La llamada se cortó. Inmediatamente, llegó un video.En él, Laura, al borde de la muerte, colgaba de una viga en una fábrica abandonada. Debajo, un estanque de químicos burbujeantes de espuma verde.Al final, la voz de Mateo: —Carlos, si quieres salvar a tu fiel guardaespaldas, intercámbiala por Camila.—Ah, te envié un regalo. Está en tu correo. Contraseña: 250367.Carlos abrió de inmediato su computadora. Efectivamente, había un correo cifrado.Otro video. Esta vez, de Camila.Sentada en una habitación oscura, su voz era clara y fría: —Señor Martínez, quiero que ayude a fabricar pruebas de que Laura es una espía. A cambio, le daré la mitad de los activos del Grupo Sánchez.La risa baja de Mateo se escuchaba al fondo: —Señora Camila, ¿por qué confiar en usted?—Ninguna mujer tolera a la amante de su esposo. Además, prefiero darle la mitad a que Laura se lleve todo el Grupo Sánchez.La mujer en el video, su expresión, su voz, sus microgestos, incluso esa lógica fría y despiadada... era
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