Ante mi fría advertencia, los hombres presentes, aunque furiosos, no se atrevían a hablar. Todos permanecían en sus asientos, temblando de miedo.El salón se llenó de un olor metálico a sangre, interrumpido solo por los quejidos de Nathan.En cuanto a Dante, su rostro era sombrío, sus ojos clavados en mí con rencor.Al notarlo, no dudé ni un segundo. Agarré la botella rota, me acerqué a él y, sin mediar palabra, la hundí con fuerza en su mano.—¿Con esta mano grababas, verdad?Dije con voz gélida: —Inutilizártela es un pequeño pago por lo que les hiciste a esas profesoras y estudiantes.—¡Ah!Dante gritó de dolor, todo su cuerpo temblaba.No podía creer que Marcos fuera tan despiadado. ¡Era completamente distinto al tipo de la noche en el bar!—¿Sigues gritando?—¿Aún no te rindes?Al oír sus alaridos, fruncí el ceño, tomé otro trozo de botella y lo apunté a su otra mano.—¡No, no, no! ¡Me rindo! ¡Ya no grito! ¡Me rindo, señor Sánchez!Esta vez, la locura en los ojos de Dante se desvan
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