INICIAR SESIÓNEl almuerzo transcurrió en una calma cuidadosamente construida por Antonia, quien se esforzaba por mantener la conversación ligera mientras observaba de reojo a su hijo. Natalie llegó a los viñedos poco antes de la hora acordada y, al entrar en la casa, encontró a Marco sentado a la mesa junto a Renato. Vestía de manera sencilla, sin la formalidad que acostumbraba llevar en el trabajo, y aunque intentaba comportarse con normalidad, la expresión cansada de su rostro dejaba claro que aquellos días lejos del trabajo no estaban siendo precisamente de descanso. Natalie lo conocía desde hacía demasiados años como para no notarlo, pero no hizo preguntas incómodas ni mencionó a Adelaide. Se limitó a acercarse con una sonrisa tranquila, como aquella muchacha que años atrás solía aparecer en los viñedos para arrastrarlo a alguna aventura.—Espero que no hayan empezado sin mí —comentó Natalie con una sonrisa juguetona mientras dejaba su bolso sobre una silla y se acercaba a la mesa.Marco levant
En los viñedos, Marco se tomó unos días lejos de la empresa para procesar el divorcio y ordenar todo aquello que llevaba días revolviéndole la cabeza. No quería regresar a la mansión; cada espacio de aquella casa conservaba algún recuerdo de Adelaide y, después de firmar los documentos que los convertían legalmente en dos personas separadas, sentía que cruzar aquellas puertas sería como enfrentarse una y otra vez a una ausencia que todavía no sabía cómo soportar. El dormitorio le recordaba las noches en que ella permanecía despierta esperando que él llegara, la mesa del comedor conservaba las conversaciones que Adelaide intentaba iniciar mientras él apenas le prestaba atención y hasta los pequeños detalles, como una taza olvidada o un libro sobre algún mueble, parecían tener algo de ella. Lo más difícil era recordar su dulzura, aquella manera paciente con la que intentaba acercarse a él incluso cuando recibía indiferencia a cambio. Adelaide buscaba cualquier momento para hablarle, pre
Mientras tanto, en la cabaña de Lorenzo, el aroma del café recién preparado se extendió por toda la cocina. Sofía había preparado un desayuno abundante, mientras Mateo permanecía sentado a la mesa, balanceando las piernas e intentando alcanzar un cochecito con el que jugaba en la mesa. Adelaide apareció poco después, con el cabello suelto y una expresión más relajada que en los últimos días. Aunque todavía llevaba consigo el peso de haber firmado el divorcio, aquella mañana quería dejar las preocupaciones fuera de la mesa y permitirse disfrutar de un momento de tranquilidad. Lorenzo llegó, cargando una bolsa con frutas y algunos dulces para Mateo, y su presencia hizo que el ambiente se llenara rápidamente de bromas y pequeñas risas.—¡Mira lo que traje para ti, campeón! —exclamó mientras sacaba un pequeño paquete de la bolsa y se lo entregaba a Mateo con una sonrisa.Mateo abrió los ojos emocionado y tomó el regalo entre sus manos.—¡Es el que quería! —celebró mientras se levantaba de
La noche había caído sobre los viñedos, pero Marco todavía no conseguía conciliar el sueño. Desde que regresó en la cabaña llevaba horas sentado en el borde de la cama, con los documentos del divorcio guardados en el cajón de la mesa de noche. No quería volver a mirarlos. Ya los había visto suficientes veces durante el día como para entender que aquellas hojas representaban mucho más que un trámite legal. Representaban el final de la única relación que, a pesar de todos sus errores, había llegado a significar algo profundo para él. Se pasó ambas manos por el rostro y dejó escapar un suspiro. La voz de Adelaide seguía en su cabeza. No. Ya no siento nada por ti, Marco. Cerró los ojos intentando expulsar aquellas palabras, pero cuanto más lo intentaba, más presentes se volvían. En algún momento tomó el teléfono y abrió la conversación con ella. El número continuaba guardado, aun así, había continuado escribiéndole. Era una costumbre nacida de la desesperación, como si mantener aquellas pa
Marco regresó a los viñedos con la carpeta del divorcio sobre el asiento del acompañante. Durante todo el camino mantuvo la mirada fija en la carretera, pero su mente permanecía en aquella cabaña. No podía dejar de recordar el rostro de Adelaide cuando le respondió que ya no lo amaba. Había esperado escuchar cualquier cosa menos aquello. Una parte de él todavía confiaba en que ella reconocería que sus sentimientos seguían vivos y le permitiría luchar por ellos, incluso después de firmar el divorcio. Pero Adelaide había sido clara. Lo había mirado directamente a los ojos y había elegido cerrar aquella historia. Cuando llegó a los viñedos, dejó el coche junto a la casa principal y descendió lentamente. El aire fresco de la mañana se mezclaba con el aroma de las vides y el movimiento de los trabajadores que comenzaban sus labores. Marco caminó sin prestar atención a nadie hasta llegar a la terraza, donde Renato revisaba algunos documentos mientras tomaba café. Su padre levantó la mirada
Adelaide apenas consiguió cerrar la puerta cuando las fuerzas la abandonaron. Se deslizó lentamente hasta el suelo y terminó sentada contra la madera, con las manos temblando y la respiración entrecortada. Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas. El dolor de perder a Marco se sentía tan profundo como el de perder a su bebé, y esa comparación la destrozaba todavía más porque ambos dolores pertenecían a partes distintas de su corazón que nunca dejarían de existir. Se abrazó a sí misma mientras intentaba respirar, repitiéndose que había tomado la decisión correcta. Se había elegido a sí misma aquella vez. Después de tantos años viviendo pendiente de un hombre que nunca supo darle el lugar que merecía, había decidido salvarse. Pero saber que Marco había cambiado no conseguía borrar todo lo que ocurrió entre ellos. Podía reconocer que él lamentaba sus errores, podía ver la tristeza en sus ojos y aun así no olvidar las heridas que le dejó. El amor seguía allí, escondido de







