Se connecterLa lluvia todavía estaba cayendo cuando Aria abrió los ojos.
Estaba acostada en los escalones del palacio, su cuerpo roto, su sangre mezclándose con el agua y arremolinándose hacia las alcantarillas. Sobre ella, el cielo era negro, sin lunas, sin estrellas, nada más que nubes y frío. Ella intentó moverse. No pasó nada. Ella intentó hablar. Un gorgoteo. Nada más. Así es como termina, pensó ella. Así es como muero. Solo. Olvidado. Inútil. Y luego escuchó pasos. No los pasos fríos y medidos de los guardias del palacio. No los pasos agudos e impacientes de su tía. Estos fueron apresurados, frenéticos, los pasos de alguien corriendo. "¡Aria!" Mira. Aria sintió manos en su cara, sus hombros, su pecho. Sintió que alguien la levantaba, la acunaba, la sostenía contra un cuerpo cálido que olía a humo y hierro y hogar. "Aria, ¿puedes oírme? Aria, por favor, por favor, no mueras..." Ella trató de responder. Ella no pudo. "¿Qué te hicieron?" La voz de Mira se quebró. "¿Qué hicieron?" Aria quería reírse. Ella quería llorar. Quería contarle todo a Mira: el vínculo, el rechazo, el dolor, la voz. Pero su cuerpo no cooperaría. Ella sintió que la levantaban. Ella se sentía llevada. Sintió que la lluvia se detenía mientras se movían hacia el bosque, los árboles cerrándose a su alrededor como brazos protectores. "Quédate conmigo", susurró Mira. "Quédate conmigo, Aria. No te dejaré ir". Aria cerró los ojos. Y entonces el colgante comenzó a brillar. Mira vio la luz y casi la deja caer. El colgante alrededor del cuello de Aria, el cristal en forma de media luna que había usado desde la infancia, brillaba. No débilmente, no sutilmente, sino brillantemente, una luz plateada que atravesó la oscuridad, la lluvia y el frío. "¿Qué...?" La luz se extendió. Se movió del colgante al pecho de Aria, a sus brazos, a su cara. La envolvió como una manta, como un capullo, como algo vivo. Mira tropezó hacia atrás, casi dejando caer a Aria en su shock. Pero la luz se mantuvo, parecía estar sosteniendo a Aria, soportando su peso, manteniéndola con vida. Y luego llegó la voz. Hija de la primera luna. Mira se congeló. La voz no venía de Aria, sino de la luz, del colgante, del propio bosque. Estaba en todas partes y en ninguna parte, antiguo y familiar, poderoso y gentil. No estás solo. Nunca estuviste solo. "Qué... quién..." tartamundeó Mira. Llévala al templo. El lugar donde la luna toca la tierra. Allí, ella encontrará sus respuestas. "¿Qué templo? No sé de qué estás hablando..." Sigue la luz. El colgante se encendió. Un rayo de luz plateada se disparó desde él, apuntando más profundamente hacia el bosque. Señalando hacia algo. Mira miró a Aria, a la cara pálida de su amiga, sus ojos cerrados, su respiración superficial. Miró el bosque, oscuro y peligroso y lleno de cosas que no entendía. Ella tenía una opción. Ella podría volver atrás. Ella podría encontrar ayuda. Ella podría hacer lo sensato, lo seguro, lo que la mantendría viva. O ella podría seguir la luz. Ella movió el peso de Aria en sus brazos y comenzó a caminar. Caminaron durante horas. Mira no sabía cómo seguía adelante. Le dolían los brazos. Le ardían las piernas. Su espalda gritaba con cada paso. Pero ella no se detuvo. Ella no podía parar. Aria se estaba muriendo. Mira podía sentirlo: la forma en que la respiración de su amiga se hizo más superficial, la forma en que su piel se volvió más fría, la forma en que los latidos de su corazón se debilitaron. Si se detuviera, Aria moriría. Así que ella siguió caminando. El bosque cambió a medida que se profundizaban. Los árboles crecieron más altos. El aire se volvió más frío. La luz del colgante se hizo más brillante, iluminando un camino que parecía materializarse de la nada. Y luego llegaron al templo. Mira se detuvo. Ella se quedó mirando. No era lo que ella esperaba. Cuando pensaba en los templos, pensaba en las grandes estructuras de la capital: mármol respeleño, agujas doradas, sacerdotes con túnicas blancas. Esto no fue nada de eso. Esto era antiguo. Arruinado. Piedra negra cubierta de vides, la mitad del techo se derrumbó, árboles creciendo a través de las paredes. Debería haber sido aterrador. Pero no lo fue. Tenía ganas de volver a casa. El colgante se encendió. Las puertas del templo se abrieron. Mira llevó a Aria adentro. El templo era más grande de lo que parecía desde el exterior. Pasillos que se extendían en todas direcciones, iluminados por cristales que brillaban con la misma luz plateada que el colgante. Los murales cubrían las paredes: lobos, lunas, estrellas, batallas. Una historia que Mira no pudo entender. Encontró una cámara con un altar de piedra y un charco de luz de luna líquida. Ella acostó a Aria en el altar. Observó cómo la luz del colgante se extendía, cubriendo el cuerpo de Aria, curando sus heridas, restaurando su fuerza. Y luego Aria habló. "¿Mamá?" Mira dio la vuelta. "¿Aria? Aria, ¿puedes oírme?" Pero Aria no estaba hablando con ella. Ella estaba mirando la piscina, la figura que se elevaba de ella, una mujer hecha de luz de luna y memoria, una mujer con cabello plateado y ojos violetas. La madre de Aria. "¿Mamá?" Aria dijo de nuevo. Su voz era débil, pero estaba viva. Ella estaba viva. La figura sonrió. Mi valiente y hermosa chica. "¿Qué está pasando?" Aria trató de sentarse, pero la luz la detuvo. "¿Estoy muerto?" No. Por fin estás despierto. "¿Despierto?" Aria miró sus manos. Estaban brillando, ligeramente, la luz plateada se serinfataba a través de su piel. "Qué..." Eres la hija de la línea de sangre lunar. El último de los primeros hijos de la Diosa de la Luna. Tu lobo nunca faltaba. Estaba sellado, oculto, para protegerte de aquellos que te habrían matado. Aria miró fijamente a su madre. "No lo entiendo". Lo harás. A tiempo. La figura parpadeó. Pero hay algo que necesitas saber ahora. Algo importante. "¿Qué?" El sello se está rompiendo. El rechazo: dañó la unión que coloqué en tus poderes. Tu lobo se está despertando. Tus habilidades están regresando. "No tengo ninguna habilidad. No tengo un lobo. No soy nada..." Lo eres todo. La voz de la figura era firme. Tú eres de quien habló la profecía. El que restaurará el pacto o lo destruirá. Las manos de Aria temblaban. "¿Qué pacto? ¿Qué profecía? ¿De qué estás hablando?" Aprenderás. El templo te enseñará. Te enseñaré. La figura comenzó a desvanecerse. Pero primero, debes sobrevivir. "Espera, no te vayas..." Te amo, Aria. Siempre te he amado. Nunca olvides eso. La figura se disolvió en la luz de la luna. La piscina se quedaba quieta. Aria estaba sola de nuevo. Pero ella no lo estaba. Podía sentir algo dentro de ella, algo que había estado durmiendo durante dieciocho años, algo que finalmente estaba despertando. Algo poderoso. Algo salvaje. Algo que era de ella. "¿Aria?" La voz de Mira era temblorosa. "¿Qué acaba de pasar?" Aria miró a su amiga. A la luz de la luna. En sus propias manos, todavía brillando, todavía palpitando con poder. "No lo sé", susurró ella. "Pero creo que estoy a punto de averiguarlo". La transformación llegó al amanecer. Aria había pasado la noche en el templo, explorando sus cámaras, leyendo sus murales, escuchando la voz de su madre eco por los pasillos. Había aprendido cosas que aún no podía entender: la historia de la línea de sangre lunar, la creación del pacto, la existencia de un antiguo enemigo llamado el Rey Hueco. Ella había aprendido que era la última de su especie. Había aprendido que era la única que podía salvar el mundo. Y ahora, mientras los primeros rayos de sol se filtraban a través del techo roto del templo, sintió que algo se desplazaban dentro de ella. "Algo está pasando", jadeó. Mira corrió a su lado. "¿Qué? ¿Qué es?" "No... no puedo..." Aria se dobló, agarrando su estómago. "Duele..." El dolor era abrumador, peor que el rechazo, peor que cualquier cosa que ella hubiera sentido. Podía sentir que sus huesos se alargaban, sus músculos se expandían, su piel se partía. Podía sentir la piel reventando a través de su carne. Ella podía sentir... Y luego la luz explotó. Mira protegió sus ojos. Cuando los abrió de nuevo, Aria se había ido. En su lugar había un lobo. Era enorme, más grande que cualquier lobo que Mira hubiera visto, con un pelaje blanco plateado que parecía brillar con su propia luz. Sus ojos eran violetas, profundos y antiguos y conocedores. Fue hermoso. Fue aterrador. Era Aria. El lobo miró a Mira. Su cola se movió, una, dos veces, vacilante. Curioso. Mira se rió. Ella no pudo evitarlo. "Eres un lobo", dijo ella. "En realidad eres un lobo". El lobo ladró, un sonido que era casi una risa. Y luego retrocesó, y Aria se paró frente a ella, sin aliento, temblando, viva. "Soy un lobo", susurró. "Soy un lobo, Mira. Soy un lobo". Mira la abrazó. "Yo lo sé. Lo sé. Eres un lobo". Aria retroceso, sus ojos brillaban con lágrimas. "¿Qué hago ahora? No sé qué hacer. El consejo me está cazando. Mi tía me ha repudiado. No tengo a dónde ir". "Me tienes a mí", dijo Mira. "Tienes el templo. Tienes el legado de tu madre". "El templo se está desmoronando. El legado es..." Aria se detuvo. Miró las paredes, los murales, los cristales que aún brillaban con luz plateada. "El templo sigue aquí. El legado sigue aquí. Puedo aprender. Puedo entrenar. Puedo..." "¿Conviértete en la Diosa de la Luna?" Dijo Mira, medio bromeando. Aria se rió, una risa de verdad, la primera en meses. "No sé sobre eso. Pero puedo convertirme en algo". Ella miró el templo. Ella miró a la luz de la luna. Miró sus manos, todavía ligeramente brillantes. "El consejo te está cazando", dijo Mira en voz baja. "Los príncipes te están cazando. El mundo entero te está persiguiendo". "Déjalos cazar", dijo Aria. "Ya no soy la chica que rechazaron". Caminó hacia las puertas del templo y las abrió. La luz del sol se inundó, dorada, cálida y hermosa. Salió y miró el bosque, su bosque ahora, su hogar. "Soy la hija de la luna", dijo ella. "Y ya no estoy corriendo". Esa noche, Aria se quedó sola en la cámara central del templo, mirando la piscina de luz de luna. El colgante estaba caliente contra su pecho. La voz de su madre resonó en su memoria. El poder todavía estaba allí, zumbando bajo su piel, esperando ser utilizado. Ella pensó en los siete príncipes. Sobre sus caras, frías, duras y hermosas. Sobre las palabras que habían dicho, rechazo el vínculo, una y otra vez, siete veces, como cuchillos cortando su alma. Ella los había amado una vez. Ella había pensado que eran su destino. Ella había pensado que eran la respuesta a sus oraciones. Ahora ella sabía la verdad. Ellos no eran su destino. No fueron su respuesta. Eran solo hombres, defectuosos, asustados, cegados por el orgullo, los prejuicios y el miedo. Ella no los necesitaba. Ella no necesitaba a nadie. Ella se necesitaba a sí misma. Cerró los ojos e hizo un voto. Aprenderé a controlar mis poderes. Entenderé el pacto. Me volveré lo suficientemente fuerte como para protegerme a mí mismo y a las personas que amo. Y nunca, nunca, dejaré que nadie me rechace de nuevo. El colgante se encendió. El templo zumbó. Las lunas de arriba parecían brillar un poco más. Y Aria sabía que estaba lista.La plaga llegó a Haven en el octavo día.Aria estaba en la tienda médica cuando llegaron las primeras víctimas: una familia de cuatro de la frontera norte, con la piel gris, los ojos huecos y los cuerpos destrozados con temblores. Habían caminado durante tres días, dijo la madre, cargando a su hijo menor, que había dejado de respirar dos veces en el viaje.Talia ya estaba allí, sus manos se movían con práctica eficiencia mientras examinaba a los pacientes. Había estado en Haven durante dos días, enviado por el propio Adrian Dawncrest, y se había lanzado al trabajo sin dudarlo."Es la misma corrupción", dijo Talia, con la voz tensa. "Los lazos de los compañeros se están rompiendo. La magia es desestabilizadora. Lo he visto antes, en Dawncrest, en los pueblos fronterizos. Se está extendiendo más rápido de lo que podemos tratarlo".Aria se arrodilló junto a la madre, sus manos ya brillando con la luz lunar. "Déjame ayudarte".Puso sus manos en el pecho del niño. El resplandor plateado se
Aria había estado en Haven durante seis días cuando escuchó por primera vez el aullido.Estaba en el patio de entrenamiento detrás de la cabaña de Elara, practicando sus transformaciones. Cambiar a lobo. Cambio hacia atrás. Cambia de nuevo. El espíritu guardián le había enseñado lo básico en el templo, pero aquí, en el mundo real, con el sol en su cara y el viento en su pelaje, estaba aprendiendo a dominarlo.Mira estaba entrenando con una espada de madera contra un maniquí de entrenamiento. Elara estaba mirando desde el porche, sus antiguos ojos no les faltaban nada. Algunos de los residentes de Haven se habían reunido para observar, no con sospecha, sino con curiosidad.Entonces el aullido dividió el aire.Fue largo, bajo y triste: el aullido de un lobo que buscaba algo. O alguien.Aria volvió a la forma humana, su corazón latía con fuerza. Ella conocía ese aullido. Ella lo había escuchado en el círculo ritual, justo antes de que el vínculo se rompiera.Kaiden."¿Qué es?" Preguntó M
Se fueron al amanecer.Aria había pasado tres días más en el templo, aprendiendo todo lo que podía. El espíritu guardián había aparecido en la segunda noche, un lobo translúcido con ojos como la luz de las estrellas, y le había enseñado cómo controlar sus transformaciones, cómo convocar su luz lunar, cómo curar heridas menores. Ella también había explorado la biblioteca oculta, leyendo textos que habían estado sellados durante siglos.Ella había aprendido la verdad sobre el pacto. Ella había aprendido sobre el Rey Hueco. Ella había aprendido sobre el Primer Creador.Y ella había aprendido que ella era la única que podía detenerlos."¿Estás listo?" Preguntó Mira, de pie en las puertas del templo con un paquete colgado sobre su hombro.Aria miró alrededor de la cámara por última vez. La piscina de luz de luna. Los murales en las paredes. El retrato de su madre, de pie junto a la Diosa de la Luna."Estoy listo".Ellos salieron. El bosque los estaba esperando, oscuro y peligroso y lleno d
Aria lo olió antes de verlo.Era débil, solo un rastro en el viento, un indicio de algo familiar y incorrecto. Ella había estado viviendo en el bosque durante tres días, aprendiendo a sobrevivir, aprendiendo a cazar, aprendiendo a ser un lobo. Sus sentidos se habían agudizados. Sus instintos habían despertado.Y cada instinto que tenía le gritaba que horara.Ella estaba en forma humana, recogiendo agua de un arroyo cerca del templo. Mira estaba de vuelta en el campamento, descansando. Habían pasado los últimos tres días explorando el templo, leyendo sus registros, aprendiendo sus secretos. Aria había descubierto cámaras llenas de textos antiguos, artefactos que zumban con poder y una biblioteca oculta que contenía la verdadera historia del mundo sobrenatural.También había descubierto que la estaban observando.La presencia había estado allí desde ayer, una conciencia débil y parpadeante al borde de sus sentidos. Ella lo había ignorado al principio, asumiendo que era una bestia en la
La lluvia todavía estaba cayendo cuando Aria abrió los ojos.Estaba acostada en los escalones del palacio, su cuerpo roto, su sangre mezclándose con el agua y arremolinándose hacia las alcantarillas. Sobre ella, el cielo era negro, sin lunas, sin estrellas, nada más que nubes y frío.Ella intentó moverse. No pasó nada.Ella intentó hablar. Un gorgoteo. Nada más.Así es como termina, pensó ella. Así es como muero. Solo. Olvidado. Inútil.Y luego escuchó pasos.No los pasos fríos y medidos de los guardias del palacio. No los pasos agudos e impacientes de su tía. Estos fueron apresurados, frenéticos, los pasos de alguien corriendo."¡Aria!"Mira.Aria sintió manos en su cara, sus hombros, su pecho. Sintió que alguien la levantaba, la acunaba, la sostenía contra un cuerpo cálido que olía a humo y hierro y hogar."Aria, ¿puedes oírme? Aria, por favor, por favor, no mueras..."Ella trató de responder. Ella no pudo."¿Qué te hicieron?" La voz de Mira se quebró. "¿Qué hicieron?"Aria quería r
El Palacio de Plata tenía cien habitaciones, y Lucien Silvercrest había memorizado cada una de ellas.Sabía qué pasillos resonaban a medianoche. Sabía qué ventanas dejaban entrar más luz de luna. Sabía qué paredes eran lo suficientemente delgadas como para escuchar susurros, y cuáles eran lo suficientemente gruesas como para ocultar secretos.Nunca había necesitado más ese conocimiento que esta noche.La cámara del consejo estaba vacía ahora: los otros príncipes se habían retirado a sus propios cuartos, los sacerdotes habían huido a sus templos, los sirvientes habían sido despedidos. Solo Lucien se quedó, de pie junto a la ventana, viendo la lluvia caer sobre la ciudad de abajo.Debería haberse sentido aliviado. El vínculo fue cortado. Se evitó la crisis política. La chica se había ido.No sintió nada.No, eso no era cierto. Él sintió algo. Algo frío y hueco y royendo sus entrañas como una rata en una pared. Algo que susurraba que cometió un error en una voz que sonaba inquietantement







