LOGINMientras otros se casan por amor, para Vanessa Bravehart el matrimonio no es más que un arma de guerra. Valerian Vantero era el hombre que más detestaba, y casarse con él debía ser una situación en la que ambas familias salieran ganando. Al menos, eso era lo que ella le había hecho creer. Pero la muerte de su padre no solo le dejó un imperio y una niña a la que criar, sino también un enemigo al que no podía derrotar por sí sola. Y Valerian era el arma que había elegido para librar sus batallas. Con el paso del tiempo, Vanessa descubre que el hombre al que eligió podría estar implicado en la muerte de su hermano, y que su pasado es mucho más oscuro de lo que su temible reputación deja entrever. Como si eso no fuera suficiente, su pequeña hermana comienza a forjar con él un vínculo de padre e hija con el que Vanessa jamás habría contado. Vanessa Bravehart está a punto de descubrir que el hombre al que planeaba utilizar como arma es mucho más complejo de lo que jamás imaginó. Para complacer a la pequeña, ambos se ven obligados a fingir que están enamorados, viéndose arrastrados a situaciones que ninguno de los dos habría elegido por voluntad propia. Poco a poco, Vanessa comienza a descubrir una faceta de Valerian que muy pocos han tenido el privilegio de conocer. Y entonces, un temor empieza a apoderarse de ella: ¿y si está enamorándose del mismo hombre al que juró destruir? Con enemigos acechándolos por todos los frentes, ambos tendrán que aprender a luchar codo con codo para acabar con quienes amenazan con destruirlos. Eso, claro, si no terminan destruyéndose el uno al otro primero.
View More—Valerian DeVito Vantero, ¿acepta a Vanessa Bravehart como su legítima esposa?
Un murmullo recorrió el salón y resonó contra el alto techo.
En cada esquina había un candelabro con cuatro velas grandes. Las llamas apenas parpadeaban.
Hombres y mujeres, todos vestidos de negro, permanecían en silencio. No había sillas, como si todos hubieran sido convocados con poca antelación.
Junto al altar, un hombre de complexión esbelta y musculosa permanecía frente a una joven vestida con un traje color burdeos y un abrigo a juego. Una mano descansaba en su bolsillo, mientras que con la otra se hacía crujir suavemente los nudillos al flexionar los dedos. Sus ojos grises estaban fijos en los pequeños labios rojos de la mujer.
El sacerdote, un hombre corpulento de unos sesenta años, tragó saliva. Sostenía una Biblia con las manos temblorosas.
—Señor Valerian...
El hombre apartó la mirada de los labios de la mujer y giró la cabeza hacia el sacerdote, arqueando ligeramente la ceja izquierda.
—¿Quiere...?
—Proceda con la ceremonia —lo interrumpió la mujer, con una voz agradable, pero cortante.
Mantenía las manos relajadas a los costados y los ojos clavados en el hombre que tenía delante.
El sacerdote se aclaró la garganta y se volvió hacia ella. Sus ojos se detuvieron en su pecho; el traje no conseguía ocultar sus curvas. Vanessa, sin embargo, no mostró la menor reacción.
—Los ojos, sacerdote —dijo Valerian con voz grave y despreocupada—. Los necesitará para predicar en la iglesia.
El sacerdote salió de su ensimismamiento de golpe.
—Vanessa Bravehart, ¿acepta...?
—No estaríamos aquí de no ser así —lo interrumpió Vanessa—. Limítese a lo necesario, por favor.
El sacerdote se secó el sudor con la manga.
—Por la presente, los declaro marido y mu...
—Los anillos. —Vanessa lo fulminó con la mirada—. ¿No puede hacer su maldito trabajo como es debido?
—S-sí.
El sacerdote hizo un gesto con la mano. Un hombre dio un paso al frente con una caja que contenía dos anillos de plata con forma de serpiente mordiéndose la cola. La luz de las velas se reflejaba en ellos.
Valerian contempló los anillos con una mueca de repulsión. El silencio se prolongó mientras ambos se sostenían la mirada. Gris contra verde.
Vanessa suspiró, tomó uno de los anillos y se lo colocó en el dedo medio antes de recoger el segundo. Agarró la mano de Valerian y le deslizó el anillo en el dedo.
Los aplausos rompieron el silencio del salón.
El teléfono de Valerian sonó, reclamando su atención. Lo sacó del bolsillo y se dirigió a un rincón del salón para contestar.
Poco después, una mujer rubia de mediana edad, con una cicatriz en forma de X en la mejilla izquierda, se acercó a Vanessa.
—De verdad lo has hecho —dijo, con gesto preocupado.
—Mmm. —Vanessa asintió levemente.
La rubia suspiró.
—Esos bastardos... Obedecieron a mi hermano.
Su mirada se desvió hacia los hombres y mujeres de mediana edad que ocupaban el salón.
—Ahora que está muerto, te obligan a casarte.
Vanessa observó a los presentes. Cada vez que sus miradas se cruzaban, aquellos hombres y mujeres esbozaban sonrisas forzadas.
—Y eso es precisamente lo que les estoy dando: un matrimonio.
Una sonrisa asomó a sus labios.
—Esto no tiene ninguna gracia —replicó la rubia—. Deberías haberte casado con uno de sus hijos.
Clavó los ojos en Vanessa.
—Al menos, ellos están sometidos a la autoridad de tu padre.
—No. —La mirada de Vanessa se volvió gélida—. Eso es exactamente lo que quieren, y sabes por qué.
—¿Y qué? —preguntó la mujer—. ¿De verdad prefieres casarte con un Vantero? ¿En serio?
Un hombre enmascarado se acercó a Valerian y le susurró algo al oído. Él frunció el ceño.
—Guíame.
Justo cuando estaban a punto de marcharse, Vanessa sonrió. Sin embargo, sus ojos carecían por completo de emoción.
—Esposo, ¿no te olvidas de algo?
Valerian se detuvo en seco. No se dio la vuelta.
—Te acompañarán a casa —dijo, señalando con la cabeza a uno de los guardias cercanos—. Tengo asuntos que atender.
—Me siento más segura volviendo a casa con mi esposo.
La ceja izquierda de Valerian se alzó lentamente. Después, miró al hombre enmascarado, buscando ayuda.
—Señorita, el Lamborghini solo tiene dos asientos —dijo el hombre—. No cabremos todos.
—Señora Vantero —lo corrigió Vanessa.
—Entendido. —El hombre sonrió.
Justo cuando estaba a punto de acompañar a Valerian hasta el coche...
—Una cosa más —dijo Vanessa.
Un disparo ensordecedor atravesó el salón.
Los ojos del hombre enmascarado se abrieron de par en par, horrorizados, mientras su cuerpo se desplomaba. La bala le había atravesado la parte posterior del cráneo.
Valerian bajó la mirada hacia el cadáver. Se pasó una mano por el cabello verde.
—Ahora tenemos espacio suficiente.
Valerian frunció el ceño ante sus palabras.
—No conduzco.
—Entonces, menos mal que yo sí sé hacerlo.
Vanessa pasó por delante de él. Valerian echó una última mirada al hombre enmascarado. La sangre se acumulaba alrededor de la cabeza del cadáver y ya le había manchado uno de sus propios zapatos.
Pasó por encima del cuerpo sin ninguna prisa y se limpió la sangre con la camisa del muerto antes de dirigirse a la salida.
Vanessa puso el coche en marcha y esperó a que Valerian subiera.
Él permaneció unos instantes junto al vehículo, con la mirada fija en la mujer sentada al volante. La luz de la luna iluminaba su cabello rojo, que le caía hasta los hombros.
Finalmente, subió al coche y cerró la puerta. El motor rugió cuando Vanessa se incorporó a la carretera.
Durante un rato, viajaron en silencio.
—Este matrimonio no te salvará —dijo Valerian, rompiendo el silencio—. Serías un idiota si creyeras que voy a ayudarte a gobernar el imperio de tu padre.
—Te tienes en demasiada estima —respondió Vanessa con una sonrisa—. No necesito tu ayuda.
—Tu padre está muerto. —Valerian miró por el retrovisor lateral—. Y, sin embargo, estás celebrando una boda en lugar de un funeral.
Una carcajada escapó de sus labios.
—Puede que hayas heredado su imperio, pero no su inteligencia.
El coche chirrió cuando Vanessa pisó el freno de golpe. Sacó la pistola que llevaba apoyada sobre el regazo y presionó el cañón contra la garganta de Valerian.
El aroma del jazmín llegó hasta él.
Valerian apenas se inmutó. La miró con una expresión indolente, sin mostrar la menor preocupación.
—Por si lo has olvidado —amenazó ella—, faltarle al respeto a un rey Bravehart se castiga con la muerte.
—Querrás decir princesa —replicó Valerian con desdén.
Cerró los ojos y apoyó la cabeza contra el respaldo del asiento, completamente relajado.
—Prefiero morir antes que seguir casado con una estúpida.
Vanessa apretó los dientes y apartó el arma de su garganta. Se tomó un momento para calmarse y reanudó la marcha.
Al cabo de un rato, Valerian abrió los ojos con pereza y miró por el retrovisor lateral.
—Dame tu arma.
Vanessa le lanzó una mirada.
—Me tomas por una niña.
—Nos están siguiendo —gruñó Valerian.
—Ahora dame tu arma. Yo no llevo la mía.
Vanessa lo miró con desconfianza y después dirigió la vista al retrovisor. Una camioneta negra los seguía de cerca.
—Yo...
No llegó a terminar la frase.
El impacto los sacudió violentamente cuando un camión embistió el coche por un costado. El metal chirrió contra el metal. Las grietas se extendieron por el cristal como una telaraña.
Todo se inclinó ante sus ojos mientras el coche daba vueltas por el aire.
Llegó el viernes.Llevaban dos horas de viaje cuando Valerian extendió el teléfono frente a él. En la pantalla aparecía la fotografía de una niña con un pijama de cocodrilos, el cabello negro y corto, y unos ojos verdes.Inclinó la cabeza y amplió la imagen.BZZ, BZZ.Apareció una notificación de llamada entrante.Repartidora.Contestó.—Te escucho.—Ya estamos en la propiedad —dijo una voz femenina al otro lado de la línea—. ¿Deberíamos esperar? Tampoco es que vayas a pasarte ocho horas en la carretera.Valerian minimizó la llamada y volvió a la fotografía de la pantalla.—¿La has conocido?—¿A tu esposa? —respondió la voz—. Es preciosa.—¿Crees que lo sabe?—No te habría elegido como marido si lo supiera.La voz hizo una pausa.—Aunque la coincidencia es bastante curiosa.Valerian amplió la imagen de los zapatos de la niña.—¿Crees que él lo preparó todo? —preguntó la mujer.—No lo sé. Ni el padre ni la hija parecen estar muy bien de la cabeza.Valerian se aflojó la corbata y desabr
Incluso en la tranquilidad de la noche, hombres armados vigilaban cada rincón de la propiedad.Vanessa estaba sentada en una habitación en penumbra.La luz de la luna se colaba por la ventana abierta. Sostenía un cigarrillo a medio fumar entre los dedos índice y corazón.A su lado, sobre una mesa de cristal, descansaba un teléfono cuya pantalla estaba agrietada, con las fisuras extendiéndose como una telaraña. Vanessa contempló la propiedad a través de la ventana.«Papá, ¿cómo estás?», pensó. «¿Crees que estoy tomando la decisión correcta?»«¿Habrías tomado la misma decisión si estuvieras en mi lugar?»Sonrió entre lágrimas.«Solo llevo seis horas casada y ese imbécil ya me ha hecho dudar de mi decisión cinco veces».Exhaló el humo y formó pequeños círculos en el aire.—Serena Drakko... —susurró—. He oído ese nombre antes... ¿Dónde?RING, RING.El teléfono vibró sobre la mesa de cristal. Vanessa lo tomó. En la pantalla aparecía el nombre de la tía Zoey.—Vanessa, ¿cómo estás? ¿Te encu
Valerian abrió los ojos con un pitido agudo resonándole en los oídos. Su visión se oscureció antes de recuperar poco a poco la nitidez, mientras el zumbido iba desapareciendo.El sonido de una respiración agitada y unos golpes leves lo hizo girar la cabeza. Todo a su alrededor estaba al revés.Al otro lado, lejos de su asiento, Vanessa ya estaba golpeando la ventanilla agrietada de la puerta con la culata de su pistola.—Espera.Al oír su voz, Vanessa se detuvo. Luego, sin volverse, rompió los fragmentos de cristal que aún quedaban y salió a gatas por la ventana.Valerian deslizó la mano por la manga de su brazo izquierdo y sacó una navaja corta, delgada y de doble filo.Con un movimiento rápido, cortó el cinturón de seguridad y cayó violentamente sobre el techo del vehículo. Un sabor metálico le subió por la garganta, pero se obligó a tragárselo.Se oyó un disparo.Sus ojos se dirigieron de inmediato hacia Vanessa. Ella se llevó una mano al abdomen.Valerian frunció el ceño.—Idiota.
—Valerian DeVito Vantero, ¿acepta a Vanessa Bravehart como su legítima esposa?Un murmullo recorrió el salón y resonó contra el alto techo.En cada esquina había un candelabro con cuatro velas grandes. Las llamas apenas parpadeaban.Hombres y mujeres, todos vestidos de negro, permanecían en silencio. No había sillas, como si todos hubieran sido convocados con poca antelación.Junto al altar, un hombre de complexión esbelta y musculosa permanecía frente a una joven vestida con un traje color burdeos y un abrigo a juego. Una mano descansaba en su bolsillo, mientras que con la otra se hacía crujir suavemente los nudillos al flexionar los dedos. Sus ojos grises estaban fijos en los pequeños labios rojos de la mujer.El sacerdote, un hombre corpulento de unos sesenta años, tragó saliva. Sostenía una Biblia con las manos temblorosas.—Señor Valerian...El hombre apartó la mirada de los labios de la mujer y giró la cabeza hacia el sacerdote, arqueando ligeramente la ceja izquierda.—¿Quiere.












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