De repente, su corazón dio un brinco sin razón aparente. Inmediatamente, se giró hacia ese lado, pero solo alcanzó a ver el borde de una prenda que desaparecía en la esquina del muro. Casi sin pensarlo, dio un paso en esa dirección.Sin embargo, al instante siguiente, dos guardaespaldas se pusieron frente a él y le apuntaron con sus armas. Waylon se molestó.—¡Lárguense!El guardaespaldas respondió con tono firme:—Este es el territorio del señor Pedro. No permitimos provocaciones. Si no se va ahora mismo, no nos culpe si las balas no distinguen.Waylon bajó la mirada y cerró los puños con fuerza. Miró fijamente aquella esquina del muro, con el pecho agitado.¿Podría ser ella? No. Imposible. Aunque ella siguiera con vida, ¿cómo iba a estar aquí? Y además… aunque en verdad fuera ella, ¿qué cambiaría eso?Después de todo, había sido él quien, con sus propias manos, le había clavado el cuchillo. Ella no podía hablar, pero la conmoción y la decepción en sus ojos ese día le dejaron claro
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