De vuelta en la casa de su madrastra, Elisabetta tragó saliva con dificultad. Tenía la garganta seca. Las manos le temblaban. Estaba de pie en medio de la sala, mirando a Tessa y a Nina como si fueran extrañas. Quizá siempre lo habían sido. Quería luchar. Quería gritar. Pero sus piernas se sentían débiles. Su voz no salía. Estaba congelada, atrapada, como lo había estado desde la muerte de su padre. Tessa sonrió. Podía ver a Elisabetta derrumbarse, y le gustaba. —Mírate —dijo Tessa, rodeándola como un halcón—. Tan débil. Tan indefensa. Igual que tu padre. Elisabetta se estremeció al escuchar esas palabras. Nina desapareció escaleras arriba por un momento. Cuando regresó, llevaba un vestido nuevo. Era hermoso—de seda, color crema, con pequeñas perlas cosidas en el corpiño. Le quedaba perfecto. Elisabetta se quedó sin aliento. Reconoció ese vestido.
Last Updated : 2026-04-02 Read more