ログインUna semana después, el profesor Blanco murió de una enfermedad repentina.Silvia Fuentes, vestida de luto, lloró a mares en el funeral, lamentando que el profesor la había dejado sola en el mundo.Si no hubiera sabido que todo era su plan, casi me habría convencido.Con el pretexto de darle el pésame, la llevé a la sala trasera y le exigí que cumpliera su promesa.Encendió un cigarrillo y me miró con desprecio.—Chiquito, ¿cómo puedes ser tan ingenuo?—¿En serio crees que te voy a dar cinco millones?—Si sabes lo que te conviene, lárgate ya, o te va a ir muy mal.Sabía que iba a hacer eso, pero igual puse cara de víctima.—Silvia, tú me lo prometiste: si le ponía veneno al profesor Blanco y esperaba a que heredaras todo, me ibas a dar cinco millones. ¿Por qué no cumples tu palabra?Silvia frunció el ceño. —Chiquito, más te vale entender cómo están las cosas, o me vas a obligar a darte una lección.Yo no cedí. —Silvia, no tienes palabra. ¿No te da miedo que te arrastre conmigo?Silvia s
Al escucharla, me quedé atónito.—No… no, yo no me atrevo a matar a nadie.Al verme asustado, Silvia bajó de la cama, se agachó junto a mí y dijo en voz baja:—Darío, no tienes nada que temer.—Este veneno no tiene color ni olor. Nadie lo va a notar.—Y aunque alguien descubriera que fue envenenado, tú no tienes ningún vínculo de interés con él. Nunca llegarían hasta ti.Seguí negando con la cabeza:—Silvia, lo que sea menos eso. En serio no puedo matar a nadie.Al ver que seguía sin ceder, Silvia se rio burlona.—¿Crees que tienes opción?—Si no aceptas, te denuncio por violación. Vas a la cárcel.Dicho esto, sacó el teléfono y me mostró un video.—Míralo tú mismo. Grabé todo: tú amarrándome. Si no haces lo que te digo, le entrego esto a la policía y les digo que me violaste.Ese video era el momento en que, siguiendo sus instrucciones, habíamos jugado a las ataduras. En su momento me pareció emocionante. Nunca pensé que fuera una trampa.Si ese video llegaba a la policía, no tendría
Pero ella me apartó.—¡Lárgate!—¿Ayer no eras tan digno? Me desnudé y te rogué que lo hicieras conmigo, y ni así quisiste. ¿Y ahora sí quieres?—¿Quién te crees que eres para pensar que puedes cuando se te antoje?El deseo ya me tenía al límite, y con sus burlas encima, el coraje me subió todavía más.Ya no tenía ganas de seguir discutiendo. La jalé hacia mí y, de un tirón, le rasgué la falda.La empujé al piso, le metí mano por todos lados y estaba a punto de tomarla a la fuerza.—¡Auxilio! ¡Pervertido asqueroso! Si te atreves a forzarme, te voy a denunciar y te meten a la cárcel.Sus gritos me devolvieron la cordura por un momento.La solté y, con las manos juntas, le supliqué:—Dime qué tengo que hacer para que me digas que sí.Al ver que cedí, Silvia cambió de expresión y me acarició la cara.—Así me gusta. Tranquilo, mientras hagas lo que te digo, te voy a dejar satisfecho.—Ayer me dejaste muy insatisfecha y tuve que buscar a alguien a media noche para que me ayudara a calmarme.
Pensé un rato y decidí no contarle nada al profesor.El profesor era famoso por adorar a su esposa.Comparado conmigo, sin duda la creería a ella.Podía quedar mal con los dos.Esa noche casi no dormí. Habían pasado demasiadas cosas y mi cabeza no lograba calmarse.Cuando empezaba a amanecer, me quedé dormido a medias.Una serie de golpes en la puerta me arrancó del sueño.Miré la hora: ya era mediodía.Me levanté corriendo a abrir.Era Silvia.Llevaba un camisón delgado y traía una bandeja en las manos, con una sonrisa.—Darío, tu profesor ya se fue a dar clases. Como no te veía levantado, no quise despertarte.—Temía que te quedaras sin comer, así que te traje algo.Sin esperar a que yo dijera nada, entró con la bandeja.Por lo de la noche anterior, me sentía culpable y no la detuve.Tomó un pan de la bandeja y me lo tendió. —Anda, come. Debes tener hambre.Y sí: después de semejante noche, el estómago me rugía.No pude resistirme al pan que trajo Silvia y lo devoré sin pensarlo.Si
Entre la emoción y la tensión contenida, terminé aquella cena que jamás olvidaría.Al levantarme para despedirme del profesor, Silvia me tomó del brazo antes de que él pudiera decir algo.—Darío, ya que viniste hasta acá, quédate unos días más.—El cuarto ya está listo para ti. Duerme aquí esta noche.El profesor también se levantó.—Darío, si la señora te pide que te quedes, quédate unos días.Con eso, no pude negarme.Al ver que acepté, Silvia dijo que me llevaría a conocer el cuarto. Aunque me parecía inapropiado, la seguí escaleras arriba sin chistar.Apenas entramos, la cerró con llave a sus espaldas.Justo cuando iba a preguntarle por qué cerraba la puerta, se lanzó a mis brazos.—Darío, ¿me abrazas?Por lo que había visto de ella ya sabía que era bastante desinhibida, pero no esperaba que fuera tan directa.Asustado de que el profesor subiera y nos encontrara así, intenté apartarla.—Señora, no podemos hacer esto…Pero Silvia me abrazó con más fuerza, con voz entre sollozos.—Da
—¡Ay!Con lo que dijo me distraje y el cuchillo me cortó la mano. La sangre brotó.Silvia, al verlo, tomó mi mano y empezó a chuparme el dedo herido.Al mismo tiempo, juguetona, le pasó la lengua por el dedo de un lado al otro, con unos roces que me hacían cosquillas.Mirando sus labios rojos moverse así, me quedé aturdido. Sentí el impulso de acercar mi boca a la suya y probar el sabor de su lengua.Pero pensar en la tesis que esperaba la revisión del profesor me regresó a la realidad. Saqué el dedo.—Señora, mejor voy a buscar una curita.Dicho eso, salí casi corriendo al baño, encontré una curita y me la puse.Sin voltearme, ya sabía que Silvia me estaría mirando con reproche.Pero no podía preocuparme por eso. Me quedé en el baño vendándome el dedo, y como temía salir y que volviera a acorralarme, me fumé unos cigarros antes de regresar.Cuando salí, Silvia ya había servido la comida en la mesa. Me miraba con rabia.Bajé la cabeza. No me atrevía a mirarla a ella ni al profesor.—An







