แชร์

Indomable

ผู้เขียน: Eros
last update วันที่เผยแพร่: 2026-05-15 09:56:21

El juez golpeó el mallete y el juicio comenzó. Ana Luisa se puso de pie, ajustando sus documentos sobre la mesa. No miró a Mauricio; su objetivo era el hombre sentado a su lado, el estafador que pretendía dejar a una madre en la calle.

  ​—Su Señoría —comenzó Ana Luisa, y su voz llenó la sala con una claridad impecable—. Este no es un caso de contratos mal entendidos. Es un caso de depredación. El cliente del licenciado De La Hoz aprovechó la vulnerabilidad de una mujer desesperada para arrebatarle su único patrimonio.

  ​Ana Luisa presentó las pruebas con una rapidez letal. Hablaba de cláusulas abusivas y de firmas obtenidas bajo engaño. Cada palabra suya era un golpe directo al caso de la defensa.

  ​Mauricio De La Hoz la observaba recostado en su silla, con un bolígrafo girando entre sus dedos largos y fuertes. No parecía preocupado. Al contrario, parecía estar disfrutando del espectáculo.

  ​Cuando fue su turno, se levantó con una elegancia perezosa que ponía nerviosos a todos, menos a Ana Luisa.

  ​—Abogada Versalles, su discurso es conmovedor, realmente —dijo Mauricio, caminando lentamente hacia el estrado—. Casi me hace querer llorar. Pero en esta sala no juzgamos sentimientos, juzgamos hechos. Y el hecho es que aquí hay un contrato firmado legalmente.

  ​Mauricio se acercó a Ana Luisa, invadiendo su espacio personal. El perfume de él, una mezcla de madera y cítricos, la envolvió por un segundo, pero ella no retrocedió.

  ​—Dígame, licenciada —continuó Mauricio, clavando sus ojos oscuros en los de ella—, ¿su obsesión con este caso es por justicia... o es que tiene un problema personal con los hombres que toman lo que quieren?

  ​La sala quedó en silencio. Fue un golpe bajo, una provocación directa a su pasado. Ana Luisa sintió una chispa de rabia arder en su estómago, pero no permitió que subiera a su rostro. Se limitó a sonreír con una frialdad que sorprendió incluso a Mauricio.

  ​—Mi problema, licenciado De La Hoz, es con los parásitos que se alimentan del trabajo ajeno. Y con los abogados que, por un buen fajo de billetes, les lavan la cara.

  ​Mauricio soltó una pequeña risa, una que no llegó a sus ojos.

  ​—Es usted valiente, Versalles. Se lo concedo. Pero la valentía no gana juicios.

  ​Durante las siguientes tres horas, la sala se convirtió en un campo de batalla. Ana Luisa atacaba con leyes y Mauricio respondía con tecnicismos brillantes. Era un baile intelectual donde ninguno cedía ni un centímetro. Los presentes estaban boquiabiertos; nunca habían visto a nadie enfrentar a Mauricio de esa manera, y Mauricio nunca había encontrado a una mujer que le sostuviera el pulso con tanta firmeza.

  ​Al finalizar la sesión, el juez llamó a un receso. Ana Luisa guardaba sus cosas con manos firmes cuando sintió una sombra proyectarse sobre su mesa.

  ​—Tienes talento —dijo Mauricio, ahora sin el tono burlón—. Pero mañana voy a destruirte en ese estrado. Nada personal, solo negocios.

  ​Ana Luisa cerró su maletín y lo miró a la cara, quedando a pocos centímetros de él.

  ​—Muchos hombres han intentado destruirme antes, Mauricio —respondió ella en un susurro gélido—. Inténtalo. Pero te advierto: no soy la presa que estás acostumbrado a cazar.

  ​Ana Luisa salió de la sala sin mirar atrás, dejando a Mauricio De La Hoz con una expresión que no era de victoria, sino de una curiosidad peligrosa. Por primera vez en años, el abogado invencible tenía ganas de que llegara el día siguiente.

  Mauricio De La Hoz entró a su bufete, ubicado en el último piso de un rascacielos de cristal en el centro de Los Ángeles. Era un hombre imponente, de un atractivo que cortaba la respiración. Su mandíbula era marcada, siempre con una sombra de barba perfectamente cuidada, y sus hombros eran anchos, llenando con arrogancia su traje de tres piezas. Tenía el aire de alguien que nació para mandar y la mirada de quien ya lo ha visto todo.

  ​Caminó por el pasillo ignorando los saludos de sus asistentes, con el maletín en la mano y el ceño fruncido. Entró en su oficina privada y se arrojó sobre su sillón de cuero negro.

  ​—¡Es insoportable! —exclamó, lanzando una carpeta sobre el escritorio.

  ​Héctor, su mejor amigo y también abogado principal del bufete, estaba sentado en el sofá de la oficina tomando un café. Levantó la vista y soltó una carcajada.

  ​—¿Quién es insoportable? ¿Por fin alguien te hizo perder la paciencia, Mauricio? —preguntó Héctor con tono burlón.

  ​—Ana Luisa Versalles —escupió el nombre como si fuera veneno.

 Héctor dejó el café y se inclinó hacia adelante, intrigado.

 ​—¿La famosa heredera de los Versalles? Escuché que después de lo que le pasó en su boda hace un año, se volvió una máquina de guerra en los juzgados. Dicen que no tiene piedad con nadie, especialmente con los hombres como nosotros.

 ​Mauricio se aflojó el nudo de la corbata y se recostó, mirando hacia el techo. La imagen de los ojos café de Ana Luisa, llenos de desprecio y fuego, no salía de su mente.

 ​—Es una mujer amargada, Héctor. Cree que todos somos como el imbécil que la dejó en el altar. Se cree moralmente superior —Mauricio soltó un bufido de frustración—. Se atrevió a decirme en mi cara que solo defiendo parásitos por dinero.

 ​—Bueno... —Héctor sonrió con malicia—. En este caso, tiene un poco de razón. Tu cliente es un tipo bastante sucio.

 ​—¡Eso no importa! Mi trabajo es ganar —sentenció Mauricio, golpeando el escritorio—. Pero ella me desafió frente al juez. Me hizo sentir... —se detuvo, buscando la palabra.

 ​—¿Humillado? —sugirió Héctor.

 ​—No. Me hizo sentir vivo —confesó Mauricio en voz baja, aunque de inmediato recuperó su tono duro—. Pero no voy a permitir que una mujer que parece hecha de hielo me gane un caso. Mañana la voy a destrozar. Voy a encontrar su punto débil y voy a hacer que esa máscara de perfección se le caiga en mil pedazos.

 ​Héctor negó con la cabeza, conociendo bien a su amigo.

 ​—Ten cuidado, Mauricio. Dicen que el hielo también quema. Y me parece que esa mujer es un incendio disfrazado de glaciar.

 ​Mauricio no respondió. Se quedó mirando el ventanal, viendo las luces de la ciudad, pero en su mente solo veía a Ana Luisa Versalles y ese reto que le había lanzado. Por primera vez en mucho tiempo, ganar no era suficiente; quería ver a esa mujer perder el control.

อ่านหนังสือเล่มนี้ต่อได้ฟรี
สแกนรหัสเพื่อดาวน์โหลดแอป

บทล่าสุด

  • ¿Estoy Enamorada De Mi Enemigo? ¡Eso Nunca!   No Puedo Olvidar El Dolor.

    Esa noche, el silencio de la mansión Versalles se sentía más pesado que nunca. Ana Luisa entró en su habitación y, sin siquiera encender las luces, dejó caer su maletín al suelo. Se sentía agotada, pero no era el cansancio físico de un día de trabajo; era el peso de la derrota y el ardor de la bofetada que aún sentía en la palma de su mano. ​Se tiró en la cama, todavía vestida con su traje sastre, y clavó la vista en el techo oscuro. Intentó pensar en leyes, en apelaciones, en la cara de suficiencia de Mauricio De La Hoz, pero su mente, traicionera y herida, decidió llevarla a un lugar prohibido. ​De repente, el recuerdo de Diego regresó como una marea negra. ​Recordó la mañana de la boda, el olor de las flores blancas y la forma en que él la miraba mientras ella bailaba con su madre. Recordó cómo, durante dos años, Diego le había construido un mundo de cristal donde ella se sentía la mujer más afortunada del planeta. ​—"Eres lo más valioso que tengo, Ana Luisa" —le había dich

  • ¿Estoy Enamorada De Mi Enemigo? ¡Eso Nunca!   Esto Es Guerra

    El ambiente en la sala de audiencias era asfixiante. Ana Luisa entró con la cabeza en alto, pero sus manos apretaban con fuerza el maletín. Al otro lado, Mauricio De La Hoz caminaba con una seguridad que la ponía enferma. Se sentó en su mesa, se ajustó los puños de la camisa y le lanzó una mirada de reojo, una mezcla de triunfo anticipado y burla. ​—Todos de pie —anunció el oficial. ​El juez entró y el silencio que siguió fue absoluto. Ana Luisa sentía que el corazón le martilleaba en los oídos. Miró a su clienta, Elena, quien le apretó la mano buscando un milagro. ​—Después de revisar las pruebas presentadas —comenzó el juez con voz monótona—, este tribunal dicta sentencia a favor de la parte demandada. El contrato de propiedad se mantiene vigente y sin alteraciones. ​El mundo de Ana Luisa se detuvo. Un pitido agudo llenó su cabeza mientras escuchaba los sollozos de Elena a su lado. Había perdido. Había fallado en proteger a una mujer que, al igual que ella, había sido engañada p

  • ¿Estoy Enamorada De Mi Enemigo? ¡Eso Nunca!   Indomable

    El juez golpeó el mallete y el juicio comenzó. Ana Luisa se puso de pie, ajustando sus documentos sobre la mesa. No miró a Mauricio; su objetivo era el hombre sentado a su lado, el estafador que pretendía dejar a una madre en la calle. ​—Su Señoría —comenzó Ana Luisa, y su voz llenó la sala con una claridad impecable—. Este no es un caso de contratos mal entendidos. Es un caso de depredación. El cliente del licenciado De La Hoz aprovechó la vulnerabilidad de una mujer desesperada para arrebatarle su único patrimonio. ​Ana Luisa presentó las pruebas con una rapidez letal. Hablaba de cláusulas abusivas y de firmas obtenidas bajo engaño. Cada palabra suya era un golpe directo al caso de la defensa. ​Mauricio De La Hoz la observaba recostado en su silla, con un bolígrafo girando entre sus dedos largos y fuertes. No parecía preocupado. Al contrario, parecía estar disfrutando del espectáculo. ​Cuando fue su turno, se levantó con una elegancia perezosa que ponía nerviosos a todos, me

  • ¿Estoy Enamorada De Mi Enemigo? ¡Eso Nunca!   La Joven Dulce, Murio.

    —¡Ana, escúchame! ¡Esto no es lo que parece! —gritó Diego, intentando dar un paso hacia ella y estirando su mano para tocarla. ​Ana Luisa retrocedió como si el contacto con él pudiera quemarla. Sus ojos, antes llenos de ternura, ahora eran dos cuchillos fríos clavados en el rostro de su prometido. ​—¡No me toques! —sentenció ella. Su voz no tembló, y ese fue el primer signo de la transformación que estaba ocurriendo en su interior. ​La mujer desconocida sollozó, apretando más a la niña contra su pecho. No estaba allí por odio a Ana Luisa, sino por justicia para su hija. ​—¿Qué no es lo que parece, Diego? —dijo la mujer, enfrentándolo—. ¿Vas a negar que naciste en un pueblo donde todos te conocen? ¿Vas a negar que tus padres, unos humildes campesinos a los que te avergüenza llamar "familia", se sacrificaron para que estudiaras y nunca más volviste a verlos? ​Un murmullo de asco recorrió las bancas de la catedral. Los amigos de la familia Versalles, la crema y nata de Los Ánge

  • ¿Estoy Enamorada De Mi Enemigo? ¡Eso Nunca!   La Mentira Que Destrozo Un Corazón

    Las puertas de la catedral se abrieron de par en par, dejando entrar la luz deslumbrante de la tarde. Al sonar las primeras notas de la marcha nupcial, todos los invitados se pusieron de pie, pero los ojos de Ana Luisa solo buscaban a un hombre. ​Caminaba con paso firme, del brazo de su padre, Gregorio Versalles. Él la miraba con un orgullo que no le cabía en el pecho, pero Ana Luisa solo tenía ojos para el final del pasillo. Allí, frente al altar, estaba Diego De La Ribera. ​Lucía imponente. Su traje hecho a medida resaltaba su figura atlética y su sonrisa, esa que siempre parecía sacada de una revista de lujo, estaba fija en ella. Para cualquier extraño, Diego era el novio perfecto: un arquitecto de renombre, exitoso y profundamente enamorado. ​Ana Luisa sintió que el corazón se le salía del pecho. Mientras avanzaba, los recuerdos de hace dos años cruzaron su mente como una película hermosa. ​Se habían conocido en una fiesta exclusiva gracias a una amiga en común. En ese ent

  • ¿Estoy Enamorada De Mi Enemigo? ¡Eso Nunca!   Mentiras

    La mansión de la familia Versalles estaba sumida en un silencio absoluto, pero para Ana Luisa, el aire vibraba de emoción. Frente a ella, colgado con una delicadeza casi sagrada, el vestido de novia parecía flotar en la habitación. Era una joya de encaje francés que representaba el inicio de su nueva vida. ​Ana Luisa caminó hacia el espejo de cuerpo entero. Se soltó su larga cabellera negra, que caía en ondas perfectas sobre su espalda, y observó su reflejo. Sus ojos café brillaban con una luz que no tenía nada que ver con el éxito que alcanzaba cada día como abogada en Los Ángeles. Era la luz de una mujer enamorada. ​A sus veinticuatro años, sentía que el destino le sonreía. ​—Mañana —susurró, rozando con sus dedos la tela de seda del vestido. ​Esa sola palabra le erizaba la piel. Mañana caminaría hacia el altar para unir su vida a la de Diego De La Ribera. Para ella, Diego era el hombre ideal: elegante, atento y con esa seguridad que solo los hombres de su clase poseían. Sus

บทอื่นๆ
สำรวจและอ่านนวนิยายดีๆ ได้ฟรี
เข้าถึงนวนิยายดีๆ จำนวนมากได้ฟรีบนแอป GoodNovel ดาวน์โหลดหนังสือที่คุณชอบและอ่านได้ทุกที่ทุกเวลา
อ่านหนังสือฟรีบนแอป
สแกนรหัสเพื่ออ่านบนแอป
DMCA.com Protection Status