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Capítulo 2

作者: Benito Camelier
Mientras lo lamía, me guiñó un ojo.

Eso me puso la cara roja y bajé la vista.

Aunque me llamara Darío Bernal, en la vida real era muy introvertido.

Con 24 años y sin haber tenido novia, yo no tenía manera de resistir las insinuaciones de una diosa así.

Con esos pocos movimientos ya me tenía la cara ardiendo y la sangre caliente. Lo peor era que allá abajo el bulto se hizo notar, tensando mis pants delgados.

Con torpeza, ajusté las piernas y las cerré con fuerza.

En ese bochorno, la señora Silvia acercó el jitomate del que había mordido hasta mis labios.

—Pruébalo.

Apreté las piernas, con la cara de vergüenza.

No podía rechazarlo, pero tampoco me parecía correcto aceptarlo.

Mientras dudaba, me metió el jitomate en la boca.

—Si te digo que lo comas, cómelo. Los chicos deben tener más agallas, ¿por qué vacilas tanto?

Con eso me picó el orgullo.

“Si ella, siendo mujer, no le tiene miedo a nada, yo qué me iba a preocupar”.

Con eso en mente, dejé de contenerme, abrí las piernas y devoré el jitomate de un mordisco.

Silvia echó un vistazo allá abajo y se le escapó la lengua de la sorpresa.

En ese aspecto, yo sí estaba bien dotado.

Desde chico, al compararme con amigos y compañeros, nadie me ganaba.

Por eso se burlaban de mí diciendo que estaba armado como burro.

Y cuando el deseo crecía, se ponía aún más enérgico.

Tras recuperarse un momento, Silvia sonrió con coquetería y me dio un par de palmaditas en la cara.

—Así sí pareces un hombre. Ven, que Silvia te enseña a cortar verduras.

Dicho eso, sacó un pepino del refrigerador, lo enjuagó bajo el grifo y lo puso en la tabla de cortar.

—A mí me encanta el pepino —dijo sonriendo—. Practica con este.

Mientras hablaba, sus ojos no se despegaban de mis partes, como si no estuviera hablando del pepino sobre la tabla.

Su mirada me puso incómodo, así que tomé el cuchillo y empecé a cortar el pepino.

Como casi nunca había usado un cuchillo de cocina, los cortes me quedaron disparejos.

Silvia me observó cortar el pepino con tanta cautela y se rio.

—Jajaja, con esto mejor te enseño yo de cerca.

Dicho eso, rodeó hacia mi espalda, tomó mi mano con la suya, pegó sus pechos contra mi espalda y me fue guiando al cortar.

Sus manos eran suaves y cálidas sobre las mías; sentí un calor que me subió por el brazo y me nubló la mente.

Lo que más me agitaba era que cada vez que aplicaba fuerza al cortar, sus pechos rebotaban contra mi espalda y me dejaban el cuerpo entero blando, salvo un solo lugar que estaba duro como hierro.

Mientras cortábamos, me susurraba al oído.

—Qué listo eres, aprendes rápido. No me extraña que tu profesor te tenga tanta estima.

—Y no solo tu profesor te aprecia. Silvia también te aprecia mucho.

—Darío, ¿y tú me aprecias a mí?

—Yo...

Con esa pregunta, de verdad no supe qué responder.

Cuando estaba en aprietos, la puerta crujió y se abrió.

Era el profesor que volvía.

Al verlo, me eché hacia adelante para mantener algo de distancia con Silvia.

Pero ella no parecía tenerle miedo. Cuando yo avancé, ella avanzó también, pegada a mi espalda igual que antes.

Supuse que el profesor se enojaría al ver eso, así que bajé la cabeza y seguí cortando el pepino.

Pero para mi sorpresa, el profesor nos echó un vistazo y asintió satisfecho.

—Muy bien, muy bien. Darío, ya no quedan muchos jóvenes tan aplicados como tú.

—Aprende bien de Silvia. Voy al estudio a leer.

Dicho eso, tomó la jaula del loro y entró al estudio.

En cuanto el profesor entró al estudio, Silvia no pudo evitar quejarse.

—Todo el día con el pájaro o leyendo. ¡Nunca hace lo que le toca!

No pude evitar defenderlo.

—El profesor Blanco es muy dedicado en la universidad. Sus alumnos están entre los mejores.

Al escuchar eso, Silvia torció la boca con aire de agravio.

—¿A quién le importa eso? Hablo de la familia, del matrimonio. En este hogar, ¡yo soy a quien él debería atender!

Al principio no entendí a qué se refería, pero cuando caí en la cuenta, la cara se me puso roja.

Al verme enmudecer, Silvia supo que había entendido y se pegó todavía más. Sus pechos se aplastaron contra mi espalda y los movió de un lado a otro.

Me susurró al oído.

—Tu profesor no hace lo que le toca. ¿Y si tú lo reemplazas?
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