En ese mismo momento, al otro lado de la ciudad, Enrique, demacrado y hecho un desastre, subía a un lujoso automóvil.Dentro del vehículo, además del conductor, se encontraba Adrián.—Señorito Mendoza, ¡ya hice todo lo que me pidió!—Pero Marcos, no sé cómo, logró darse cuenta de que la fórmula tenía problemas... ¡Seguro que alguien muy capaz lo está ayudando!Enrique hablaba con la voz ronca, los ojos inyectados en sangre: —Di todo de mí, esto no fue culpa mía, ¡se lo aseguro!—Señorito Mendoza, ¡por favor, libere a mi hijo!Al oír esto, Adrián esbozó una sonrisa burlona. —Enrique, mira cómo te pones, tan desesperado. ¿Qué prisa hay?—Fracasaste en la misión. Ni siquiera he pensado en tu castigo y ya me pones condiciones.—¡No me atrevo, no me atrevo!Enrique se estremeció de pies a cabeza, con la mirada llena de resignación y miedo.Adrián tomó el café recién molido que tenía a su lado, dio un sorbito con calma y puso una expresión de satisfacción.Tras un largo silencio, abrió los o
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