Al decir esto, no pude evitar que todo mi cuerpo temblara.¿Cómo podía existir un loco tan irracional?Tras un largo silencio, la voz de Diego salió, tranquila y pausada:—No llores, mi vida. ¿Quieres verme? Puedo ir a buscarte ahora.Abrí la boca.Pero no logré emitir sonido alguno.Estaba de pie en el balcón. El viento frío de la noche soplaba, enfriando también las lágrimas que acababan de caer.Era una farsa completa, un chiste de principio a fin.Al final, solo me quedó una palabra seca, dura de pronunciar:—No.Diego repitió, con una emoción indescifrable:—¿No?—¿Qué quieres decir, Clara? —su voz se enfrió.—No quiero verte —usé mis últimas fuerzas para colgar el teléfono.Volví a la cama en un estado de aturdimiento, incapaz de conciliar el sueño por mucho tiempo.El tema en tendencias seguía en lo más alto.Los familiares en el chat grupal me etiquetaban uno tras otro, sus tonos llenos de reproches.Hasta que una prima envió: “En mi opinión, Clara, si no puede
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