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CAPÍTULO 5: SANGRE EN LA MANSIÓN

Author: Esther Grace
last update publish date: 2026-01-21 12:25:02

No sé cuánto tiempo pasó. Pero cuando volví en sí, ya habíamos llegado a la residencia.

El auto se detuvo frente a la entrada principal. El chofer abrió la puerta. Carolina me ayudó a bajar. No sabía que había estado reteniendo la respiración porque solté un suspiro de cansancio mientras mis piernas me temblaban como gelatina.

Carolina también estaba asustada. Lo sentía en sus manos temblorosas sobre mi brazo. Estaba muy preocupada por mí. Miró a uno de los guardaespaldas y le dijo que llamaran al doctor de la familia. El hombre asintió y salió de una vez a llamar al doctor.

Cuando entramos a la casa, mi suegra corrió hacia nosotras con el rostro lleno de preocupación.

—¡Elisa! ¡Cariño! ¿Estás bien? ¿Estás herida? —dijo la señora Diana con desesperación, mirándome el brazo—. ¡Carolina! ¡Hija! ¿Tú también estás bien? ¿No te hicieron daño?

—Tranquila, mamá. Estamos bien —dijo Carolina, intentando calmarla—. Solo que mi cuñada necesita un doctor.

Yo me senté en la sala. Mi suegra estaba súper preocupada por mí. Yo, con una sonrisa, trataba de calmarla.

—Estoy bien, señora Diana. De verdad. Es solo un rasguño.

—¿Qué pasó? —preguntó mi suegra—. ¿Quién hizo esto?

—No lo sabemos, mamá —respondió Carolina, con la voz temblorosa—. Estábamos saliendo del restaurante y de repente... de repente empezaron a disparar.

—¿Disparar? —Diana se llevó una mano al pecho—. ¿Nos están atacando? ¿En plena calle?

—Tranquila, señora —intervino uno de los guardaespaldas desde la puerta—. Ya estamos investigando. Los atacantes fueron neutralizados. Pero necesitamos saber quién los envió.

La señora Diana no dejaba de moverse. Iba de un lado a otro, dando órdenes a las doncellas, preguntando si había agua, si había vendas, si alguien había avisado a su esposo. Era un torbellino de nervios y preocupación. Nunca la había visto así. Siempre tan elegante, tan controlada. Pero ahora, parecía una madre más. Una madre asustada por sus hijas.

En ese momento, la puerta principal se abrió. Y por ella entraron mis tres cuñados.

Víctor fue el primero. Con el ceño fruncido, los ojos recorriendo la sala hasta encontrarnos. Detrás de él, Rafael, con el rostro pálido y las manos apretadas en puños. Y al final, Omar, el más joven, con una expresión que no le había visto nunca. Seria. Adulta. Preocupada.

—¿Elisa? ¿Carolina? ¿Están bien? —preguntaron los tres casi al unísono.

—Estamos bien —respondió Carolina—. Bueno, Elisa está herida. Pero no es grave.

—¿Herida? —Rafael se acercó a mí, arrodillándose frente al sofá—. ¿Dónde? ¿Fue una bala?

—Solo me rozó el brazo. Nada más.

—¿Nada más? —Rafael me miró con incredulidad—. Elisa, te dispararon. ¿Cómo que nada más?

—Estoy bien, Rafael. De verdad.

—No, no estás bien. —Me tomó la mano—. Estás temblando.

Tenía razón. No me había dado cuenta, pero estaba temblando. Todo mi cuerpo temblaba. Las manos, los brazos, las piernas. Como si el miedo hubiera decidido salir todo de golpe, ahora que estaba a salvo.

—¿Ya le avisaron a Maximiliano? —preguntó Víctor, con seriedad.

—Sí —respondió Rafael—. Le avisamos hace unos minutos. Está en camino.

No pude evitar tragar seco. No sabría cómo reaccionaría mi esposo ante esto. Probablemente con furia. Con violencia. Con esa frialdad suya que a veces daba más miedo que los gritos. Pero me mantuve en silencio. No había nada que decir. No había nada que hacer. Solo esperar.

Víctor miró a los guardaespaldas con seriedad y los alejó para hablar con ellos. Quería saber qué había pasado. Quería saber quién había sido. Quería saber por qué no habían protegido a su hermana y a su cuñada como debían. Los hombres lo siguieron, con la cabeza baja. Sabían que se habían equivocado. Sabían que habría consecuencias.

Rafael se quedó a mi lado. No se movió. No me soltó la mano. Omar se sentó en el brazo del sofá, en silencio, mirándome como si quisiera asegurarse de que seguía ahí. De que seguía viva.

—¿Duele? —preguntó Omar, en voz baja.

—Un poco —admití—. Pero menos que antes.

—Lo siento.

—¿Por qué lo sientes? No fue tu culpa.

—Ya lo sé. Pero aun así. —Hizo una pausa—. Eres mi cuñada. Y no quiero que te pase nada.

Lo miré. Omar, el más callado de los Cassano. El que casi nunca hablaba. El que siempre estaba en un rincón, observando. Y ahora, estaba aquí, sentado a mi lado, diciéndome que no quería que me pasara nada. Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas. Pero no lloré. No podía llorar. No delante de ellos.

—Gracias, Omar.

—No hay de qué.

El doctor llegó unos minutos después. Era un hombre mayor, de unos sesenta años, con el pelo blanco y unas manos firmes. Se llamaba Doctor Mancini. Llevaba siendo el médico de la familia Cassano desde antes de que yo naciera. Conocía a todos. Sabía todos sus secretos. Y nunca había traicionado su confianza.

—Buenas tardes, señora Cassano —dijo, sentándose frente a mí—. Vamos a ver esa herida.

Me revisó el brazo con cuidado. Limpió la sangre. Desinfectó la herida. Yo apreté los dientes cuando el alcohol tocó mi piel. Pero no dije nada. No me quejé. Los Rossi no se quejan.

—Es superficial —dijo el doctor, mientras me vendaba el brazo—. La bala solo rozó la piel. No tocó músculo ni hueso. En unos días, estará curada. Pero quiero que descanse. Nada de esfuerzos. Nada de estrés.

—¿Nada de estrés? —Carolina soltó una risa amarga—. Doctor, acaban de dispararle a mi cuñada. ¿Cómo quiere que no tenga estrés?

—Con tranquilidad, señorita Carolina. Y con compañía. Que no se quede sola.

—Eso lo podemos hacer —dijo Rafael—. Nos quedamos con ella.

—Bien. —El doctor Mancini se levantó—. Le dejaré unas pastillas para el dolor. Si algo empeora, llámenme.

—Gracias, doctor —dije, con una sonrisa débil.

—De nada, señora Cassano. Cuídese.

Depronto se escucharon pasos en el pasillo. Pasos firmes, rápidos, decididos. Cuando me di la vuelta.

Maximiliano apareció en el umbral.

Sus ojos recorrieron la sala con una intensidad que helaba la sangre. Primero miró a su madre. Luego a Carolina. Luego al doctor. Y finalmente, a mi.

Se quedó quieto.

Su mirada bajó hasta mi brazo vendado. Hasta la sangre que ensuciaba mi blusa.

Y por un momento, algo cruzó por sus ojos. Algo que yo no supo identificar. ¿Ira? ¿Preocupación? ¿Indiferencia?

—¿Qué pasó? —preguntó, con voz fría.

—Nos atacaron —respondió Carolina, adelantándose—. Al salir del restaurante. Unos hombres empezaron a disparar.

—¿Estás herida?

—No. Solo Elisa.

Maximiliano volvió a mirarme. Su expresión era ilegible. no sé qué estaba pensando pero me mantuve en silencio.

—¿Fue grave?

—Solo un rasguño —dije con la voz suave, antes de que nadie más pudiera responder—. El doctor ya me vendo el brazo. Estoy bien.

—Bien.

Eso fue todo. Bien. Ni un "me alegro", ni un "lo siento", ni un gesto de alivio. Solo bien, con ese tono neutro que usaba para todo.

sentí que mi corazón se encogía. Pero no dije nada. Ya estaba acostumbrada.

Maximiliano giró hacia Víctor, que seguía en el otro extremo de la sala.

—¿Tienes algo?

—Estamos investigando —respondió Víctor—. Los atacantes están muertos, pero Marco está revisando sus identidades. Podrían ser de los Colombo.

—¿Los Colombo? —Maximiliano apretó la mandíbula—. Esos hijos de puta.

—Todavía no podemos confirmarlo. Pero es la hipótesis más probable.

—Quiero respuestas. Hoy.

—Las tendrás.

__________

Después del susto, cuando la noche cayó, todo quedó en silencio.

Carolina se había ido a su habitación después de asegurarse mil veces de que estaba bien. Rafael se despidió con un abrazo más largo de lo normal. Omar me dio una palmada en el hombro y me dijo que cualquier cosa, lo llamara. La señora Diana me preparó un té que no me tomé y me acompañó hasta la puerta de la habitación. El señor Santiago ni salió de su despacho. Pero mandó a decir que si necesitaba algo, no dudara en pedirlo. Víctor no dijo nada. Solo me miró con una expresión que no supe descifrar. Y Maximiliano... Maximiliano desapareció después de hablar con los guardaespaldas.

Yo subí a la habitación. Cerré la puerta. Y por primera vez en todo el día, me permití respirar.

Me di una ducha rápida. Muy rápida. No quería mojar el vendaje, así que tuve cuidado de mantener el brazo fuera del agua. El resto del cuerpo lo lavé con prisa, como si alguien me estuviera cronometrando. Como si no tuviera derecho a tomarme mi tiempo. Ni siquiera en mi propia casa.

Cuando salí, el espejo estaba empañado. Lo limpié con la mano y me miré. Estaba pálida. Más de lo normal. Tenía ojeras. Y el cabello, todavía húmedo, me caía sobre los hombros como si pesara más de lo que debería. No me gustó lo que vi. Pero no había nada que hacer. Era yo. La misma de siempre. Solo un poco más cansada. Un poco más asustada.

Me puse la pijama. Una de seda, color marfil. La que me regaló Carolina por mi cumpleaños. Era suave. Cómoda. Y me hacía sentir menos... no sé. Menos sola.

Me senté en el borde de la cama. La habitación estaba en silencio. Solo se escuchaba el tic-tac del reloj de pared. Y mi respiración. Y el latido de mi corazón, que todavía no se había calmado del todo.

Miré el vendaje en mi brazo. Estaba limpio. Pero necesitaba cambiarlo. El doctor me había dejado una pomada y unas gasas nuevas. Así que me levanté, fui al baño, y me traje todo. Me senté otra vez. Y comencé a desenrollar el vendaje viejo.

Fue entonces cuando oí el golpe en la puerta.

No fue un golpe fuerte. Más bien suave. Discreto. Como si quien llamaba no quisiera molestarme, pero tampoco pudiera evitarlo. Yo fruncí el ceño. Miré la puerta. Y antes de que pudiera decir "pasa", la puerta se abrió.

Maximiliano entró.

En silencio.

No dijo nada. No me miró. Solo caminó hasta la cama, se sentó en el borde, frente a mí, y se quedó ahí. Quieto. Como si esperara algo. Como si hubiera venido a hacer algo, pero no supiera cómo empezar.

Yo lo miré. Confundida. Sorprendida. Y, aunque no quería admitirlo, un poco nerviosa.

—¿Qué haces? —pregunté, con el ceño fruncido.

Él no respondió de inmediato. Solo levantó la vista. Y me miró. Con esos ojos grises que siempre me han dado miedo. Pero esta vez, había algo diferente. No era frialdad. No era indiferencia. Era... no sé. Otra cosa. Algo que no supe nombrar.

—Quédate quieta —dijo, con tranquilidad—. Voy a limpiarte la herida.

Parpadeé.

—¿Qué?

—La herida. Que voy a limpiarla.

—Pero... —Miré el vendaje a medio desenrollar en mis manos—. Ya lo estaba haciendo yo.

—Ya lo sé. —Se acercó un poco más—. Pero yo voy a hacerlo ahora.

No supe qué decir. No supe qué hacer. Solo me quedé ahí. Quieta. Como me había pedido. Y él tomó la pomada que yo tenía en la mano. La abrió. Y con mucho cuidado, con una delicadeza que nunca le había visto, comenzó a aplicarla sobre mi herida.

Sentí el calor de sus dedos.

Y por un momento, contuve el aliento.

No porque me doliera. No porque tuviera miedo. Sino porque era la primera vez, en casi cuatro años de matrimonio, que Maximiliano Cassano me tocaba sin que hubiera un motivo. Sin que hubiera una cámara. Sin que hubiera público. Solo él. Solo yo. Solo la habitación en silencio.

Sus dedos eran suaves. Más de lo que esperaba. Se movían con precisión, con cuidado, como si estuviera tocando algo frágil. Algo que podría romperse con demasiada presión. Algo que no quería romper.

—¿Te duele? —preguntó, de repente, sacándome de mis pensamientos.

Yo levanté la vista. Él estaba mirando mi brazo. Concentrado. Como si lo único que importara en ese momento fuera la herida. Como si nada más existiera.

—No mucho —respondí, y mi voz sonó más débil de lo que esperaba—. Gracias.

Él no dijo nada. Solo siguió aplicando la pomada. En silencio. Con esa calma suya que a veces me desespera y a veces me da miedo. Pero ahora, no me daba ni miedo ni desesperación. Me daba... no sé. Algo. Algo que no sabía cómo llamar.

Cuando terminó, tomó el vendaje nuevo. Y con la misma delicadeza, lo enrolló alrededor de mi brazo. Lo ajustó. Lo aseguró. Y luego se quedó ahí, sentado frente a mí, con las manos en las rodillas, mirando el suelo.

Ambos quedamos en silencio. Por un momento.

Yo no sabía qué decir. Él tampoco. O eso parecía. Porque Maximiliano siempre sabe qué decir. Siempre tiene una respuesta. Siempre tiene una orden. Pero ahora, no. Ahora, solo estaba ahí. Callado. Como si estuviera esperando algo que no sabía pedir.

—Me encargaré de averiguar quién hizo esto —dijo, finalmente.

Luego me miró.

Y en sus ojos, por un segundo, solo por un segundo, vi algo que nunca había visto antes.

No era amor. No era cariño. No era nada de eso. Pero era algo. Algo parecido a la preocupación. A la responsabilidad. A la... no sé. A la necesidad de protegerme. Aunque no me quisiera. Aunque no significara nada para él. Aunque solo fuera su esposa de papel.

—Gracias —dije, otra vez.

Él asintió. Se levantó. Y caminó hacia la puerta.

Pero antes de salir, se detuvo. Con la mano en el picaporte. Sin voltear.

—Descansa —dijo—. Mañana será un día largo.

Y se fue.

Yo me quedé ahí. Sentada en la cama. Con el brazo vendado. Con el corazón latiéndome más rápido de lo normal. Y con una pregunta en la cabeza que no podía responderte.

¿Por qué había venido?

¿Por qué había venido a limpiarme la herida?

¿Por qué, después de casi cuatro años de ignorarme, había decidido tocar mi piel con tanta delicadeza?

No lo sabía.

Y quizás, mejor no saberlo.

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