LOGINEsa noche no dormí. Me quedé en mi habitación con la bata de seda blanca, mirando el techo, tocándome los labios. Todavía sentía el calor de su abrazo en el pasillo del hospital. Todavía escuchaba su voz ronca diciéndome "gracias, Romina". Nadie le había dicho que lo cuidaría. Y yo se lo había dicho de verdad, con el corazón.
A las tres de la mañana escuché pasos afuera de mi puerta. Era él. Andrew no había dormido tampoco. Lo vi por la rendija de mi puerta entreabierta, con la camisa blanca desabotonada hasta el pecho, el pelo negro desordenado, sirviéndose otro trago en la sala oscura. Se veía tan solo, tan grande y tan solo a la vez. No aguanté más. Abrí la puerta descalza. El piso de mármol estaba helado. —¿No puedes dormir? —le pregunté en voz baja, con miedo. Él se giró de golpe. Cuando me vio ahí parada, con mi bata blanca de seda que se me pegaba al cuerpo, descalza, con el pelo suelto y los ojos llorosos de no dormir, dejó el vaso en la mesa de golpe. El vidrio sonó muy fuerte. —Romina, vete a tu cuarto —me dijo con la voz más ronca que nunca, casi como un ruego—. Te lo pido por favor. No me hagas esto. —¿Hacerte qué? —susurré. —Hacerme desear romper nuestro contrato —dijo apretando los puños—. Hacerme desear tocarte, besarte, hacerte mía. Porque si te toco esta noche, te juro que no voy a poder parar y ya no serás solo mi esposa de mentira. Ya no habrá contrato que valga. Mi corazón se detuvo. Sentía que me iba a desmayar de lo mucho que lo deseaba. Era tan guapo, tan hombre. Con esa edad perfecta, con esos ojos que me miraban con hambre, esa voz grave que me hacía temblar las piernas, su pelo negro con esas canas plateadas en los lados que lo hacían ver tan poderoso, tan perfecto. ¿Cómo no me iba a enamorar? Me acerqué descalza por el piso frío. Cada paso que daba me temblaba todo el cuerpo. —¿Y si yo quiero que rompas el contrato? —susurré ya frente a él, mirando sus labios, oliendo su perfume caro—. ¿Y si yo quiero ser tuya de verdad y no solo en papeles? ¿Y si yo ya no quiero que sea mentira? Andrew cerró los ojos muy fuerte como si estuviera aguantando un dolor insoportable. Su mandíbula estaba apretadísima. Sus manos grandes estaban cerradas en puños para no tocarme. —Romina, soy diez años mayor que tú. Soy frío. Soy roto. Mi propia madre me abandonó cuando yo tenía cinco años. No sé amar. No me enseñaron. Te voy a hacer daño, te voy a lastimar sin querer. —Ya me hicieron daño toda mi vida —le respondí llorando y agarrándole la camisa blanca con mis dos manos—. Mi familia me humilló, me hizo sentir que no valía nada, que era una fracasada. Tú fuiste el único que me defendió en esa cena. El único que me hizo sentir valiosa, que me hizo sentir reina. No me importa si no sabes amar, yo te enseño a amar. No me importa si eres frío, yo te caliento con mi amor. Fue demasiado para él. No aguantó más. Me agarró de la cintura con sus dos manos enormes y fuertes y me jaló contra su pecho duro de golpe. Sentí todo su cuerpo contra el mío. Su calor, su fuerza, su corazón latiendo a mil por hora igual que el mío. —Me estás tentando, Romina —gruñó en mi oído con voz de animal—. Y yo no soy un hombre que se aguanta las ganas. Soy un magnate acostumbrado a tener todo lo que quiero. —No quiero que te aguantes —le dije llorando de deseo—. No quiero que te detengas. Entonces me besó. Dios mío, cómo me besó. No fue un beso tierno y suave. Fue un beso desesperado, con hambre atrasada de años, con rabia, con amor guardado por toda una vida. Me besó como si me hubiera deseado desde la primera vez que me vio llorando en ese balcón oscuro la noche de nuestra boda. Me apretó contra la pared de la sala y me comió la boca, el cuello, me mordió suavecito. Yo lo abracé del cuello y lo besé también, llorando, gimiendo. Me cargó entre sus brazos como si yo no pesara nada, como si fuera una muñeca, y me llevó cargada a su habitación. Su habitación olía a él, a hombre rico, a madera cara. Era oscura, enorme, con una cama gigante negra que nunca nadie había compartido con él. Me acostó en su cama con cuidado, como si fuera algo frágil y valioso. Se puso encima de mí y me miró. Su cara ya no era fría. Ya no era el magnate de hielo. Era la cara de un hombre enamorado, loco, perdido por una mujer. Sus ojos estaban negros de deseo. —Si seguimos, ya no hay vuelta atrás —me dijo respirando agitado encima de mí—. Ya no será un contrato de un año. Serás mía de verdad, para siempre. ¿Entiendes eso? Lo miré con lágrimas y con todo el amor que sentía. —Quiero ser tuya de verdad —le dije agarrando su cara con mis manos—. Rompamos el contrato, Andrew. Por favor, rompamos todas las reglas. Esa noche el contrato de un año se rompió en mil pedazos contra la pared. Esa noche dejé de ser la esposa por contrato y me convertí en su esposa de verdad. En su mujer. Me hizo suya con tanta pasión, con tanta ternura y tanta fuerza a la vez que lloré toda la noche. No de tristeza, de amor. Me susurró cosas al oído que nunca pensé que un hombre tan frío y poderoso diría. —Eres mía, Romina. Solo mía. Nadie más te va a tocar en la vida. Nadie más te va a humillar. Eres mi reina, mi esposa, mi todo. Te amo, creo que te amo desde que te vi. A la mañana siguiente desperté entre sus brazos desnudos, con las sábanas de seda negra enredadas en mi cuerpo. Él estaba dormido todavía, por primera vez en su vida tranquilo, sin esa arruga de preocupación y soledad en la frente. Sus canas se veían hermosas con la luz del sol entrando por la ventana. Se veía tan perfecto, tan mío. Lo toqué con mucho cuidado para no despertarlo. Él abrió los ojos lentamente y cuando me vio a su lado, sonrió. Por primera vez en toda mi vida lo vi sonreír de verdad, sin frialdad, sin hielo. Una sonrisa de amor. —Buenos días, señora Hamilton —me dijo con voz ronca de recién despertado, abrazándome más fuerte contra su pecho desnudo. —Buenos días, esposo —le respondí toda roja y feliz, escondiendo mi cara en su pecho. Me abrazó más fuerte y me besó la frente. —Anoche rompimos todas las reglas del contrato —dijo riéndose bajito. —Lo sé —le dije feliz. —¿Te arrepientes? —me preguntó mirándome serio. Lo miré a los ojos y le besé los labios con amor. —Es lo mejor que he hecho en mi vida. Enamorarme de mi magnate secreto. Pero en ese preciso momento, cuando éramos más felices que nunca, sonó su celular en la mesa. Era su abogado. Andrew contestó en altavoz. —Andrew, tenemos un problema muy grave —se escuchó la voz del abogado asustado—. Tu abuelo dejó una cláusula secreta. Si se comprueba que tu matrimonio es falso, que es por contrato, pierdes toda la herencia de mil millones y tu esposa pierde los cinco millones de dólares. Y alguien... alguien los está investigando. Alguien mandó fotos de ustedes firmando el contrato en el bar. Andrew y yo nos miramos pálidos, desnudos, abrazados. Alguien sabía que nuestro matrimonio empezó como un contrato. Alguien quería destruirnos. ¿Y ahora qué pasaría con nuestro amor que por fin era verdadero?Mi bebé tenía un mes y se llamaba Andrew Jr. Era idéntico a su papá. Tenía los mismos ojos fríos pero cuando me veía se reía. Era el heredero de mil millones de dólares y dormía en mi pecho toda la noche. Yo era la mujer más feliz del mundo. Andrew no me dejaba ni pararme. Me había contratado cinco nanas pero él quería darle el biberón él mismo. El gran magnate de hielo, en boxers, a las tres de la mañana, dándole leche a su hijo y cantándole bajito. —Eres mi todo, Jr. —le decía—. Tú y tu mamá son mi todo. Pero la felicidad no duró mucho. Una mañana llegó una carta del banco. Andrew la abrió en la sala y se puso blanco como papel. —¿Qué pasó? —le pregunté con el bebé en brazos. —Romina... el testamento de mi abuelo... mi abuelo puso una cláusula final que nadie sabía —dijo con la voz temblando—. Dice que para que yo herede oficialmente los mil millones y tú te quedes con los cinco millones, tenemos que casarnos de nuevo. Pero esta vez casarnos de verdad. En una iglesia. Delante
Pasaron siete meses más.Mi panza era gigante. Literalmente gigante. Tenía dos bebés adentro y Andrew Jr. que ya tenía once meses y que ya empezaba a caminar agarrado de los muebles, diciendo "mamá, papá".Yo ya no podía ni pararme. Andrew no me dejaba hacer nada. Me cargaba de la cama al sillón, del sillón a la tina, de la tina a la cama. Me bañaba él, me vestía él, me daba de comer en la boca como si yo fuera su bebé también.—Estás cargando a mis dos princesas —me decía besándome la panza gigante—. Bueno, no sabemos si son dos princesas o dos príncipes, pero son mis herederos y te amo más que nunca.La mansión estaba llena de cunas. Tres cunas de oro. Una para Andrew Jr. y dos nuevas para los gemelos.Una noche, a las tres de la mañana, rompí fuente.—ANDREW —grité llorando, mojada entera—. ¡Ya vienen! ¡Los gemelos ya vienen!Andrew se levantó como loco, desnudo, agarró a Andrew Jr. que estaba llorando en su cuna por mis gritos y me cargó a mí con todo y panza gigante hasta la cami
Pasaron siete meses más.Mi panza era gigante. Literalmente gigante. Tenía dos bebés adentro y Andrew Jr. que ya tenía once meses y que ya empezaba a caminar agarrado de los muebles, diciendo "mamá, papá".Yo ya no podía ni pararme. Andrew no me dejaba hacer nada. Me cargaba de la cama al sillón, del sillón a la tina, de la tina a la cama. Me bañaba él, me vestía él, me daba de comer en la boca como si yo fuera su bebé también.—Estás cargando a mis dos princesas —me decía besándome la panza gigante—. Bueno, no sabemos si son dos princesas o dos príncipes, pero son mis herederos y te amo más que nunca.La mansión estaba llena de cunas. Tres cunas de oro. Una para Andrew Jr. y dos nuevas para los gemelos.Una noche, a las tres de la mañana, rompí fuente.—ANDREW —grité llorando, mojada entera—. ¡Ya vienen! ¡Los gemelos ya vienen!Andrew se levantó como loco, desnudo, agarró a Andrew Jr. que estaba llorando en su cuna por mis gritos y me cargó a mí con todo y panza gigante hasta la cami
Pasaron tres meses desde que perdoné a mi familia y desde que metieron a Sofía a la cárcel.Andrew Jr. ya tenía cuatro meses. Ya se reía a carcajadas, ya me agarraba el pelo, ya decía "agu" y se parecía cada día más a su papá. Ya no era un bebecito de un mes, ya era un bebé gordito y hermoso que todos los empleados de la mansión querían cargar.Y yo... yo por fin había bajado de peso. Me había puesto a hacer ejercicio, a comer sano. Mi cuerpo de estrías seguía ahí, pero ahora estaba más fuerte, más curvilíneo. Andrew no me dejaba ni un segundo, me decía que cada día estaba más buena, más reina.Pero esa mañana pasó algo raro.Me levanté mareada. Con muchas náuseas. Como cuando me embaracé de Andrew Jr.Corrí al baño a vomitar y Andrew se levantó asustado detrás de mí, cargando al bebé.—Romina, ¿qué tienes, mi amor? —me dijo agarrándome el pelo mientras yo vomitaba—. ¿Te sientes mal? ¿Llamo al doctor?Yo me lavé la boca temblando. Lo miré con ojos llorosos. Me toqué la panza.—Andrew.
Después de que la policía se llevó a Sofía a la cárcel por fraude, la mansión por fin quedó en paz.No más Isabella con su panza falsa. No más hermana malvada con pruebas falsas. No más contratos, no más humillaciones, no más miedo.Solo nosotros tres. Andrew, yo y Andrew Jr.Pero yo todavía tenía una herida abierta en mi corazón. Una herida que era de antes de Andrew. De mi familia.Esa noche, después de la prueba de ADN, Andrew me encontró en el balcón. En el mismo balcón donde hace casi dos años yo me iba a tirar porque mi familia me había dicho que no valía nada.Estaba con mi bata blanca, con mi bebé en brazos, mirando la ciudad.—Romina, ¿qué tienes, mi amor? —me preguntó abrazándome por detrás, poniéndole su mano enorme a nuestro bebé—. Deberías estar feliz. Ya somos libres.Me solté a llorar.—Andrew, yo te amo y amo a nuestro hijo y amo esta mansión, pero... todavía me duele lo que me hizo mi familia. Todavía me acuerdo de cuando me dijeron que yo era una humillada, que no se
Al día siguiente, la mansión parecía un hospital y un canal de televisión al mismo tiempo.Andrew había traído a diez doctores, a un juez de verdad con su toga negra, y a veinte periodistas con cámaras enormes. Todos estaban en nuestra sala gigante, esperando.Yo estaba sentada en el sillón más grande, con mi vestido blanco sencillo, con Andrew Jr. de un mes en brazos, dándole pecho, temblando. Nunca había tenido tantas cámaras enfrente. Nunca.Andrew estaba de pie a mi lado, con su traje negro, con su mano en mi hombro, protegiéndome. Se veía como un rey.Enfrente, en otro sillón, estaba Sofía. Su hermana. Con su vestido rojo, cruzada de piernas, sonriendo con maldad, con su abogado gordo y con un sobre que según ella tenía una prueba de ADN falsa que decía que mi hijo no era de Andrew.—Empiecen —dijo Andrew con voz de hielo, con su voz de magnate—. Hoy se acaba esta farsa.El juez se paró.—Estamos aquí para hacer una prueba de paternidad legal, delante de la prensa, para determina







