No había vuelto a revisar la página desde que la publicó.Se suponía que debía ser un secreto, algo que pudiera soltar en el vacío, intacto, sin ser tocado ni leído. Un ritual de cierre.Pero esa mañana, algo lo atrajo de vuelta.No fue culpa. No fue anhelo. Solo un impulso: ese tirón silencioso que se siente cuando el alma percibe que algo está cambiando, incluso a kilómetros de distancia.Se sentó en el borde de la cama, el portátil abierto, el cursor parpadeando contra el resplandor blanco de la pantalla. Allí estaba: su nota, aún sin título, aún cruda. Desplazó la vista lentamente, leyendo sus propias palabras como si pertenecieran a otra persona.«Hay amores que se quedan, incluso cuando has dejado de esperar que regresen…»Exhaló.Recordó haber escrito esa línea a las dos de la madrugada, sentado en su coche frente a la calle de ella, el motor apagado, la lluvia golpeando suavemente el parabrisas. Había querido dejar el libro en su puerta y marcharse sin ser visto. Pero en lugar
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