Cada pregunta era una bofetada en su cara, destrozando su orgullo.Los niños lloraban tan fuerte que apenas podían respirar, sus manitas arañando desesperadamente mi ropa, intentando recuperar a la madre que ellos mismos habían alejado.—De verdad nos equivocamos, mamá —sollozó Sofía, con el cuerpo sacudido por convulsiones de tanto llorar—. De ahora en adelante solo te vamos a obedecer a ti... por favor no nos dejes.Mi visión se nubló, pero sabía que esas eran lágrimas por la persona sumisa que yo solía ser, no una señal de que mi corazón se estaba ablandando.Julian caminó en silencio hasta mi lado y me alcanzó un pañuelo limpio; el roce suave de sus dedos trajo una calidez que me sostuvo.Ese gesto tan simple encendió por completo la rabia de Santino.—¿Quién diablos eres tú? —exigió, con los ojos prometiendo despedazar a Julian ahí mismo—. ¿Con qué derecho te metes en los asuntos de la familia Genovese?Julian se acomodó los lentes sobre la nariz y, para mi sorpresa, no ret
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