Cuarenta minutos después, el carro se detuvo frente al edificio.Julieta y Sergio bajaron.Al entrar al vestíbulo, necesitaban autorización para subir.Julieta volvió a llamar a Héctor para avisarle que ya había llegado.Unos minutos después, alguien bajó a recibirla.—Señorita Bianca, por aquí.Cuando ambos se dirigían hacia los elevadores junto al personal, este se detuvo de pronto.—Señor, usted tendrá que esperar aquí. El señor Héctor solo autorizó el acceso de la señorita Bianca.Sergio se quedó inmóvil un instante.Julieta lo miró.—Entonces espérame aquí.Héctor no era Leonardo. No le haría nada.Sergio asintió.—Está bien.Julieta siguió al personal hasta el elevador.Al llegar a la oficina, tocaron la puerta.Tras recibir permiso, el empleado abrió.Julieta entró.El despacho era amplio y luminoso, con una vista que dominaba gran parte de la ciudad. El ambiente imponía una presión silenciosa.Detrás del escritorio, Héctor estaba sentado, con el rostro frío, como si todo estuv
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