—Ay, qué lástima, entonces, cuando sea nuestra boda, tú también tienes que venir, ¿eh?No tenía ganas de jugar a las indirectas con ella. Le respondí por compromiso:—Ajá… si puedo.Durante toda la comida, Antonio no encontraba cómo presumir su amor. Que si le servía comida a Marcela, que si le llenaba el vaso, que si se pegaban el uno al otro, empalagosos, como si quisieran que todos lo vieran.Antes eso me habría dolido. Pero esa noche, lo único que me daba vueltas en la cabeza era el beso de Bernardo.¿Qué significaba? ¿Le gustaba yo? ¿Y yo lo quería a él?Mientras tanto, Antonio seguía cada vez más encimoso. Marcela al principio sonreía, hasta que Antonio le dio a probar un pedazo de carne de res y de repente se le borró la expresión.Dijo, tensa:—Antonio, soy alérgica a la carne de res. ¿Se te olvidó?Antonio se quedó helado. Iba a hablar, pero en ese momento se armó el escándalo en otra parte del salón.En la mesa de la familia, los del novio estaban molestos porque los de la no
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