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Dominado Por La Esposa De Mi Profesor
Dominado Por La Esposa De Mi Profesor
Author: Benito Camelier

Capítulo 1

Author: Benito Camelier
Por mis buenos resultados en investigación, el profesor me propuso ir a cenar a su casa; la señora Silvia cocinaría unos platos para celebrarme.

Antes de conocer a la señora Silvia, imaginé que tendría la misma edad que el profesor: una señora amable de poco más de cincuenta años.

Pero cuando el profesor me llevó a su casa y me presentó a su esposa, quedé boquiabierto.

Piel blanca como la nieve, facciones perfectas, y una cabellera negra y brillante que la hacía aún más llamativa.

Y su figura era, sin más, la de una diosa.

Pechos erguidos, piernas largas y esbeltas, trasero prominente: todo en ella era lo que cualquier tipo soñaría.

Jamás imaginé que el profesor, casi sexagenario, tuviera una esposa tan joven y guapa.

Ante mi mirada encendida, la señora Silvia no se apartó; al contrario, ella misma me extendió la mano.

—Hola, me llamo Silvia Fuentes. En teoría deberías llamarme señora Fuentes, pero no te llevo muchos años, así que también puedes llamarme solo Silvia.

Me apresuré a apartar la mirada y le estreché las manos que me tendía.

—Mucho gusto, señora. Soy Darío Bernal; puede llamarme Darío.

En el momento en que nuestras manos se apretaron, Silvia me guiñó el ojo con picardía y deslizó los dedos por el dorso de mi mano.

Ante el coqueteo de la señora Silvia, lancé una mirada nerviosa al profesor, pero él estaba entretenido con el loro de la entrada, como si no hubiera visto nada.

—Darío, no le hagas caso. Todo el día pendiente de ese loro maldito, lo trata mejor que a mí.

—Ven, ayúdame en la cocina. Hoy no está la señora del aseo y no puedo sola con todo.

Sin darme tiempo de reaccionar, Silvia me jaló hasta la cocina.

Me volteé para ver la reacción del profesor.

Él levantó la jaula y me hizo un gesto con la mano.

—Darío, ayuda a la señora Silvia en la cocina.

—Voy a pasear al pájaro un rato; ya regreso.

Y dicho eso, se dio la vuelta y salió.

Apenas salió el profesor, Silvia no pudo contenerse y empezó a quejarse hacia la puerta.

—Este viejo, todo el día pendiente del pájaro en la jaula y ni cuida su propio pájaro; por eso yo…

Al llegar ahí, los ojos se le pusieron rojos y las lágrimas le asomaron.

No entendí del todo lo que quería decir, pero me lo imaginé.

Viéndola tan indefensa, sentí lástima y quise consolarla, pero no supe cómo.

Silvia se secó las lágrimas de las comisuras y se dio cuenta de que yo no había dejado de mirarla.

Para disimular su descompostura, sonrió a la fuerza.

—Ay, mírame, diciendo estas cosas.

—Tú eres muy joven; no tienes por qué entender esto.

—Siempre es tu maestro quien te enseña a estudiar; hoy seré yo quien te enseñe a cocinar.

Y mientras hablaba, me jaló hasta la estufa y me preguntó al oído:

—Darío, ¿lo has hecho antes?

Tenía la boca muy cerca, tan cerca que sentía su aliento cálido; me hacía cosquillas en la oreja, y mucho más dentro de mí.

Avergonzado, bajé la cabeza y respondí en voz baja:

—Señora Silvia, nunca lo he hecho; no sé cómo.

Viendo mi cara avergonzada, la señora Silvia soltó una risita:

—No pasa nada si no sabes...te enseño paso a paso.

—Para todo hay una primera vez. Si pones atención, yo puedo enseñarte lo que sea.

Dicho eso, sacó unos jitomates de la canasta y los puso a lavar.

Cuando terminó, tomó uno y le dio una mordida.

El jitomate estaba muy jugoso; de esa mordida, el jugo rojo le empapó sus labios y se veían aún más rojos y provocadores.

Cuando iba a pasarle una servilleta, sacó la lengua y fue lamiendo despacio el jugo de las comisuras.

Su lengua se movía de un lado al otro, de arriba a abajo, como si estuviera ejecutando una técnica muy particular.
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