Por mis buenos resultados en investigación, el profesor me propuso ir a cenar a su casa; la señora Silvia cocinaría unos platos para celebrarme.Antes de conocer a la señora Silvia, imaginé que tendría la misma edad que el profesor: una señora amable de poco más de cincuenta años.Pero cuando el profesor me llevó a su casa y me presentó a su esposa, quedé boquiabierto.Piel blanca como la nieve, facciones perfectas, y una cabellera negra y brillante que la hacía aún más llamativa.Y su figura era, sin más, la de una diosa.Pechos erguidos, piernas largas y esbeltas, trasero prominente: todo en ella era lo que cualquier tipo soñaría.Jamás imaginé que el profesor, casi sexagenario, tuviera una esposa tan joven y guapa.Ante mi mirada encendida, la señora Silvia no se apartó; al contrario, ella misma me extendió la mano.—Hola, me llamo Silvia Fuentes. En teoría deberías llamarme señora Fuentes, pero no te llevo muchos años, así que también puedes llamarme solo Silvia.Me apresuré a apar
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