LOGINAquella noche, el sueño se convirtió en un lujo inalcanzable para Cristina. La ansiedad y la emoción formaban un torbellino en su pecho que la mantenía despierta, obligándola a dar vueltas y vueltas entre las sábanas de su amplia cama. La boda estaba a la vuelta de la esquina; apenas faltaban cuarenta y ocho horas para unir su vida a la de Rafael. Le parecía algo increíble, un giro maravilloso del destino que apenas lograba asimilar.
Incapaz de seguir atrapada en la quietud de las cobijas, se incorporó con cuidado. Deslizó sus piernas fuera del colchón y, con el andar pausado y desigual que le imponía su lesión, caminó hacia la cómoda.
Allí, bajo la tenue luz de la lámpara de noche, descansaba el objeto que buscaba: una vieja fotografía de sus padres.
La tomó entre sus manos con una delicadeza infinita, casi temiendo que el recuerdo pudiera romperse al tacto. Con la yema de los dedos delineó los rostros de las dos personas que más había amado y que la muerte le había arrebatado tan pronto en aquel trágico accidente. Sintiendo un nudo de nostalgia y felicidad en la garganta, comenzó a hablarles en un susurro, rompiendo el silencio de la habitación.
Les contó, con el corazón en la mano, lo emocionada que estaba. Les habló de Rafael, de lo mucho que la cuidaba, y de cómo ese hombre maravilloso había llegado a curar las heridas de su soledad y sus complejos. Les juró que iba a ser muy feliz y que, desde donde estuvieran, por fin podrían dejar de preocuparse por su pequeña niña.
Abrazando el portarretratos con fuerza contra su pecho, como si al hacerlo pudiera sentir un pedazo del calor familiar que tanto extrañaba, Cristina regresó a la cama. Se acurrucó de lado, manteniendo la fotografía bien pegada a su corazón, y así, arrullada por la promesa de un futuro perfecto, se quedó profundamente dormida.
A la mañana siguiente, muy temprano, Xiomara llegó a la mansión de Cristina. El plan del día era ayudarla a elegir la lencería para su noche de bodas, una excusa perfecta para seguir de cerca cada uno de sus movimientos. Recorrieron varias de las tiendas más exclusivas de la ciudad, pero ningún conjunto lograba hacer sentir cómoda a Cristina. Detrás de los estantes, Xiomara se burlaba disimuladamente; le causaba una gracia infinita ver la inseguridad de su supuesta amiga.
Finalmente, en una sofisticada boutique, Cristina entró al probador con un conjunto seleccionado por Xiomara. Fingiendo una urgencia para ir al baño, la mujer se alejó del lugar, dejando a Cristina sola.
Dentro del probador, frente al enorme espejo de luces cálidas, Cristina se contempló. Verse en aquel encaje diminuto y sensual, lejos de hacerla sentir hermosa, avivó sus peores complejos: se sintió más fea, desproporcionada y sin gracia que nunca. Con un nudo en la gola, se dio la vuelta para tomar su ropa de diario, pero calculó mal el movimiento; sus prendas se habían resbalado de la banqueta, cayendo fuera del probador.
Al intentar estirarse para alcanzarlas, el estabilizador de su pierna falló, haciéndola perder el equilibrio. Cristina cerró los ojos, esperando el doloroso impacto contra el suelo, pero antes de caer, unos brazos fuertes y firmes la sujetaron por la cintura, sosteniéndola con sorprendente facilidad.
Asustada y con el corazón a mil por hora, Cristina abrió los ojos y miró hacia arriba. Al enfocar la vista, se topó con unos ojos verdes una sonrisa arrogante que reconoció de inmediato: era Alejandro Villarreal.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella de inmediato, desconcertada y con la voz temblorosa al verlo irrumpir en la zona de probadores de mujeres.
—Solo evito que te rompas la cabeza, no seas malagradecida —se burló él, sosteniéndole la mirada sin soltarla por completo.
Cristina intentó reincorporarse, pero la debilidad en su pierna y los nervios se lo impidieron. Con un movimiento firme, Alejandro la ayudó a ponerse de pie. En cuanto se sintió firme, ella intentó cubrirse el cuerpo con los brazos; se moría de la vergüenza, sintiendo las mejillas arder. Alejandro, fiel a su estilo descarado, la recorrió con la mirada de pies a cabeza y luego esbozó una media sonrisa.
—Te burlas de mí, como siempre lo has hecho —le reclamó ella, al borde de las lágrimas por la humillación.
Él no respondió al ataque. Con un gesto rápido, se agachó para recoger la ropa del suelo y se la extendió. Cristina le arrebató las prendas de las manos y se ocultó de inmediato tras la cortina del probador para vestirse a toda prisa. Mientras se cambiaba, con la tela de por medio, volvió a interrogarlo, indignada:
—No me has respondido, Alejandro. ¿Qué demonios haces metido aquí?
—Me estoy escondiendo de una de mis amantes —respondió él con total naturalidad, recostándose de hombros contra la pared exterior del probador—. Me vio entrar a la tienda y quiere seguramente reclamarme porque no la he llamado. Y la verdad, no está tan buena como para soportar sus reclamos.
— ¿Y que haces en una tienda de lencería?.
— Tengo una cita con una sensual rubia esta noche, y le llevo algo lindo que usar.
—Eres un cerdo... —escupió Cristina desde el interior, abrochándose la blusa con manos torpes.
—Dime lo que quieras, pero al menos no soy un adefesio como tu...Entenderás —replicó Alejandro, usando ese tono pesado que siempre la hacía rabiar desde que eran niños.
—¿Sabes qué? ¡Lárgate de aquí! —sentenció ella, abriendo la cortina de golpe, ya completamente vestida y con los lentes puestos.
Alejandro no se movió. La miró fijamente, cruzándose de brazos, y con una mezcla de cinismo y curiosidad, soltó el golpe definitivo:
—Vi en las revistas de sociedad que te casas en dos días. Dime una cosa... ¿Quién demonios tuvo tan mal gusto?
—¡Cállate, Alejandro! —lo cortó Cristina, con la voz temblando de rabia—. Mejor vete antes de que tu amante te vea y termines perdiendo la fortuna que acabas de heredar.
—¿Heredar? Estás loca —replicó él, soltando una risotada amarga—. Mi amado padre ahora me exige casarme para ser su sucesor. El viejo todavía vive en los tiempos antiguos, cree que un papel firmado me va a cambiar.
Al escuchar aquello, una chispa de satisfacción cruzó la mirada de Cristina, quien no pudo evitar esbozar una sonrisa irónica.
—¡Wow! Eso es exactamente lo que te mereces por todas tus humillaciones —sentenció ella, acomodándose los lentes—. Que seas muy feliz buscando una esposa obligada. Yo, en cambio, seré feliz con el amor de mi vida.
—Sí, claro, como sea. Allá él y su pésimo gusto —respondió Alejandro con desdén, restándole importancia con un gesto de la mano—. Yo jamás me casaría con una mujer como tú. Adiós.
Sin decir más, Alejandro se dio la vuelta y se alejó con paso firme, dejándola sola en el pasillo de los probadores.
Cristina se quedó estática, con las palabras de él resonando en sus oídos como ecos dolorosos. El silencio de la tienda pareció volverse más pesado. Lentamente, giró sobre sus talones y regresó frente al espejo. Se miró fija, minuciosamente, deteniéndose en sus gafas gruesas, en su postura tímida y en la línea oculta de su pierna lastimada.
«¿En verdad soy tan desagradable?», se preguntó en un susurro, mientras una lágrima silenciosa amenazaba con resbalar por su mejilla.
El aire en el piso ejecutivo de las empresas Villarreal se sentía denso, casi irrespirable. La mañana transcurría con una calma aparente, pero bajo la superficie, la tormenta ya había comenzado a gestarse. Alejandro caminaba de un lado a otro en su amplio despacho, con la taza de café enfriándose sobre la mesa y los ojos fijos en la pantalla de su ordenador. Las cifras de la naviera continuaban mostrando un saldo rojo preocupante y la liquidez para operar durante el próximo mes pendía de un hilo extremadamente delgado.Afuera, en su escritorio, Xiomara operaba con la precisión de un cirujano. Luciendo un vestido ajustado de color beige que resaltaba su elegancia y un peinado impecable, tecleaba en su computadora con una sonrisa sutil dibujada en los labios. La conversación de la noche anterior en su apartamento había sido el catalizador perfecto. Alejandro le había abierto las puertas de su vulnerabilidad financiera y ella no pensaba desaprovechar ni un solo segundo. Utilizando los
El ascensor del edificio residencial ascendía en un absoluto silencio, interrumpido únicamente por el leve zumbido del motor y la respiración pesada de Alejandro. La conversación con Cristina en la sala de la mansión continuaba retumbando en su cabeza como un eco ensordecedor. Las palabras de su esposa no solo habían sido un golpe directo a su vanidad, sino una amenaza real y concreta contra la estabilidad de las empresas Villarreal. Saber que su consultor financiero estaba auditando los contratos y las garantías colaterales lo dejaba expuesto, vulnerable y acorralado. Necesitaba, con una urgencia casi enfermiza, apagar ese incendio interno en el único lugar donde su ego todavía se mantenía intacto.Cuando las puertas del elevador se abrieron en el piso superior, Alejandro caminó con paso apresurado por el pasillo iluminado con luces tenue y golpeó la puerta del apartamento. Xiomara no tardó ni tres segundos en abrir. Vestía una bata de seda negra que apenas se ajustaba a su cintura
El atardecer teñía el cielo de la ciudad con un tono carmesí intenso cuando Alejandro regresó a la mansión. La jornada en la oficina había sido una extraña mezcla de adicción y control. Por un lado, la presencia constante de Xiomara lo envolvía en una atmósfera de admiración constante; por el otro, la tensión oculta por las finanzas de la naviera comenzaba a generar un peso imponente en sus hombros. Sin embargo, en el instante en que cruzó el umbral de la residencia, la calidez de su ego inflado se disipó de golpe, reemplazada por el aire frío y sobrio que reinaba en la propiedad.En la sala principal, Cristina se encontraba revisando una serie de carpetas sobre la mesa de centro. Lucía impecable: su postura, erguida y elegante, reflejaba la rigurosidad de las semanas de rehabilitación, y en sus ojos ya no quedaba el menor rasgo de la incertidumbre que solía definirla. Al escuchar los pasos pesados de su esposo, no se molestó en levantar la cabeza de inmediato; continuó pasando las
El contacto fue rápido, hambriento y cargado de una urgencia contenida que buscaba aplastar, de un solo golpe, la frustración que Alejandro traía desde la mansión. Xiomara respondió al beso con la misma intensidad calculada, enredando sus dedos en el cuello de su saco y dejando que su cuerpo se amoldara al de él. Sin embargo, cuando sintió que Alejandro la apretaba con mayor posesividad contra el borde del escritorio, se separó despacio, colocando las palmas de sus manos sobre el pecho del empresario para detener el impulso.Alejandro la miró con el ceño levemente fruncido, desconcertado por el freno repentino y con la respiración aún agitada.—¿Qué pasa? —preguntó él con la voz áspera por la sorpresa.Xiomara esbozó una sonrisa suave, impregnada de una falsa modestia que dominaba a la perfección. Le arregló la solapa de la camisa con delicadeza, sosteniéndole la mirada con una mezcla de coquetería y fingida preocupación profesional.—Pasa que no quiero que confunda las cosas, Al
El sonido de la puerta principal al cerrarse resonó con una vibración hueca en el vestíbulo de la mansión. Alejandro caminó hacia las escaleras con pasos pesados, aflojándose la corbata con una mezcla de cansancio físico y una extraña agitación mental. El aroma al perfume de Xiomara parecía haber impregnado los hilos de su ropa, obligándolo a mantener una distancia cautelosa de cualquier sombra que pudiera cruzarse en su camino. Al subir al segundo piso, la casa estaba sumida en un silencio denso, sepulcral. Se detuvo un instante frente a la puerta de la recámara principal; al no escuchar movimiento alguno, dejó ir un suspiro ahogado y continuó hacia su vestidor privado para quitarse el traje antes de que cualquier rastro pudiera delatarlo. Frente al espejo del vestidor, se desabrochó la camisa blanca y descubrió una tenue mancha de labial cerca del cuello. La visión del color sobre la tela le provocó un chispazo instantáneo de adrenalina. Sintió una punzada de satisfacción al recor
El eco de la respiración agitada de ambos aún flotaba en la penumbra del despacho cuando Alejandro, lentamente, fue recuperando la lucidez. La neblina de la pasión ciega comenzó a disiparse, dejando al descubierto una realidad pesada y sofocante. Mantuvo las manos apoyadas sobre la madera del escritorio, con la mirada clavada en la carpeta de documentos dispersos por el suelo. El peso de lo que acababa de ocurrir le cayó encima como una losa de concreto: había cedido ante la provocación, cruzando una frontera que cambiaba de forma irreversible las reglas del juego. Xiomara, por el contrario, irradiaba una calma casi aterradora. Con movimientos pausados y calculados, se acomodó la falda entallada, abrochó el botón de su blusa que se había soltado en el frenesí y se pasó los dedos por el cabello para devolverle el orden a su peinado. En su rostro no había un solo rasgo de arrepentimiento ni de culpa; solo una sonrisa de triunfo contenido que iluminaba sus ojos en la penumbra. —Cre







