MasukAl dia siguiente, Adelaide llegó temprano a la editorial y atravesó el amplio vestíbulo con una mezcla de nervios y determinación. Todavía le costaba asimilar que aquel lugar también formaba parte de su nueva vida. Semanas atrás escribía a solas en una pequeña habitación, sin saber a donde llegaría; ahora contaba con un contrato, lectores y un espacio propio dentro de una de las editoriales más importantes de Florencia. Elena, la editora encargada de acompañarla durante el proceso de publicación, la recibió con una sonrisa y la condujo hasta el despacho que le asignaron. Era una oficina luminosa, sencilla y elegante, con un escritorio amplio, una biblioteca y un gran ventanal desde el que podía contemplarse parte de la ciudad. Adelaide dejó su bolso sobre la silla y recorrió el lugar con la mirada, sintiendo que aquel espacio representaba algo más que un ascenso profesional. Era una oportunidad para comenzar de nuevo.—Este será tu espacio mientras trabajemos en tus próximos proyectos
A varios kilómetros de la cabaña donde Adelaide comenzaba a construir su nueva vida, una imponente residencia se alzaba detrás de altos portones de hierro forjado, rodeada de jardines cuidadosamente mantenidos y antiguos árboles que cubrían parte de la propiedad con sus copas. La casa pertenecía a Sebastián Moretti, un empresario de cuarenta años cuya fortuna familiar creció durante generaciones y que él mismo consiguió ampliar mediante inversiones en bienes raíces, hoteles y empresas agrícolas. Su nombre era conocido en los círculos empresariales más importantes de Florencia, aunque rara vez aparecía en revistas o eventos sociales. Sebastián prefería mantener una vida discreta y alejada de las cámaras, especialmente desde que enviudó cinco años atrás. La muerte de su esposa transformó sus prioridades y, desde entonces, su hija Clara ocupaba el centro de cada decisión. La niña, de diez años, creció rodeada de comodidades, pero Sebastián procuró que el dinero nunca sustituyera aquello
Natalie se encontraba en el estudio fotográfico donde realizaba una sesión para una nueva campaña cuando recibió la llamada de Antonia. Llevaba varias horas frente a las cámaras y acababa de terminar uno de los cambios de vestuario cuando su representante se acercó para avisarle que tenía una llamada pendiente. Natalie tomó el teléfono mientras caminaba hacia un rincón más tranquilo del estudio, todavía con el cabello perfectamente arreglado y el maquillaje intacto.—¿Todo está bien, Antonia? —preguntó con curiosidad mientras observaba su reflejo en uno de los grandes espejos del estudio.La voz de Antonia perdió cualquier rastro de ligereza.—Camila regresó a Italia —informó con tono serio mientras permanecía sentada en su despacho de los viñedos—. Hoy fue a ver a Marco.Natalie dejó de moverse. El nombre consiguió cambiar por completo la expresión de su rostro. Durante unos segundos, el bullicio del estudio quedó relegado a un segundo plano. Camila. Había escuchado aquel nombre much
En otro punto de la ciudad. La mañana transcurrió con normalidad en las oficinas de Prieto, aunque Marco llevaba varios días intentando recuperar el ritmo después de haberse apartado temporalmente de la empresa. Regresar a su despacho no resultó sencillo. El trabajo siempre consiguió mantener su mente ocupada, pero aquella mañana cualquier pausa terminaba llevándolo hacia Adelaide. Sobre su escritorio se acumulaban documentos que necesitaban su firma, informes financieros y varios asuntos pendientes que Renato había dejado bajo su responsabilidad, pero Marco llevaba varios minutos contemplando la pantalla sin leer realmente lo que tenía delante. Desde el divorcio, la ausencia de Adelaide se convirtió en una presencia constante. Todo lo que antes le parecía cotidiano ahora adquiría un valor que solo consiguió comprender cuando dejó de tenerla. Una secretaria entró al despacho después de tocar suavemente la puerta. —Señor Prieto, tiene una visita —anunció la mujer con discreción mient
El aeropuerto de Florencia estaba repleto de viajeros aquella tarde, pero entre la multitud destacó una mujer que avanzaba con una elegancia natural, arrastrando una pequeña maleta mientras sostenía su bolso sobre el hombro. Camila Fuentes acababa de regresar a Italia después de varios años lejos de aquel lugar, y aunque intentaba mantener el rostro sereno, sus ojos recorrían cada espacio con una mezcla de nostalgia y determinación. Vestía un traje claro perfectamente entallado, zapatos de tacón bajo y llevaba el cabello oscuro cayendo sobre sus hombros con un cuidado impecable. Había cambiado con los años; ya no era la joven que Marco recordaba, aquella muchacha que alguna vez creyó conocer mejor que a nadie. Ahora era una mujer sofisticada, segura de sí misma y consciente del efecto que provocaba cuando entraba en cualquier lugar. Sin embargo, debajo de aquella apariencia cuidadosamente construida permanecía un sentimiento que el tiempo no consiguió borrar. Camila nunca olvidó a Ma
Continuaron caminando entre las hileras de viñedos, dejando atrás poco a poco la casa donde Antonia y Renato permanecían conversando. El silencio entre ellos ya no tenía la ligereza de unos minutos atrás. La mención de Camila había cambiado el ánimo de Marco, pero Natalie no parecía dispuesta a permitir que aquel recuerdo terminara convirtiendo la tarde en otra oportunidad para encerrarse en sus pensamientos. Caminó unos metros a su lado antes de reunir el valor suficiente para abordar el tema que realmente le interesaba. Sabía que Adelaide seguía siendo una herida abierta y también comprendía que preguntar directamente por ella podía provocar que Marco levantara una barrera, así que eligió sus palabras con cuidado. Mientras avanzaban por uno de los senderos, Natalie observó de reojo el rostro serio de su amigo y finalmente habló con una suavidad que no pretendía invadirlo.—¿Y Adelaide? —preguntó con cautela mientras mantenía la mirada al frente—. ¿Qué fue lo que realmente sentiste p







