Esa noche no dormí. Me quedé en mi habitación con la bata de seda blanca, mirando el techo, tocándome los labios. Todavía sentía el calor de su abrazo en el pasillo del hospital. Todavía escuchaba su voz ronca diciéndome "gracias, Romina". Nadie le había dicho que lo cuidaría. Y yo se lo había dicho de verdad, con el corazón.A las tres de la mañana escuché pasos afuera de mi puerta. Era él. Andrew no había dormido tampoco. Lo vi por la rendija de mi puerta entreabierta, con la camisa blanca desabotonada hasta el pecho, el pelo negro desordenado, sirviéndose otro trago en la sala oscura. Se veía tan solo, tan grande y tan solo a la vez.No aguanté más. Abrí la puerta descalza. El piso de mármol estaba helado.—¿No puedes dormir? —le pregunté en voz baja, con miedo.Él se giró de golpe. Cuando me vio ahí parada, con mi bata blanca de seda que se me pegaba al cuerpo, descalza, con el pelo suelto y los ojos llorosos de no dormir, dejó el vaso en la mesa de golpe. El vidrio sonó muy fuert
آخر تحديث : 2026-10-04 اقرأ المزيد