Algunos dicen que no existe eso de sentir lo que otro siente.Pero claro que existe. ¿Cómo no va a existir? En ese momento, Olivia entendía exactamente lo que él sentía.Siete años atrás, ella había sido igual. Siempre con un “no duele, estoy bien, voy a mejorar, no se preocupen” en los labios. Pero ¿cómo no iba a doler? ¿Cómo no iba a haber angustia?Y aun así, él miró a la abuela con aquellos ojos suplicantes, y la miró también a ella.—Abuelita, Oli, se los suplico, ya no vengan, ¿sí? No quiero que me vean así, tan indefenso y acabado. Cuando esté mejor, voy a aparecer guapísimo frente a ustedes, ¿les parece?La abuela suspiró y asintió.—Está bien.—¿Oli? —Volvió a mirarla.Olivia tomó aire, contuvo el ardor que le subía por la nariz y asintió.—Entonces prométeme algo. Cuando salgas del hospital, avísame y vamos a comer algo rico —dijo la abuela con seriedad.Adrián asintió.—Sí, les voy a avisar.Y así, desde ese día, Olivia y la abuela no volvieron a visitarlo al hospital. Unos
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