—Además, ¿y qué si solo arruiné un negocio? No sería la primera vez. ¿Y esa cara por qué me la pones?Vincent apretó la culata de la pistola con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.Pero Angela, con los ojos enrojecidos, seguía haciéndose la víctima y la ofendida. Se puso a echarme en cara, uno tras otro, todos los desastres del pasado.Y al oírla, por fin se me despejó aquella duda que llevaba tanto tiempo clavada en el pecho.El año pasado, un lote de armas que yo misma había desarrollado y supervisado acabó convertido en pura chatarra, sin potencia ni para disparar bien.En aquel momento, Vincent me echó toda la culpa encima. Me gritó que ni siquiera era capaz de vigilar un cargamento y que no servía para nada más que para arruinar las cosas.Pero yo había revisado ese lote tres veces antes de dejar que Angela lo enviara.Quién iba a pensar que esa idiota, antes de entregarlo, borró el registro de materiales correcto y, como no se atrevió a preguntarme, fue directo
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