Todas las luces estaban encendidas, y la habitación brillaba casi como si fuera de día.Sonia yacía bajo Javier. El rostro de Javier, bello incluso en ese desorden, le ocupaba por completo la vista, y ella podía ver con total claridad cómo en sus ojos negros se agitaba algo oscuro y contenido.El pecho de Sonia subía y bajaba con fuerza. Sobre la piel le habían quedado pequeñas marcas rojizas y moradas, esparcidas aquí y allá.Él parecía un demonio de belleza peligrosa, alguien que iba dejando fuego donde ponía los labios, como si cada beso encendiera una chispa y cada roce dejara un rastro ardiente.A Sonia ya empezaba a darle vueltas la cabeza. Sentía que, en cualquier momento, podía desvanecerse.Tal vez era porque apenas tenía experiencia. O, sencillamente, porque casi no la tenía.La única vez anterior que había estado con un hombre, él también había sido intenso, apasionado, imposible de ignorar.Pero aquella vez no había sentido esta clase de mareo, esta sensación de estar a pun
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