Gabriel estaba muy agotado, pero aun así soltó una leve sonrisa.—Tiene toda la razón, tengo que recuperarme pronto.Por lo general, cuando los dos ancianos bromeaban con él sobre el matrimonio o sobre tener una nieta política, Gabriel prefería no seguirles la corriente.Pero ahora que de verdad tenía a Camila como esposa, sus palabras se habían vuelto mucho más dulces.Quedaba claro que para saber si un hombre estaba rendido a los pies de su esposa, primero tenía que tener una, y en eso, abuelo y nieto eran igualitos.Sin embargo, la voz de Gabriel seguía siendo débil. Mientras más tierno sonaba, más le rompía el corazón a quienes lo escuchaban.Al ver lo mucho que se querían Gabriel y Camila, a Nora se le llenaron los ojos de lágrimas de felicidad.Se las secó a escondidas, tomó la mano de la abuela Torres y le dijo:—Vámonos, dejemos que Camila se quede acompañándolo.La abuela Torres asintió, soltando al fin un suspiro de alivio.En ese momento, los dos jóvenes se necesitaban el un
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