todo... Guerras entre familias. Sangre en las calles. Pasión que quema más que el odio. Porque al final, todo se resume en amor y odio... pero en esta historia, el odio tiene el control. ¿Puede el amor sobrevivir cuando nace en el corazón de la mafia? -------- está en proceso de un nuevo desarrollo con una nueva trama que se pueda adaptar a lo que busco transmitir
Lihat lebih banyakAviso importante: Esta historia renació de sus cenizas. Las primeras versiones no funcionaron (ni para mí ni para mi bloqueo de escritura), así que decidí reescribirla casi por completo. Mantengo el matrimonio forzado, pero ahora con un ambiente de mafia que le da otro sabor. (hasta el momento solo está escrita hasta el 5 ya que sigo editando.)
Espero que disfruten esta versión. [POV' Elisa] Han pasado tres años, siete meses y diecinueve días desde que me convertí en Elisa Cassano. No es que lleve la cuenta obsesivamente. Es solo que cada mañana, cuando abro los ojos y veo el techo de esta habitación que comparto con un hombre que no me ama, lo primero que pienso es: otro día más. Otro día más de ser la esposa de papel. Otro día más de sonreír en la mesa mientras él ni siquiera me mira. Pero bueno, empecemos por el principio. O mejor dicho, empecemos por esta mañana, porque si algo he aprendido en estos casi cuatro años es que cada día en la casa de los Cassano es una historia distinta. Y hoy no iba a ser la excepción. La voz de Carolina se escuchaba desde el segundo piso. Literalmente. Mi cuñada tiene un don para hacer que su presencia se sienta en cada rincón de la casa. No sé cómo lo hace, pero es como si su energía fuera demasiado grande para su cuerpo y necesitara escapar por cada poro de su piel. —¡Y entonces le dije que si no me llevaba a ese restaurante, iba a decirle a Maximiliano que él fue quien rayó el auto el año pasado! —Carolina soltó una carcajada que hizo vibrar las paredes del comedor. Yo bajé las escaleras justo en ese momento, ajustándome el cinturón de mi blusa. La señora Diana, mi suegra, estaba sentada en la cabecera de la mesa, riéndose con esa elegancia que solo ella posee. Es una mujer imponente, de esas que no necesitan gritar para hacerse respetar. Su cabello oscuro, ya con algunas canas que no se molesta en ocultar, está siempre peinado en un moño perfecto. Sus ojos, del mismo gris acero que los de Maximiliano, brillan con diversión mientras mira a su hija. —Carolina, por Dios, no digas esas cosas —le reprocha, pero sin dejar de sonreír. —¡Es verdad, mamá! Gabriel casi se muere del susto cuando Maximiliano lo miró con esa cara de "te voy a matar" —Carolina hace una imitación exagerada de su hermano, frunciendo el ceño y apretando los labios. La mesa estalla en risas. Bueno, casi todos. El señor Santiago, mi suegro, está en su silla de ruedas en el extremo de la mesa. Desde el accidente, hace ya casi cuatro años, no puede estar mucho tiempo de pie. Pero eso no le ha quitado la presencia. Sigue siendo el patriarca, el hombre que todos respetan, aunque ya no sea él quien tome las decisiones. Sus ojos azules, un poco apagados por la edad, recorren la mesa con una calma que a veces me pone nerviosa. Como si supiera algo que los demás no. —El muchacho tenía razón en asustarse —dice Santiago con voz ronca—. Maximiliano no bromea con esas cosas. Víctor, el segundo de los hermanos, resopla desde su asiento. Tiene 29 años y una ambición que se le nota en cada gesto. Es guapo, no lo voy a negar, pero hay algo en él que siempre me ha parecido... intenso. Como si estuviera midiendo cada palabra, cada gesto, cada movimiento. Aun así, nunca me ha tratado mal. Al contrario. Víctor siempre me saluda con un beso en la mejilla, siempre me pregunta si necesito algo, siempre me defiende cuando alguien —léase: Maximiliano— hace algún comentario fuera de lugar. —Mi hermano no bromea con nada —dice Víctor, cortando su pan con precisión quirúrgica—. Por eso es el Don. Rafael, el tercero, que está sentado a mi lado, me da un codazo suave. —No le hagas caso —me susurra—. Víctor siempre está amargado porque Maximiliano no le deja decidir ni el color de las servilletas. Rafael tiene 26 años, pero a veces parece un adolescente. Es el más dulce de los Cassano, el que siempre me hace sentir bienvenida, el que me pregunta cómo estoy de verdad, no como un protocolo. Tiene los mismos ojos grises de su hermano, pero hay en ellos una calidez que Maximiliano perdió hace mucho tiempo. O que tal vez nunca tuvo. Yo le sonrío, agradecida, y vuelvo a centrarme en mi desayuno. Un té con leche y una tostada. No tengo hambre. Nunca tengo hambre en esta casa. —Elisa, cariño, ¿no vas a comer más? —La voz de la señora Diana me saca de mis pensamientos. Levanto la vista y me encuentro con su mirada. Es una mujer que me ha tratado bien desde el primer día. No puedo negarlo. Cuando llegué a esta casa, recién casada, asustada, sin saber qué esperar, ella fue la única que me recibió con una sonrisa genuina. La única que me dijo: "Bienvenida a la familia, hija." Y no lo dijo por cumplido. Lo dijo de verdad. Lo sentí en la forma en que me abrazó, en la forma en que me tomó de las manos y me miró a los ojos. —Estoy bien, señora Diana. Gracias —respondo, con una sonrisa que he perfeccionado con los años. —Te he dicho mil veces que me digas Diana —me reprocha, pero sin maldad—. O mamá. Lo que prefieras. Pero no me hagas sentir vieja con tanto "señora". —Lo siento. Costumbre. —Una costumbre que deberías perder —dice, y me guiña un ojo. Carolina, que está sentada al otro lado de la mesa, me lanza un beso. —Mi cuñada favorita —dice, y yo no puedo evitar sonrojarme un poco. —Soy tu única cuñada —le recuerdo. —¡Detalle irrelevante! —Carolina agita la mano en el aire—. Eres mi favorita. Punto. Y si algún día Maximiliano se divorcia de ti, me quedo contigo en el divorcio. Te lo juro. —Carolina —la regaña su madre, pero se está riendo. —¿Qué? Es verdad. Elisa es lo mejor que le ha pasado a esta familia. Aunque mi hermano sea un idiota que no lo ve. —Carolina —dice ahora Santiago, con una voz que aunque ronca, sigue teniendo autoridad—. Ya basta. Carolina pone los ojos en blanco, pero no dice nada más. Sabe cuándo parar. Todos lo sabemos. Es gracioso. De toda la familia Cassano, Carolina es la que más me ha costado entender. No porque sea complicada, sino porque es demasiado... todo. Demasiado ruidosa, demasiado alegre, demasiado sincera. En un mundo donde todos esconden algo, Carolina es un libro abierto. Y eso, en esta familia, es casi un milagro. —Deja que la muchacha coma en paz —dice ahora Omar, el menor de los hermanos. Omar tiene 23 años, acaba de terminar la universidad. Es el más callado de todos, pero también el más observador. Se parece a Rafael en la dulzura, pero hay algo en él que me recuerda a Maximiliano. No sé qué es. Tal vez la forma en que mira, como si estuviera analizando todo. O tal vez la forma en que se queda callado cuando todos hablan, como si estuviera guardando cada palabra para después. —Gracias, Omar —le digo, y él me sonríe. —No hay de qué, cuñada. Omar siempre me llama "cuñada". Nunca por mi nombre. Al principio pensé que era porque no le caía bien. Pero luego me di cuenta de que es su forma de demostrar cariño. Es un poco torpe con las palabras, pero se esfuerza. Y eso es más de lo que puedo decir de su hermano mayor. —Omar tiene razón —dice Víctor, mirándome—. Come algo, Elisa. Te vas a enfermar si sigues así. —Estoy bien, de verdad —insisto. —No lo estás —dice Rafael, en voz baja—. Pero no te vamos a obligar. Rafael es el único que sabe. Bueno, él y Carolina. Son los únicos que se han dado cuenta de que no como. De que no duermo. De que estoy perdiendo peso. Pero nunca me presionan. Solo están ahí. Como ahora. Y luego está él. Maximiliano Cassano. Mi esposo. El hombre que amo desde que tengo uso de razón. El hombre que me odia. Está sentado al otro lado de la mesa, en la cabecera opuesta a la de su padre. Como siempre, está en silencio. Su rostro es una máscara de indiferencia. Sus ojos grises, esos ojos que podrían ser hermosos si no estuvieran siempre tan fríos, están fijos en un punto frente a él. No me mira. No me habla. Ni siquiera sé si es consciente de que estoy en la misma habitación. Tiene 31 años, pero parece mayor. No por las arrugas —apenas tiene algunas—, sino por el peso que carga. El peso de ser el Don. El peso de liderar la Cosa Nostra. El peso de tener que casarse conmigo. Lleva un traje oscuro, como siempre. Camisa blanca, sin corbata. El cabello negro, un poco más largo de lo que dicta la moda, le cae sobre la frente. Tiene una cicatriz en la ceja izquierda, un recuerdo de algún enfrentamiento que nunca me ha contado. Y sus manos... sus manos son grandes, fuertes, con los nudillos marcados. Manos que han matado. Manos que nunca me han tocado con cariño. Bueno, eso no es del todo cierto. Hubo una vez. Una sola vez. Pero prefiero no pensar en eso. —¿Y tú, Maximiliano? ¿Qué planes tienes para hoy? —pregunta la señora Diana, intentando incluirlo en la conversación. Él levanta la vista, apenas. —Trabajo —responde, y su voz es profunda, ronca, como si le costara hablar. —Siempre trabajas —dice Carolina, poniendo los ojos en blanco—. Deberías salir más. Divertirte. Vivir. —No tengo tiempo para tonterías. —No es una tontería, es tu vida. —Carolina. —La voz de la señora Diana es firme. Una advertencia. Carolina resopla, pero no insiste. Sabe cuándo parar. Todos lo sabemos. El desayuno continúa. Carolina habla de una fiesta a la que quiere ir. Víctor discute con Rafael sobre no sé qué negocio. Omar interviene de vez en cuando, con algún comentario que hace reír a todos. La señora Diana intenta mediar. El señor Santiago observa, en silencio, con esa mirada suya que parece verlo todo. Y Maximiliano sigue callado. Siempre callado. Yo lo miro de reojo. No puedo evitarlo. Es como un imán. Mis ojos siempre terminan encontrándolo, sin importar cuánto me esfuerce en mirar hacia otro lado. Y cada vez que lo hago, siento lo mismo. Un dolor en el pecho. Un nudo en la garganta. Una mezcla de amor y odio que me consume por dentro. Porque sí, lo odio. Lo odio por cómo me trata. Lo odio por ignorarme. Lo odio por hacerme sentir invisible en mi propia casa. Lo odio por amarla a ella. A Emily Romano. La mujer que nunca he conocido, pero que está presente en cada rincón de esta casa. En cada silencio. En cada mirada vacía de mi esposo. Pero también lo amo. Lo amo desde que era una niña. Lo amo desde la primera vez que lo vi, en una de esas reuniones de familias mafiosas que mi padre organizaba. Tenía yo unos trece años, él unos veintiuno. Y fue como si el mundo se detuviera. Como si todo lo demás dejara de existir. Solo él. Solo sus ojos grises. Solo esa sonrisa que, en ese entonces, aún era capaz de sonreír. Me enamoré como se enamoran las tontas. Sin medida. Sin condiciones. Sin darme cuenta de que él nunca me vería de la misma manera. Y ahora aquí estoy. Casada con él. Compartiendo su cama —bueno, compartiendo su habitación, porque dormimos en camas separadas—. Siendo su esposa en papel. —Elisa. La voz de Carolina me saca de mis pensamientos. —¿Sí? —¿Vas a venir conmigo hoy? Te dije que quería ir a ese centro comercial nuevo. El que abrieron en el centro. Parpadeo, procesando. —Ah, sí. Claro. —¡Genial! —Carolina aplaude, emocionada—. Vamos después del almuerzo. Te paso a buscar por tu habitación. —Está bien. —Y luego podemos ir a comer a ese restaurante que te gusta. El de pasta. ¿Te acuerdas? —Sí, me acuerdo. —¡Perfecto! Va a ser un día increíble. Ya verás. Terminamos de desayunar. O más bien, ellos terminan. Yo apenas toqué mi tostada. Pero nadie parece notarlo. O nadie quiere notarlo. Me levanto de la mesa, tomando mi taza de té vacía. Voy a llevarla a la cocina, pero antes me detengo. Miro a Maximiliano. Él está de pie, ajustándose los puños de la camisa. A punto de irse. A punto de desaparecer, como cada día, sin decirme una palabra. Y no sé por qué, pero hoy me siento valiente. O tal vez estúpida. O tal vez las dos cosas. —Maximiliano. Él se detiene. Levanta la vista. Me mira. Por un segundo, solo un segundo, sus ojos se encuentran con los míos. Y siento un escalofrío. Porque en esos ojos no hay nada. Ni amor. Ni odio. Ni siquiera desprecio. Solo indiferencia. Como si yo fuera un mueble más de la casa. —Hoy saldré con tu hermana —digo, y mi voz suena más firme de lo que me siento. Él no responde de inmediato. Solo me mira, con esa expresión impenetrable. Luego, habla. —Haz lo que quieras. —Su voz es profunda, cortante—. Pero no causes problemas. Suficiente tengo con que seas mi esposa. Y se va. Así, sin más. Sin despedirse. Sin mirar atrás. Yo me quedo ahí, de pie, con la taza de té en la mano. Sintiendo cómo esas palabras se clavan en mi pecho como cuchillos. "Suficiente tengo con que seas mi esposa." Como si yo fuera una carga. Un problema. Algo de lo que quiere deshacerse. Una sonrisa amarga se dibuja en mis labios. Tres años, siete meses y diecinueve días. Y aún duele. Cada palabra. Cada mirada. Cada silencio. Duele como el primer día. —Elisa. Giro la cabeza. Rafael está a mi lado, con una expresión de disculpa en el rostro. —No le hagas caso —dice, en voz baja—. Sabes cómo es. —Sí —respondo, y mi voz suena hueca—. Lo sé. —No es personal. —Lo sé. —Elisa... —Estoy bien, Rafael. De verdad. Él no me cree. Lo veo en sus ojos. Pero no insiste. Solo me da una palmada suave en el hombro y se aleja. Antes de que pueda moverme, siento una mano en mi brazo. Es Omar. —Cuñada —dice, y su voz es suave, casi tímida—. No dejes que te afecte. Mi hermano es... bueno, es un idiota. Pero no es tu culpa. Lo miro, sorprendida. Omar nunca habla tanto. Nunca. —Gracias, Omar —digo, y le sonrío de verdad. Una sonrisa pequeña, pero real. —Si necesitas algo, estoy aquí. ¿Vale? —Vale. Él asiente, satisfecho, y se aleja. Yo me quedo ahí un momento más, viendo cómo la familia se dispersa. Carolina sube las escaleras, hablando por teléfono. Víctor y Rafael discuten sobre algo en voz baja. La señora Diana ayuda al señor Santiago con su silla de ruedas. Omar desaparece por el pasillo. Y yo subo las escaleras. Despacio. Cada paso pesa más que el anterior. Cuando llego a la habitación —nuestra habitación—, me detengo frente a la puerta. Respiro hondo. Y entro. La habitación es grande. Elegante. Decorada con un gusto exquisito que, estoy segura, no fue elección de Maximiliano. Hay una cama king size en el centro, con sábanas de seda color crema. Dos mesitas de noche. Un armario enorme que ocupa una pared entera. Y una ventana que da al jardín, con cortinas pesadas que siempre están corridas. Pero lo que llama mi atención, como cada vez que entro aquí, es la foto. Está en la pared, frente a la cama. En un marco de plata. Es nuestra foto de boda. Yo estoy sonriendo. Una sonrisa genuina, llena de esperanza. Llena de amor. Llena de ilusiones que, en ese momento, creía que se harían realidad. Él no está sonriendo. Su expresión es seria, casi hosca. Como si estuviera en un funeral y no en su propia boda. Me acerco a la foto. La miro. Y por enésima vez, me pregunto qué pasó. Qué hice mal. Por qué él no puede amarme. "La mujer que solo amaría era Emily Romano." Esas palabras. Las dijo el día de nuestra boda. Cuando estábamos solos, en esta misma habitación. Yo tenía puesto mi vestido blanco. Estaba temblando de nervios y de emoción. Y él me miró con esos ojos fríos y me dijo: "No te hagas ilusiones, Elisa. Este matrimonio es un acuerdo. Nada más. Nunca te amaré. La mujer que amo es Emily Romano. Tú solo eres un estorbo en mi vida." Y luego se fue. Me dejó ahí, sola, en nuestra noche de bodas. Llorando en un vestido que nunca volvería a usar. Suspiro. Me alejo de la foto. Busco mi bolso en la mesita de noche. Lo encuentro, junto a un libro que he estado leyendo —o intentando leer— desde hace semanas. Lo tomo. Me cuelgo el bolso del hombro. Y salgo de la habitación. Carolina me está esperando al pie de las escaleras. Con una sonrisa que ilumina toda la entrada. —¿Lista? —pregunta. —Lista —respondo, y me obligo a sonreír. Porque eso es lo que hago. Sonreír. Fingir. Actuar como si todo estuviera bien. Como si mi esposo no me odiara. Como si mi vida no fuera un desastre. Carolina me toma del brazo y me arrastra hacia la puerta. Hablando, como siempre. De no sé qué. De una amiga. De una fiesta. De un vestido que vio en una revista.Meivi lo empujó con fuerza, sin medir demasiado el gesto, más por impulso que por intención real de hacerle daño. Damián retrocedió un paso, lo suficiente para soltarla, y terminó de ponerse de pie con una calma que contrastaba completamente con lo que acababa de pasar. La miró apenas un segundo, y esa sonrisa… esa maldita sonrisa ladeada que le salía cuando sabía exactamente el efecto que había provocado. Y eso fue lo que terminó de sacarla. —¡Vete! —soltó, tomando la primera almohada que encontró y lanzándosela sin pensarlo dos veces. Él la atrapó casi por reflejo, pero no hizo el intento de devolvérsela. Solo negó levemente con la cabeza, todavía con esa expresión que no ayudaba en nada a calmarla. —Tranquila —murmuró, como si nada—. No fue para tanto. —¡Sal de mi habitación, Damián! Esta vez no discutió. Giró sobre sus pasos y salió, cerrando la puerta detrás de él con un movimiento firme, pero sin golpearla. El silencio que quedó dentro fue inmediato. Meivi se qued
Meivi no se movió del lugar cuando la puerta se cerró tras su padre. El silencio volvió, pero esta vez no tenía nada de calmante. Era un silencio cargado, denso, como si cada rincón de la casa hubiera absorbido la tensión que él había dejado atrás. Comenzó a caminar por la sala sin rumbo fijo, pasando una mano por su cabello, intentando ordenar lo que sentía, aunque en realidad solo lograba darle más vueltas. Le irritaba. Le irritaba profundamente que su padre siguiera encontrando la manera de meterse en su vida sin decirlo de frente, sin imponerlo de forma directa… pero igual de efectivo. Cada palabra suya tenía doble intención. Cada advertencia venía disfrazada de preocupación. Y lo peor era que no podía ignorarlo del todo. —Qué fastidio… —murmuró para sí, deteniéndose un segundo antes de volver a caminar. Fue entonces cuando escuchó la puerta. No lo notó de inmediato. Estaba demasiado metida en su propia cabeza. Pero Damián ya estaba dentro, quitándose el abrigo con la misma
Damián se puso de pie, estirando ligeramente los hombros antes de volver al set. El trabajo continuó con la misma intensidad que al inicio, pero ahora con un enfoque distinto. Las poses eran más dinámicas, el juego de luces más marcado, el fotógrafo más exigente con los detalles. Damián respondía sin quejarse, ajustándose a cada indicación con naturalidad, como si ese entorno fuera uno de los pocos lugares donde todo tenía sentido sin necesidad de explicaciones. Las horas pasaron sin que se notara demasiado. Cuando finalmente dieron por terminada la sesión, el estudio empezó a vaciarse poco a poco. El equipo recogía, comentaba resultados, revisaba algunas tomas con satisfacción. Damián se pasó una mano por el cuello, sintiendo el cansancio acumulado ahora que el ritmo bajaba. —Nada mal para alguien que no quería venir —comentó Elena, acercándose con una leve sonrisa. —Nunca dije que no quería —respondió él—. Solo que tenía mejores planes. —Claro —replicó ella—. Seguro eran muy pro
Meivi cerró la puerta de su habitación con más cuidado del que realmente sentía. No estaba tranquila, ni mucho menos, pero tampoco quería darle el gusto de parecer alterada por lo que acababa de pasar. Caminó hasta la cama y se dejó caer sentada, soltando el aire con pesadez mientras se llevaba una mano al rostro. Dios… ¿por qué es tan irritante?, pensó, apretando los labios con frustración. Si alguien tenía derecho a estar molesta era ella, no él. Era absurdo que terminara sintiéndose atacada cuando, en su cabeza, la historia estaba clara desde hacía años. Y aun así… bastaban un par de palabras de Damián para desordenarle todo. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre las rodillas, mirando un punto fijo en el suelo como si así pudiera acomodar sus ideas. Tal vez ambos estaban siendo infantiles. Tal vez ese silencio que arrastraban desde el pasado no era más que una forma cómoda de evitar algo que ninguno quería enfrentar de verdad. Pero incluso si hablaran… ¿qué cambiaría












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