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Capítulo 3

Penulis: Fuego Flamengo
—Firma los papeles del divorcio cuando tengas tiempo y luego dile al Underboss de la familia que me llame. Mandaré a alguien a recogerlos.

Lo vi aplastar el puro contra la mesa de mármol en un arranque de furia, y casi estuve a punto de recordárselo por pura costumbre.

Pero enseguida caí en la cuenta de que nos íbamos a divorciar.

¿Para qué seguir preocupándome por su indiferencia hacia todos mis esfuerzos y sacrificios, como si para él fueran invisibles?

Entonces lo entendí todo. Su descuido no era más que la prueba de que yo jamás había ocupado un lugar en su corazón.

Solté una risa amarga y caminé hacia el dormitorio.

La voz furiosa de Matteo me siguió desde atrás:

—Isabella, todos estos años te he consentido demasiado. Quédate en casa y piensa bien las cosas.

Salió hecho una furia y cerró la puerta de un portazo.

La cabeza me daba vueltas y el cuerpo alternaba entre arder y tiritar de frío. Tenía fiebre alta.

Busqué a tientas unos analgésicos en el cajón, me los tomé y me enterré bajo las cobijas para dormir y ver si así se me pasaba.

Cuando desperté a la tarde siguiente, revisé el teléfono y no había recibido ni una sola llamada. Matteo no había vuelto la noche anterior, ni tampoco se había molestado en llamarme.

Recogí mis documentos y regresé al clóset. Mis ojos se posaron en las pocas prendas que eran mías, arrinconadas en una esquina.

No pude contener una risa baja mientras agarraba con firmeza mi bolso y dejaba atrás ese lugar que había sido mi jaula durante diez años.

Decir que me divorciaba de Matteo porque había mirado demasiado tiempo a su secretaria podía sonar un poco inverosímil.

Sin embargo, solo yo conocía la profundidad del amor escondido en aquella mirada fugaz. Era un secreto que solo compartíamos Matteo y yo.

Nos conocimos cuando él estaba pasando por una mala época en la escuela. Su familia le había cortado todo apoyo y había llegado como el chico nuevo a nuestro colegio.

Atrapado en medio de disputas familiares, se había convertido en el blanco de los abusivos, todos empeñados en destrozarlo.

Sus ojos profundos encontraron los míos en el instante en que se puso de pie para presentarse frente a la clase.

Le tocó un pupitre en la esquina del fondo. De camino hacia allí, tropezó al menos siete veces.

Una tarde, cuando llegué a la escuela, vi a un montón de alumnos correr hacia el callejón de atrás.

Lucy Thompson, una compañera de clase, se detuvo frente a mí, agitada, y me dijo:

—Isabella, dicen que al chico nuevo le están dando una paliza en el callejón. Vamos a ver.

Me jaló con ella hasta allá y, justo cuando llegamos, escuché a alguien gritar:

—¿Así que te atreves a quitarme a mi chica, maldito?

Entonces vi a Matteo en el suelo, recibiendo golpes de una pandilla armada con palos. Estaba hecho polvo, tirado en el piso y apenas resistiendo.

—Yo no… —logró decir a la fuerza, con la voz mezclada entre dolor y desafío.

Acababa de llegar. Ni siquiera sabía quién era quién, mucho menos iba a robarle la novia a alguien.

David Gerome, como si eso fuera una señal, le dio un par de patadas más y los gemidos ahogados de Matteo volvieron a llenar el aire.

Los estudiantes alrededor observaban, pero nadie se atrevía a enfrentarse a los abusivos ni a intervenir. Y ellos no mostraban ninguna intención de detenerse. Si aquello continuaba así, Matteo quedaría destruido, si no muerto.

—¡La policía! ¡Ya viene la policía! —grité en medio del caos, escondiéndome detrás de mis compañeros—. ¡Muévanse!

La pandilla soltó maldiciones, pero se dispersó al instante.

Llamé a mi chofer y a mi guardaespaldas, y entre todos subimos a Matteo a mi auto para llevarlo de inmediato al hospital.

Cuando los médicos lograron estabilizarlo y yo terminé de pagar los gastos, regresé a casa.

Al día siguiente, de vuelta en la escuela, encontré una orquídea azul, mi flor favorita, esperándome sobre el pupitre.

Cuando levanté la mirada, vi sus ojos. Habían perdido aquella opacidad y en su lugar brillaba algo nuevo.

Volví a verlo en el pasillo cuando iba camino al baño.

Salió de allí empapado de pies a cabeza y, al verme, bajó la mirada con timidez y pasó de largo a toda prisa.

Una semana después, estaba caminando por la arboleda del campus para bajar la comida cuando una voz helada dijo:

—Rómpanle las piernas. Así no volverá a atreverse a desafiarme.

Vi a un tipo haciendo girar una daga con una sonrisa siniestra, agarrar un palo tan grueso como un muslo y dirigirse directamente hacia Matteo.

Al darme cuenta de que era Matteo quien estaba en peligro, le mandé un mensaje a mi guardaespaldas para que viniera enseguida.

El palo ya estaba alzado, a punto de estrellarse contra la rodilla de Matteo.

—¿Qué demonios están haciendo? —grité con todas mis fuerzas.

Se dieron la vuelta, vieron a una chica joven y soltaron carcajadas burlonas.

—¿Qué pasa? ¿Tú también quieres meterte? Esto es una escuela, y lo que están haciendo está mal. Es acoso. Llamaré a un profesor.

Yo solo estaba ganando tiempo, esperando a que llegara mi guardaespaldas. Avisarle a un profesor de algo así en el campus no servía de nada. Ellos no se metían en los asuntos mafiosos de nuestras familias.

Entonces alguien me reconoció como la Principessa de la familia Moretti y se lo susurró a los demás.

El tipo me lanzó una mirada dura, hizo un gesto con la mano y todo el grupo se dispersó.

Corrí hacia Matteo y lo encontré encogido en el suelo, con el brazo torcido a un costado de una forma espantosa. Era evidente que estaba roto. Tenía el rostro tan hinchado y amoratado que casi no se le reconocía, y una punzada de compasión me atravesó el corazón.

Entre el guardaespaldas y el chofer me ayudaron a llevar a Matteo a la villa en la que yo vivía por el momento.

Nuestro médico de familia llegó enseguida, le hizo una revisión completa y le acomodó el brazo roto.

Matteo permaneció inconsciente todo el tiempo. El doctor nos aseguró que, con suficiente descanso, pronto saldría del peligro.

Por esto, y sabiendo que él no tenía a nadie más que pudiera cuidarlo, opté por no llevarlo al hospital.
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