เข้าสู่ระบบ[POV' Maximiliano]
Salí de casa con una sola idea en la cabeza: alejarme. No soportaba estar ahí ni un minuto más. No soportaba su presencia. No soportaba el recordatorio constante de que estaba atado a una mujer que no elegí. Elisa. Llevo casi cuatro años casado con ella. Cuatro años compartiendo techo, apellido, mesa. Cuatro años durmiendo en habitaciones separadas, hablando lo justo y necesario, cumpliendo con las apariencias. Y en todo este tiempo, no me he tomado la molestia de conocerla. No sé qué le gusta. No sé qué odia. No sé qué sueña. No sé nada de ella. Y no porque no haya tenido oportunidades. Las he tenido. Muchas. Simplemente nunca me interesó. Es mi esposa. Eso es todo lo que necesita ser. Yo cumplo con mi parte del trato: le doy su lugar, la protejo, no le falta nada. Tiene techo, tiene comida, tiene ropa, tiene el apellido Cassano. Tiene todo lo que una mujer de su posición puede desear. Y a cambio, solo le pido una cosa: que no me moleste. Pero hay algo que sí respeto. Y es la institución del matrimonio. En nuestro mundo, en la Cosa Nostra, un hombre puede tener amantes. Puede tener mujeres. Puede tener todo lo que quiera. Pero un Don no falta el respeto a su esposa. No la humilla públicamente. No la pone en evidencia. Porque la esposa del Don es la madre de sus hijos, la dueña de su casa, la que sostiene el apellido cuando él no está. Y ese respeto, ese lugar, es sagrado. Es la única cosa que le debo a Elisa Rossi. Por eso no he visto a Emily en casi cuatro años. No porque no quiera. No porque no la extrañe. No porque no me duela cada día que pasa sin ella. Sino porque respeto a mi esposa. Aunque no la ame. Aunque no la desee. Aunque no signifique nada para mí. Es mi esposa. Y mientras lo sea, no le faltaré el respeto con infidelidades públicas. Lo que haga después, cuando este matrimonio termine —si algún día termina—, será otra cosa. Pero ahora, no. Emily lo entiende. O eso creo. Le expliqué las reglas una vez, antes de la boda. Le dije que no podía verla. Que tenía que respetar mi matrimonio, aunque no lo quisiera. Que ella estaría segura mientras yo estuviera casado con Elisa. Que quizás algún día las cosas cambien. Pero que por ahora, tenía que esperar. Y ella esperó. O eso creo. Porque Emily es dulce. Es paciente. Es comprensiva. Es todo lo que Elisa no es. Y por eso la amo. Por eso la elegí. Por eso daría cualquier cosa por estar con ella. Pero no puedo. No mientras esté casado. Y hoy, como cada día, tengo cosas más importantes que pensar. Como el puerto. Como los negocios. Como la familia. El auto avanza por la carretera que va de Florencia a Livorno. Es un trayecto de unos noventa kilómetros, pero con el tráfico de la mañana puede tomar más de dos horas. Yo aprovecho para revisar unos documentos que me pasó Gabriel esta mañana. Contratos. Números. Nombres. Todo lo que necesito saber antes de la reunión. —Don Cassano —dice uno de mis hombres, desde el asiento del copiloto—. ¿Quiere que le prepare algo? —No. Estoy bien. —¿Café? ¿Agua? —He dicho que no. El hombre se calla. Sabe que no me gusta repetir las cosas. Sabe que cuando hablo, espero que me escuchen. Sabe que si no me escuchan, hay consecuencias. Sigo revisando los documentos. Ricci. Salvatore Ricci. Sesenta y dos años. Jefe del sindicato portuario de Livorno desde hace veinte. Controla a más de tres mil trabajadores. Controla las grúas. Controla los almacenes. Controla el flujo de mercancía que entra y sale del puerto. Es un hombre importante. Un hombre que, hasta ahora, se había mantenido neutral. Pero que ahora quiere una alianza. Con nosotros. No me fío de él. Nunca me fío de nadie. Pero su oferta es buena. Demasiado buena. Y cuando algo es demasiado bueno, generalmente hay algo detrás. Algo que no ves. Algo que te puede matar. Pero eso lo descubriré hoy. Llegamos a Livorno pasadas las once de la mañana. El puerto es un hervidero de actividad. Barcos, grúas, camiones, trabajadores. Todo se mueve. Todo tiene un propósito. Todo está bajo control. O eso parece. El auto se detiene frente al Molo Mediceo, el muelle principal. Es una estructura antigua, de piedra, que se adentra en el mar. Fue construida por los Medici en el siglo XVII. Los Medici sabían de poder. Sabían que quien controla el puerto, controla la ciudad. Y los Cassano aprendieron bien de ellos. Bajo del auto. El sol me golpea la cara. El olor a salitre y a gasolina me llena los pulmones. Ajusto los puños de mi camisa. Me acomodo la chaqueta. Y comienzo a caminar. Detrás de mí, cuatro hombres. Mis subordinados. Los que responden a mis órdenes sin cuestionarlas. Los que matarían por mí. Los que morirían por mí. No son amigos. No son familia. Son herramientas. Y como toda herramienta, se usan y se guardan. O se desechan si dejan de ser útiles. En el muelle nos espera un hombre. Alto. Delgado. Traje gris. Cabello blanco. Ojos pequeños y astutos. Es Salvatore Ricci. A su lado, cuatro hombres. Grandes. Armados. Pero cuando me ven, se apartan. Saben quién soy. Saben lo que represento. —Don Cassano —dice Ricci, extendiendo la mano—. Es un honor. Le doy la mano. Un apretón firme. Breve. Sin calor. —Ricci. —Gracias por venir. Sé que está muy ocupado. —Siempre estoy ocupado. Pero cuando alguien me ofrece algo que me interesa, hago tiempo. Ricci asiente. Sabe cómo funciona esto. Sabe que no estoy aquí para hacer amigos. Sabe que estoy aquí para hacer negocios. —Pasemos —dice Ricci, señalando hacia una nave industrial cerca del muelle—. Ahí dentro estaremos más cómodos. Caminamos hasta la nave. Los guardaespaldas de Ricci nos esperan en la puerta. Entramos. Es un espacio amplio, con techos altos y ventanas sucias que dejan entrar una luz polvorienta. Hay mesas, sillas, algunos escritorios. Y en el centro, una mesa con dos sillas. Una para él. Una para mí. —Siéntese, Don Cassano. Me siento. Él se sienta frente a mí. Sus hombres se quedan de pie, detrás de él. Los míos, detrás de mí. —Bueno —dice Ricci, rompiendo el silencio—. Supongo que sabe por qué lo he llamado. —Supongo que quiere algo. —Quiero una alianza. —Una alianza. —Sí. Los Ricci hemos controlado el puerto de Livorno durante tres generaciones. Pero ahora... hay otros que quieren quitarnos lo que es nuestro. Los Moretti. Los Falcone. Incluso algunos de los Rossi. Al oír "Rossi", mi mandíbula se tensa. Pero no digo nada. Solo escucho. —No puedo enfrentarlos solo —continúa Ricci—. Necesito protección. Necesito el respaldo de una familia poderosa. Y ustedes, los Cassano, son la familia más poderosa de la Toscana. Quizás de toda Italia. —Y a cambio, ¿qué? —A cambio, les doy acceso total a los muelles. Todos los muelles. Sin restricciones. Sin impuestos. Sin preguntas. Todo lo que quieran mover, entra y sale por Livorno. Sin que nadie los moleste. Es una oferta tentadora. Demasiado tentadora. Lo miro a los ojos. Unos ojos pequeños, astutos, que no parpadean. Unos ojos que ocultan algo. —¿Y por qué debería confiar en usted, Ricci? —Porque soy un hombre de negocios. Y los hombres de negocios cumplen sus palabras. O mueren. —Eso no es una garantía. —No. Pero es todo lo que tengo. Silencio. Lo observo. Él me observa. Los hombres detrás de nosotros no se mueven. El aire está cargado de tensión. Finalmente, hablo. —Tengo una contraoferta. —Lo escucho. —Le doy mi protección. Mis hombres. Mis recursos. A cambio, no solo me da acceso a los muelles. Me da control total sobre los sindicatos. Sobre los trabajadores. Sobre todo lo que pasa en este puerto. Ricci parpadea. Por primera vez, parece sorprendido. —Eso es... mucho. —Es lo que vale mi protección. —Don Cassano, con todo respeto, está pidiendo que le entregue mi vida. Mi familia. Todo lo que he construido. —Estoy pidiendo que se una a mí. O que se aparte. No hay término medio. Ricci traga saliva. Sabe lo que significa esto. Sabe que no es una oferta. Es una amenaza disfrazada de negociación. Sabe que si dice que no, los Cassano se convertirán en sus enemigos. Y los enemigos de los Cassano no viven mucho. —¿Y si me niego? —Entonces esto se convierte en una guerra. Y usted perderá. —Los Moretti me apoyarían. —Los Moretti no son nada comparados con nosotros. Y usted lo sabe. Silencio. Ricci me mira. Yo lo miro. Los segundos pasan. Las gotas de sudor caen por su frente. Finalmente, baja la cabeza. —Está bien. Acepto. —Buena elección. —Pero quiero algo a cambio. —¿Qué? —Quiero que mi familia esté protegida. Mi esposa. Mis hijos. Si algo me pasa, quiero saber que ellos estarán a salvo. Lo miro. En sus ojos hay miedo. Miedo real. Miedo de un hombre que sabe que está jugando con fuego. —Tiene mi palabra. —¿Su palabra? —Mi palabra. En este mundo, la palabra del Don es ley. Si digo que su familia estará a salvo, estará a salvo. Ricci asiente. Lentamente. Como si acabara de firmar su sentencia de muerte. —Entonces tenemos un acuerdo. —Tenemos un acuerdo. Nos levantamos. Nos damos la mano. Un apretón firme. Breve. Sin calor. Pero esta vez, hay algo más. Un entendimiento. Un pacto de sangre. Un compromiso que ninguno de los dos puede romper. Salimos de la nave. El sol sigue brillando. Los barcos siguen en el puerto. La gente sigue caminando. Todo parece normal. Pero nada lo es. Porque a partir de este momento, el puerto de Livorno pertenece a los Cassano. Y todo lo que pasa aquí, pasa por mí. —Don Cassano —dice uno de mis hombres, acercándose—. ¿Todo bien? —Todo bien. Ahora, llévenme de vuelta a Florencia. —¿A la casa? —No. A la oficina. Tengo trabajo. Me subo al auto. Los guardaespaldas cierran las puertas. El motor arranca. Y mientras el paisaje de Livorno se aleja por la ventana, yo cierro los ojos y respiro hondo. Este es mi mundo. Un mundo de negociaciones, de amenazas, de pactos. Un mundo donde la lealtad se compra y la vida se vende. Un mundo donde el amor es una debilidad. Y yo no puedo permitirme debilidades. Pero Emily... Emily es mi debilidad. La única. La que me hace humano. La que me recuerda que, debajo de este traje, debajo de este apellido, debajo de este poder, todavía hay un hombre.Meivi lo empujó con fuerza, sin medir demasiado el gesto, más por impulso que por intención real de hacerle daño. Damián retrocedió un paso, lo suficiente para soltarla, y terminó de ponerse de pie con una calma que contrastaba completamente con lo que acababa de pasar. La miró apenas un segundo, y esa sonrisa… esa maldita sonrisa ladeada que le salía cuando sabía exactamente el efecto que había provocado. Y eso fue lo que terminó de sacarla. —¡Vete! —soltó, tomando la primera almohada que encontró y lanzándosela sin pensarlo dos veces. Él la atrapó casi por reflejo, pero no hizo el intento de devolvérsela. Solo negó levemente con la cabeza, todavía con esa expresión que no ayudaba en nada a calmarla. —Tranquila —murmuró, como si nada—. No fue para tanto. —¡Sal de mi habitación, Damián! Esta vez no discutió. Giró sobre sus pasos y salió, cerrando la puerta detrás de él con un movimiento firme, pero sin golpearla. El silencio que quedó dentro fue inmediato. Meivi se qued
Meivi no se movió del lugar cuando la puerta se cerró tras su padre. El silencio volvió, pero esta vez no tenía nada de calmante. Era un silencio cargado, denso, como si cada rincón de la casa hubiera absorbido la tensión que él había dejado atrás. Comenzó a caminar por la sala sin rumbo fijo, pasando una mano por su cabello, intentando ordenar lo que sentía, aunque en realidad solo lograba darle más vueltas. Le irritaba. Le irritaba profundamente que su padre siguiera encontrando la manera de meterse en su vida sin decirlo de frente, sin imponerlo de forma directa… pero igual de efectivo. Cada palabra suya tenía doble intención. Cada advertencia venía disfrazada de preocupación. Y lo peor era que no podía ignorarlo del todo. —Qué fastidio… —murmuró para sí, deteniéndose un segundo antes de volver a caminar. Fue entonces cuando escuchó la puerta. No lo notó de inmediato. Estaba demasiado metida en su propia cabeza. Pero Damián ya estaba dentro, quitándose el abrigo con la misma
Damián se puso de pie, estirando ligeramente los hombros antes de volver al set. El trabajo continuó con la misma intensidad que al inicio, pero ahora con un enfoque distinto. Las poses eran más dinámicas, el juego de luces más marcado, el fotógrafo más exigente con los detalles. Damián respondía sin quejarse, ajustándose a cada indicación con naturalidad, como si ese entorno fuera uno de los pocos lugares donde todo tenía sentido sin necesidad de explicaciones. Las horas pasaron sin que se notara demasiado. Cuando finalmente dieron por terminada la sesión, el estudio empezó a vaciarse poco a poco. El equipo recogía, comentaba resultados, revisaba algunas tomas con satisfacción. Damián se pasó una mano por el cuello, sintiendo el cansancio acumulado ahora que el ritmo bajaba. —Nada mal para alguien que no quería venir —comentó Elena, acercándose con una leve sonrisa. —Nunca dije que no quería —respondió él—. Solo que tenía mejores planes. —Claro —replicó ella—. Seguro eran muy pro
Meivi cerró la puerta de su habitación con más cuidado del que realmente sentía. No estaba tranquila, ni mucho menos, pero tampoco quería darle el gusto de parecer alterada por lo que acababa de pasar. Caminó hasta la cama y se dejó caer sentada, soltando el aire con pesadez mientras se llevaba una mano al rostro. Dios… ¿por qué es tan irritante?, pensó, apretando los labios con frustración. Si alguien tenía derecho a estar molesta era ella, no él. Era absurdo que terminara sintiéndose atacada cuando, en su cabeza, la historia estaba clara desde hacía años. Y aun así… bastaban un par de palabras de Damián para desordenarle todo. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre las rodillas, mirando un punto fijo en el suelo como si así pudiera acomodar sus ideas. Tal vez ambos estaban siendo infantiles. Tal vez ese silencio que arrastraban desde el pasado no era más que una forma cómoda de evitar algo que ninguno quería enfrentar de verdad. Pero incluso si hablaran… ¿qué cambiaría
La casa estaba en silencio cuando el coche se detuvo frente a la entrada. La noche ya había caído por completo, y las luces del interior le daban al lugar un aire más cálido… pero no menos distante. Damián salió primero, rodeó el coche sin decir nada y Meivi bajó segundos después, con ese cansancio que no era solo físico, sino mental, acumulado desde hacía días. Entraron juntos, pero no realmente juntos. Cada uno tomó su camino casi por inercia, como si ya estuviera establecido sin necesidad de hablarlo. Meivi subió directamente a su habitación, dejando el bolso sobre la cama y soltando un suspiro largo mientras se quitaba los zapatos. Necesitaba unos minutos sin pensar, sin hablar, sin que nadie le preguntara nada. Damián hizo lo mismo en el lado opuesto del pasillo. Se quitó la chaqueta, la dejó sobre una silla y se pasó una mano por el cuello, aflojando apenas la tensión que llevaba encima desde la tarde. No cruzaron palabra. Pero la casa ya no se sentía vacía. Se sentía… ocup
El movimiento en la entrada del estudio cambió apenas apareció el coche. Los de seguridad se adelantaron de inmediato, abriendo espacio entre los periodistas que insistían en acercarse más, lanzando preguntas sin filtro, estirando micrófonos como si pudieran arrancarle una respuesta a la fuerza. Meivi salió sin detenerse, con el paso firme, la mirada al frente y esa manera suya de ignorar el caos aunque lo tuviera encima. Aun así, el ruido la alcanzó igual: flashes, voces, su nombre repitiéndose una y otra vez. No respondió. No los miró. Solo avanzó hasta el auto y se metió sin pensarlo dos veces. La puerta se cerró con un golpe seco que cortó el ruido de golpe, como si alguien hubiera apagado todo de un solo movimiento. El silencio dentro del coche fue inmediato, pesado, necesario. Meivi apoyó la cabeza contra el asiento y soltó el aire lentamente, como si recién en ese momento pudiera respirar de verdad. Se pasó una mano por el cabello, desordenándolo un poco, y cerró los ojos un se







