Desde entonces, Julieta no había dejado de sentirse inquieta.Ese día, el timbre sonó de pronto.Julieta se extrañó.La empleada fue a abrir la puerta.Emanuel entró desde afuera y, al verla, preguntó de inmediato:—¿Estás bien? ¿Héctor no te ha hecho nada?En esos dos días, Julieta apenas había descansado. Su rostro lucía cansado, apagado.—Estoy bien... ¿qué haces aquí?—Vine a verte.Aquella noche, cuando ella y Héctor desaparecieron, Emanuel ya había supuesto que él se la había llevado.Frunció el ceño, molesto.—Ese tipo de Héctor es de lo peor.—¿Qué pasó? —preguntó Julieta.Emanuel le explicó brevemente.La aparición de su prometida en la fiesta... había sido cosa de Héctor.Y en estos días, su padre, de pronto, había querido formalizar el compromiso.Era evidente que Héctor estaba metido en todo eso.Emanuel todavía disfrutaba su libertad. No tenía ninguna intención de casarse.Claro, sabía que no podía quedarse con Bianca... pero al menos salir con ella un tiempo, eso sí.De
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