Matteo pensó en mi repentina frialdad, en aquella exigencia de divorcio tan impactante, y, sin darle demasiadas vueltas, marcó el número de Anthony, luchando por mantener su furia a raya.—Isabella está hablando de divorcio. ¿Esto es obra tuya? ¿Estás tratando de meterte en nuestro matrimonio? No te sobrepases.La voz que respondió del otro lado era baja y suave como la seda:—Ah, ¿sí? Pues, la verdad, te debo una. Si no la hubieras arruinado, quizá Isabella jamás me habría llamado.El silencio cayó pesado sobre la línea, como si entre ambos se librara una guerra muda.Por fin, tras una pausa tensa, la voz de Anthony volvió, más suave, pero cargada de significado:—Te di tu oportunidad y la desperdiciaste. No me eches la culpa a mí. Ella merece lo mejor, y tú simplemente no estás a la altura.La llamada se cortó.Matteo se quedó sentado sobre el mármol helado y negro como la noche, insensible al frío que se le iba metiendo en el cuerpo. El corazón le latía en el pecho, lento y doloroso
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