MasukArleth Ambrosetti.—¿No quieres más? —inquiere mi mamá al ver el plato vacío, que recorro distraídamente con el tenedor. En otro momento habría pedido que me sirvieran nuevamente antes de terminar la primera porción, pero ahora ni siquiera me di cuenta de cuándo me comí todo.—Estoy bien, gracias —me besa la cabeza, en tanto papá viene bajando las escaleras. —No le menciones nada de lo que pasó. —Tranquila. No es la primera vez que duermes con nosotros —siento que se me calienta la cara. —Además, creo que le gustó tener un momento de la niña que se le ha estado escapando estos años. Lo demás lo querrá saber cuando tú se lo quieras decir. El problema es que no quiero que sepa nada porque conociéndolo…Ethan no es el ejemplo más grande de tranquilidad. —Creo que le hará más gracia cuando le diga que quiero comprarme otro perro —evado el tema.Mi madre me dedica una mirada que deja claro que no le hace gracia mi respuesta, aunque termina sonriendo mientras recoge algunos platos. No ins
Arleth Ambrosetti.Casi un semana después de finalizar el semestre, me descubro frente al teléfono una vez más.No tengo una razón concreta para hacerlo. Estoy en casa, con varias tareas pendientes del certamen y un montón de ropa que debería haber guardado en la maleta hace horas. Sin embargo, termino sentándome en la cama, abriendo la lista de contactos y buscando el número de Gavrel.Lo miro durante un largo rato.Santa tiene razón en algo: no puedo pasarme la vida esperando que él adivine lo que siento. Si quiero arreglar las cosas, tendré que intentarlo de verdad.Marco, y el tono de llamada suena una vez. Después otra.Estoy a punto de colgar cuando alguien contesta.—No sé quién eres, pero el dueño de este teléfono lo dejó olvidado.Me quedo inmóvil cuando la voz femenina me revuelve el estómago. Es una mujer.Una…Tal vez la misma que viajó con él y yo... Siento que el pulso se me acelera y me incorporo, aferrando el teléfono con ambas manos.—¿Quién eres tú? —pregunto, aunque
Arleth Ambrosetti. Las últimas semanas del semestre se convierten en una carrera contra el tiempo. Tengo que terminar los trabajos pendientes, preparar las evaluaciones finales y coordinar una reunión con mis profesores para revisar mi desempeño académico antes del cierre del período.Me tomo la tarea en serio. Organizo mis horarios, reviso los contenidos que necesito reforzar y me aseguro de cumplir con cada entrega. La psicología siempre me ha interesado porque me permite comprender mejor a las personas, sus decisiones y las formas en que reaccionan ante situaciones que no saben manejar.Una ironía bastante cruel, considerando que yo misma estoy haciendo un trabajo lamentable con mis emociones. Menos mal no soy mi propio paciente…O de hecho, debería ser la primera en hacer las cosas como las hago en mi primera sesión con un grupo, asesorada por un especialista a quien leo el nombre y no consigo ubicarlo. Pero mi concentración no debe estar en él, sino en el grupo al cual debo evalu
Arleth Ambrosetti. Por primera vez en mucho tiempo, no intento convencerme de que lo que siento es otra cosa. No lo llamo capricho, celos, orgullo herido ni una mala decisión. No busco una explicación que me permita restarle importancia.Ese sujeto me gusta.Más de lo que me gustó Valentín alguna vez. Más de lo que me atreví a admitir cuando todavía tenía la oportunidad de hacer las cosas bien.Lo peor es que ahora lo sé, ni siquiera consigo dormir por una nueva razón, porque llega la mañana, y no siento ninguna diferencia. Incluso me siento peor. Mucho más cuándo encuentro las publicaciones de las otras candidatas. Algunas están en sesiones fotográficas; otras participan en actividades benéficas o comparten momentos de los ensayos. Las redes sociales se llenan de imágenes, comentarios y felicitaciones, y el certamen empieza a adquirir la importancia que los organizadores esperaban.Yo también publico algunas fotografías, aunque ya no reviso las reacciones con la misma ilusión de an
Arleth Ambrosetti. En cuanto termino con la sesión extenuante de publicación de contenido arreglo sin demasiada prisa. Le comento a Cristal sobre la cita y aunque se ve distraída con una pelea por mensajes con Connor, termina mirándome con la ceja alzada y una risa incrédula.—¿Bromeas? —sentada en la cama, observa los dos vestidos que le muestro. Rojo y azul. —¿Desde cuándo pides opinión para una salida a un club?—Lo decía por…—Elige el que más te gusta. A menos que quieras impresionar. —No impresionar. Pero no verme mal —elijo el que me gusta: azul. Me recojo el cabello y termino de maquillarme mientras escucho música, porque Cristal termina lanzándose insultos con su socio de placer. No estoy especialmente emocionada, pero al menos he conseguido hacer algo distinto a quedarme mirando el techo durante horas.Valentín llega a la hora acordada. Es atento, educado y tiene esa seguridad que siempre lo ha acompañado. Durante el trayecto hablamos de cosas sencillas, de conocidos, de
Arleth Ambrosetti.Dormir nunca había sido tan agotador. Siempre me ha gustado despertar con la sensación de que existe una nueva manera de hacer las cosas, una oportunidad para cambiar algo o, simplemente, para vivir el día con un poco más de entusiasmo. Últimamente, sin embargo, no consigo sentirlo. Todo pesa. El sol sale, la luz se cuela por las ventanas y llena el dormitorio, pero esa sensación de que algo falta permanece instalada en cada rincón, como si ni siquiera la mañana supiera qué hacer para devolverme las ganas.Y es agotador.Porque los días transcurren de la misma manera. Hay ruido, voces y risas que terminan contagiándose de una habitación a otra. Escucho a los demás, participo en las conversaciones y sonrío cuando corresponde. Hago lo que debo hacer, respondo cuando me hablan y hasta consigo parecer la misma de siempre. Podría decir que no ha cambiado nada, que sigo siendo capaz de desenvolverme con la naturalidad de antes, y nadie tendría motivos para cuestionarlo.







