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SIETE PRÍNCIPES

Author: Donney
last update publish date: 2026-10-21 18:21:01

El Palacio de Plata tenía cien habitaciones, y Lucien Silvercrest había memorizado cada una de ellas.

Sabía qué pasillos resonaban a medianoche. Sabía qué ventanas dejaban entrar más luz de luna. Sabía qué paredes eran lo suficientemente delgadas como para escuchar susurros, y cuáles eran lo suficientemente gruesas como para ocultar secretos.

Nunca había necesitado más ese conocimiento que esta noche.

La cámara del consejo estaba vacía ahora: los otros príncipes se habían retirado a sus propios cuartos, los sacerdotes habían huido a sus templos, los sirvientes habían sido despedidos. Solo Lucien se quedó, de pie junto a la ventana, viendo la lluvia caer sobre la ciudad de abajo.

Debería haberse sentido aliviado. El vínculo fue cortado. Se evitó la crisis política. La chica se había ido.

No sintió nada.

No, eso no era cierto. Él sintió algo. Algo frío y hueco y royendo sus entrañas como una rata en una pared. Algo que susurraba que cometió un error en una voz que sonaba inquietantemente como la suya.

Lo ignoró.

Había hecho lo que había que hacer. El enlace siete veces era una anomalía, un defecto en la magia antigua, un mal funcionamiento de las piedras lunares. No se le podía permitir estar de pie. La estabilidad de los siete reinos dependía de que las líneas de sangre reales permanecieran puras, controladas y predecibles.

¿Un plebeyo con siete compañeros? Era impensable. Fue un caos.

Y Lucien Silvercrest no permitió el caos.

Se dio la vuelta de la ventana y caminó hacia su escritorio. Una pila de informes lo esperaba: acuerdos comerciales, disputas fronterizas, el interminable papeleo de la gobernanza. Él debería atenderlos. Debería enterrarse en el trabajo hasta que el recuerdo de los ojos violetas y el cabello plateado se desvaneciera de su mente.

Se sentó. Cogió un bolígrafo. Se quedó mirando el papel.

No escribió ni una sola palabra.

En cambio, recordó.

Recordó el momento en que se formó el vínculo: la calidez que lo había inundado, la sensación de reconocimiento, la sensación de volver a casa después de años de vagar. Recordó la forma en que Aria lo había mirado, no con odio, no con ira, sino con algo peor. Algo así como renuncia. Algo así como lo había esperado todo el tiempo.

Recordó la palabra que ella había susurrado, tan tranquila que casi se la perdió.

Por favor.

Lo había ignorado. Él la había rechazado de todos modos.

Y ahora se había ido, arrojada del palacio, abandonada bajo la lluvia, abandonada a morir en el bosque.

No debería importarle. Ella no era nada para él. Un plebeyo. Un defecto. Un error.

Pero no podía dejar de pensar en ella.

No podía dejar de preguntarse si acababa de destruir algo precioso.

Kaiden Bloodfang no era un hombre que dudara de sí mismo.

Había sido criado para estar seguro, para tomar decisiones rápidamente, para actuar sin dudarlo, para nunca mirar hacia atrás. Era un guerrero. Los Warriors no dudaron. Los guerreros no se arrepentieron.

Pero no podía dejar de caminar.

La habitación era demasiado pequeña. Las paredes estaban demasiado cerca. El aire era demasiado espeso. Se sentía como si se estuviera asfixiando, como si algo estuviera presionando contra su pecho, algo que no podía ver ni nombrar.

Él la había rechazado. Él había dicho las palabras. Él había cortado el vínculo.

Entonces, ¿por qué sintió que acababa de perder algo?

Él gruñó y golpeó la pared. La piedra se agrietó bajo su puño. El dolor se disparó por su brazo, una distracción bienvenida del caos en su mente.

Ella era débil. Ella era una Omega. Ella era todo lo que le habían enseñado a despreciar.

Pero ella también había sido valiente. Ella había estado en ese círculo, sangrando y rota, y no había rogado. Ella no había suplicado. Ella acababa de mirarlo con esos ojos violetas y aceptó lo que estaba haciendo.

Eso no fue debilidad. Eso fue fuerza.

Y lo había tirado.

Golpeó la pared de nuevo. Y otra vez. Y otra vez.

Cuando finalmente se detuvo, sus nudillos estaban ensangrentados y la pared estaba llena de escombros.

No ayudó.

Rowan Frostvale se sentó en el rincón más oscuro de sus aposentos, rodeado de libros.

Había estado leyendo desde que terminó la ceremonia, tirando de todos los textos que podía encontrar en lazos antiguos, en piedras lunares, en la profecía séptuple. Sus ojos ardían. Le dolía la cabeza. A él no le importaba.

Algo andaba mal.

No solo el bono siete veces, eso no tenía precedentes, sí, pero también era explicable. Las piedras lunares eran antiguas, la magia era compleja, la situación era única. Estas cosas sucedieron.

Pero la forma en que se había formado el vínculo, la forma en que los había conectado a los siete con ella, eso no fue aleatorio. Eso no fue un mal funcionamiento.

Eso fue diseño.

Alguien había planeado esto. Alguien había diseñado el vínculo siete veces. Alguien había querido que Aria estuviera conectada con los siete príncipes.

Y alguien había querido que la rechazaran.

Necesitaba saber quién. Necesitaba saber por qué.

Alcanzó otro libro, una historia de la línea de sangre lunar, escrita antes de las purgas, y comenzó a leer.

Elias Shadowmere se paró en las sombras del patio del palacio, observando la lluvia.

No había ido a sus cuartos. No se había unido a los otros príncipes. No había hecho nada más que quedarse aquí, quieto y en silencio, pensando.

Él había sabido que el rechazo estaba mal. Lo había sabido desde el momento en que se formó el vínculo, desde el momento en que sintió la calidez de la presencia de Aria en su mente, la atracción de su alma contra la suya.

Él lo sabía, y no había hecho nada.

Se había dicho a sí mismo que estaba jugando un juego largo. Se había dicho a sí mismo que estaba protegiendo la red de inteligencia, la frágil red de espías e informantes que mantenía a Shadowmere a salvo. Se había dicho a sí mismo que rechazar a Aria era necesario para mantener la ilusión de lealtad al consejo.

Se había mentido a sí mismo.

La había rechazado porque tenía miedo. Miedo al vínculo, miedo a la conexión, miedo a lo que significaría dejar entrar a alguien.

Había pasado toda su vida manteniendo a la gente a distancia, observándolos, analizándolos, manipulándolos. Nunca había dejado que nadie cerrara.

Y ahora, por primera vez, alguien había estado cerca. Alguien había sido elegido para él.

Y lo había tirado.

Cerró los ojos y sintió la lluvia en su cara.

Lo siento, pensó. No sabía si Aria podía oírlo. Él no sabía si el vínculo todavía funcionaba. Pero lo pensó de todos modos.

Lo siento.

Adrian Dawncrest era un sanador.

Había hecho un juramento, no uno formal, no uno público, sino un juramento de todos modos. Había prometido proteger la vida, aliviar el sufrimiento, no hacer daño.

Esta noche, había roto ese juramento.

Se sentó en la esquina de su habitación, con las manos temblando, su mente corriendo. Había visto la sangre en la cara de Aria. Había visto la forma en que su cuerpo se había convulsionado, la forma en que sus ojos habían vuelto hacia atrás, la forma en que se había derrumbado como una marioneta con sus cuerdas cortadas.

Ella podría estar muerta.

Ella podría estar muriendo.

Y fue su culpa.

Debería haberlo detenido. Debería haber hablado. Debería haber hecho algo, cualquier cosa, aparte de estar allí como un cobarde y mirar.

Pero él había tenido miedo. Él siempre había tenido miedo.

Había pasado toda su vida evitando el conflicto, difiriendo a la autoridad, confiando en sus superiores, creyendo que si solo seguía las reglas, todo estaría bien.

Y ahora alguien estaba muerto por su culpa.

Él no sabía si Aria estaba viva. Él no sabía si ella había sobrevivido a la noche. No sabía nada, excepto que había fracasado.

Se atrajo las rodillas al pecho y comenzó a llorar.

Draven Thornwood estaba enfadado.

Había estado enojado toda su vida, enojado con el sistema real, enojado con el mundo civilizado, enojado con cualquiera que tratara de controlarlo. Había canalizado esa ira en su clan, su gente, su lucha por la independencia de los reinos corruptos.

Pero esta noche, estaba enojado consigo mismo.

Él la había rechazado. La había llamado débil, la había llamado inútil, la había llamado todo lo que le habían enseñado a despreciar.

Pero ella no había sido débil. Ella se había parado en ese círculo, sangrando y rota, y no había retrocedido. Ella no había suplicado. Ella no había suplicado. Ella los había mirado, a él, con ojos que decían que sé lo que eres. Sé lo que has hecho. Y nunca te perdonaré.

Eso no fue debilidad. Eso fue fuerza.

Ese era el tipo de fuerza que su gente valoraba por encima de todo.

Y lo había tirado.

Se quedó en sus aposentos, con los puños apretados, mirando a la pared.

Él la encontraría. Él la rastrearía, dondequiera que ella hubiera ido. Él la miraba a los ojos y le decía que se había equivocado.

Él no esperaba perdón. No se lo merecía.

Pero él se lo diría de todos modos.

Silas Starfall estaba viendo cosas.

No las cosas habituales, no los fragmentos de posibles futuros que perseguían sus sueños, los destellos de lo que podría ser. Esto fue diferente. Esto fue más claro. Esto era más urgente.

Vio a Aria en el bosque. La vio sola, sangrando, muriendo. La vio transformarse en un lobo, no en cualquier lobo, sino en algo hermoso y aterrador, un lobo blanco plateado con ojos violetas. La vio de pie frente a un templo en ruinas. La vio leyendo una carta, con lágrimas corriendo por su cara.

La vio salvando el mundo.

La vio destruyéndolo.

Vio a siete príncipes de pie frente a ella, sus manos entrelazadas en unidad. Vio a siete príncipes tirados muertos a sus pies.

Vio al Rey Hueco levantarse de la tierra.

Vio al Primer Creador descendiendo de las estrellas.

La vio: una diosa, una reina, una fuerza de la naturaleza. La vio, una chica, rota y sola, llorando en la oscuridad.

No sabía qué visión era cierta. No sabía si alguno de ellos era cierto.

Pero él sabía una cosa.

Había cometido un error.

Había visto el futuro, todos ellos, y la había rechazado porque tenía miedo. Miedo a la destrucción, miedo al caos, miedo al poder que vio en ella.

Había pensado que estaba previniendo el apocalipsis.

Había pensado que estaba salvando el mundo.

Pero había olvidado algo, algo que su padre le había enseñado cuando era niño.

Las visiones no son certezas. Son posibilidades. Muestran lo que podría suceder, no lo que debe suceder.

Había olvidado que podía cambiar el futuro. Había olvidado que tenía una opción.

Él había elegido el miedo. Él había elegido el rechazo. Él había elegido alejarla.

Y ahora el futuro se estaba oscureciendo, todas las posibilidades convergendo en la destrucción, en la muerte, en el final de todo.

Tenía que encontrarla. Tenía que advertirle. Tuvo que decirle lo que había visto.

Tuvo que detener el apocalipsis antes de que comenzara.

Muy por debajo del palacio, bajo las raíces de las antiguas montañas, algo se agitó.

El Rey Hueco abrió los ojos.

Había estado durmiendo durante siglos, no muerto, no vivo, sino suspendido en un estado entre los dos. Había estado soñando con el mundo de arriba, con los lobos que lo habían encarcelado, la diosa que lo había derrotado, el pacto que lo había unido.

Él había estado esperando.

Él sabía que este momento llegaría. Lo había visto en las estrellas, lo había sentido en la tierra, lo había escuchado en los susurros de sus seguidores. El enlace siete veces. El heredero lunar. El rechazo.

El principio del fin.

Sonrió, una sonrisa que no era una sonrisa, una forma que no era un rostro, una oscuridad que no era oscuridad.

Ella venía. La chica que lo cambiaría todo. La chica que restauraría el pacto, o lo destruiría.

Él estaría esperando.

Él le ofrecería todo lo que ella siempre había querido.

Y luego se llevaría todo lo que ella siempre había amado.

El Rey Hueco cerró los ojos y comenzó a soñar.

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