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Las horas críticas

last update publish date: 2026-08-14 01:39:30

La sala de espera quedó sumida en un silencio extraño después de las palabras de Lorenzo. Marco seguía sentado, con los codos apoyados sobre las rodillas y las manos entrelazadas frente a su rostro. No conseguía apartar la mirada del suelo. La noticia había llegado demasiado tarde, de una manera demasiado cruel. Tenía un hijo. Un hijo que llevaba días creciendo dentro de Adelaide mientras él se dedicaba a desconfiar de ella, a buscar culpables y a defender un orgullo que ahora le parecía misera
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  • Ya no soy tu migajera    Las orquídeas

    Después de entregar las copias impresas del libro, dejó el equipo en manos del personal encargado de revisarlo y regresó a su oficina para continuar con sus responsabilidades. Tenía varias correcciones pendientes, algunos textos que revisar y detalles de la publicación que necesitaban su atención. Se sentó frente al escritorio, abrió una carpeta y comenzó a trabajar con la intención de concentrarse únicamente en aquello que tenía delante.Durante las horas siguientes consiguió mantenerse ocupada. Revisó páginas, hizo algunas anotaciones y respondió varios correos relacionados con su libro. Poco a poco, la tensión de la mañana comenzó a disminuir, aunque el recuerdo de lo ocurrido seguía rondando en su cabeza. No podía entender cómo habían desaparecido los archivos de su computadora, especialmente porque estaba segura de haber guardado varias copias. Aquello no le parecía un simple fallo técnico, pero tampoco quería sacar conclusiones sin tener pruebas. Decidió esperar el informe del

  • Ya no soy tu migajera    La rabia y una verdad

    Adelaide asintió y sacó el ordenador de su bolso, colocándolo con cuidado sobre la mesa. —Claro, Sebastián —respondió, empujándolo hacia él con una expresión todavía confundida—. Quiero saber qué ocurrió, porque estoy segura de que no borré el manuscrito.Sebastián tomó el ordenador y lo cerró con gesto serio. —Déjalo en mis manos —dijo, mirándola con atención—. Pediré que revisen cada archivo y comprueben si alguien entró al sistema. Si encontramos alguna anomalía, sabremos exactamente qué pasó.Adelaide asintió y recogió la carpeta con el manuscrito. —Gracias —dijo con una pequeña sonrisa—. Al menos pude traer las copias y cumplir con la entrega.Sebastián correspondió a su sonrisa, aunque la preocupación no desapareció de su rostro. —Eso es lo importante por ahora —respondió, señalando la carpeta—. Pero quiero que averigüemos quién hizo esto.Adelaide guardó silencio y bajó la mirada hacia los documentos. La desaparición del archivo seguía resultándole inexplicable. Le resultaba d

  • Ya no soy tu migajera    Los planes fallidos de Antonia

    Al día siguiente, Adelaide abrió los ojos con la claridad de la mañana entrando por la ventana. Se levantó, se lavó la cara y se cepilló los dientes con la mente puesta en el libro que debía entregar ese mismo día. Había trabajado durante jornadas enteras para tenerlo listo y confiaba en que aquella entrega marcaría un paso importante en su carrera. Después de arreglarse, se dirigió al escritorio y encendió la computadora con la intención de revisar el documento antes de enviarlo a la editorial.La pantalla se encendió, pero el archivo no apareció. Adelaide frunció el ceño y buscó nuevamente en la carpeta donde guardaba el manuscrito. No habia nada. Revisó otros documentos, abrió diferentes carpetas y volvió a buscar el nombre del archivo. Su expresión comenzó a cambiar a medida que comprendía que todo su trabajo había desaparecido. El libro completo, en el que llevaba días trabajando, ya no estaba en la computadora. Un escalofrío recorrió su cuerpo al pensar en las consecuencias. Ese

  • Ya no soy tu migajera    El sabotaje

    Cuando finalizó el día, Adelaide salió de la editorial sin imaginar que alguien la observaba desde el interior de un vehículo estacionado a cierta distancia. Antonia había esperado pacientemente hasta verla abandonar el edificio y, apenas el taxi de Adelaide tomó la carretera, encendió el motor para seguirla. Mantuvo una distancia prudente durante todo el trayecto. No quería despertar sospechas ni permitir que Adelaide descubriera que la estaba siguiendo. La ciudad quedó atrás poco a poco y el paisaje comenzó a cambiar hasta convertirse en un camino rodeado de árboles y tranquilidad.Después de varios minutos, Adelaide tomó el desvío que conducía hacia la cabaña. Antonia continuó detrás de ella, observando cada giro hasta que finalmente vio cómo el vehículo se detenía frente a una propiedad rodeada de naturaleza.Adelaide bajó del taxi, pagó; tomó sus pertenencias y caminó hacia la entrada sin mirar hacia atrás. La puerta de la cabaña se abrió y, pocos segundos después, desapareció en

  • Ya no soy tu migajera    La obsesión de Natalie y la rabia de Antonia

    Marco permaneció en silencio durante unos segundos. La pregunta de Natalie había tocado un punto que ya no podía esquivar. Bajó la mirada, apoyó ambas manos sobre el escritorio y respiró profundamente antes de volver a levantar los ojos hacia ella.—Amo a Adelaide —confesó con voz firme, sin intentar esconder lo que sentía—. Sigue siendo la mujer que quiero en mi vida.Natalie sintió un nudo en el pecho, pero mantuvo el rostro sereno.—¿Incluso después de todo lo que han pasado? —preguntó con cautela, entrelazando los dedos frente a su cuerpo.Marco asintió lentamente.—Incluso después de todo eso —respondió, sosteniendo su mirada—. El divorcio no cambió lo que siento por ella. Lo único que cambió fue mi derecho a pedirle que regrese conmigo.Natalie bajó los ojos durante unos instantes. Sabía que aquella conversación podía dolerle, pero necesitaba escuchar la verdad directamente de él.—¿Y qué piensas hacer? —preguntó finalmente, levantando la mirada con expresión seria.Marco dejó e

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    Camila permaneció frente a Marco, intentando encontrar en sus ojos alguna señal que contradijera sus palabras. Después de tantos años, le resultaba difícil aceptar que el hombre que una vez la había amado con tanta intensidad pudiera mirarla ahora con absoluta indiferencia.—Todavía me quieres —aseguró Camila con la voz firme, aunque sus ojos empezaban a delatarla—. Puedes decir lo contrario, pero conozco tu mirada, Marco. Sé que no me has olvidado.Marco negó lentamente con la cabeza y mantuvo la distancia entre ambos.—Te equivocas, Camila —respondió con serenidad—. Lo que sentí por ti terminó hace mucho tiempo.Ella tragó saliva y bajó la mirada durante unos segundos antes de volver a enfrentarlo.—Yo sí te sigo queriendo —admitió, llevándose una mano al pecho—. Regresé porque pensé que todavía podíamos recuperar lo que perdimos.Marco soltó un suspiro y negó nuevamente.—No podemos recuperar algo que dejó de existir —contestó con firmeza—. Ya no siento lo mismo por ti. Mi vida cam

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