(Al día siguiente) Las pestañas de Emily revolotearon lentamente, como si fueran demasiado pesadas para levantarse. Sus labios se entreabrieron y dejó escapar un débil y tembloroso suspiro antes de que sus ojos finalmente se abrieran: cansados, nublados, pero vivos. —Ya despertaste —dijo Denovon con alivio, inclinándose rápidamente hacia ella. Había estado observándola durante horas, esperando ese preciso momento. Emily parpadeó débilmente, confundida mientras intentaba enfocar lo que la rodeaba. Tenía la garganta seca y su voz apenas era audible. —¿Dónde... dónde está mi bebé? —susurró. En cuanto esas palabras salieron de su boca, su corazón empezó a latir con fuerza. Su mano tembló mientras se llevaba al vientre, ahora más pequeño, ya no hinchado. El miedo recorrió todo su cuerpo. Los recuerdos que nunca quiso revivir volvieron a invadirla. El temor de perder a un bebé otra vez. El temor al dolor. Su respiración se volvió superficial. —Tranquilízate, esposa —dijo Denovon con
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