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La segunda vida de la despreciada Donna

La segunda vida de la despreciada Donna

By:  BagelCompleted
Language: Spanish
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Desperté, y tenía 28 años otra vez. Tenía dos herederos gemelos, y mi esposo era Santino, el Don de la mafia más temido de Veridia. Presidía la Comisión de las Cinco Familias. Su perfil afilado había sido portada de la revista más exclusiva del inframundo durante varios números consecutivos. Hasta las familias Valerianas más antiguas hacían fila para ofrecerle a sus hijas. Todas las mujeres de Altoria envidiaban mi buena suerte. Pero lo primero que hice al despertar fue tomar los papeles del divorcio —la tinta todavía fresca— y entregárselos a Jessy, el amor de su infancia. —Mi abogado se encargará del divorcio. Las propiedades y los bienes son tuyos. Santino es tuyo. Los niños también. Jessy, sentada frente a mí, no podía creerlo. Sus ojos estaban abiertos de par en par. —¿Estás loca, Alessia? ¿Esto es algún tipo de trampa? —¿Cómo puede ser que la mujer que llevó seis años siendo Donna lo suelte todo tan fácilmente? Bajé la mirada, con voz serena. —Ya que todos te prefieren a ti, decidí que era hora de hacerme a un lado. Haz que Santino lo firme y estampe su anillo de sello en la cera. —Una vez que el divorcio sea oficial, abandonaré Veridia para siempre. Esta vez no cometería el mismo error. Nunca más volvería a ser una Donna solo de nombre.

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Chapter 1

Capítulo 1

—Alessia, ¿a qué estás jugando ahora? —Las largas uñas rojas de Jessy repiqueteaban contra el borde de su copa de cristal. Tenía el ceño fruncido.

—No estoy jugando a nada. Estoy... agotada. —La sostuve la mirada sin apartar los ojos de los suyos, con voz tranquila.

—¿Acaso no sabes cuántas mujeres matarían por el título de Donna, solo por el derecho de compartir su cama?

—Claro que lo sé. Por eso te estoy dando la oportunidad a ti.

La miré fijo, y una sonrisa amarga se dibujó en mis labios.

Jessy guardó silencio un momento, pero al final dejó caer la máscara.

Arrebató el grueso documento legal de mis manos. Sus ojos recorrieron las cláusulas a toda velocidad, y cuando llegó a la sección de transferencia de propiedades y bienes, una expresión de júbilo absoluto le iluminó el rostro.

—Está bien, Alessia. Ya que insistes tanto, aceptaré con gusto tu generosa oferta —ronroneó, con los ojos brillando de triunfo—. Pero más te vale recordar esto: una vez que algo es mío, aunque vengas a arrastrarte de rodillas a suplicarme, jamás te lo voy a devolver.

—Como quieras. —Asentí con la cabeza—. Yo no me voy a retractar.

Este matrimonio me había ido consumiendo poco a poco.

Estaba verdaderamente harta del tormento de mi vida anterior.

Jessy se puso de pie y, en sus stilettos, caminó hacia una cabina apartada junto al ventanal de piso a techo.

Se recostó en el sofá de cuero y marcó un número.

En cuanto la llamada conectó, su voz se volvió suave y empalagosamente dulce.

—Santino, amor, estoy en el club privado de la Avenida Zafiro. ¿Podrías venir a buscarme? Hay algo de lo que necesito hablarte.

Yo me quedé sentada en la silla fría, con un peso enorme oprimiéndome el pecho.

Rara vez llamaba a Santino; no quería interrumpir su apretada agenda. En las pocas ocasiones en que tuve que contactarlo por asuntos urgentes de familia, siempre me atendía su secretaria. Los problemas se resolvían, pero su voz nunca llegaba a mis oídos.

Y sin embargo, no habían pasado ni diez minutos cuando el mismísimo Don —un hombre que vivía perpetuamente sepultado en los negocios más brutales de la familia— cruzó las puertas del club.

Lo vi entrar desde el ventanal.

Llevaba un traje oscuro hecho a medida que no lograba disimular las líneas poderosas de sus músculos, dándole un aire intimidante. Hombros anchos, cintura estrecha, piernas largas. Era, hay que admitirlo, un hombre ante el que ninguna mujer podía mantenerse indiferente.

Mis gemelos, Leo y Sofía, vieron a Jessy y al instante se soltaron de sus guardaespaldas para correr hacia ella.

Le enterraron las caras en el pecho.

—¡Tía Jessy! —chilló Sofía.

Sus manitas se aferraron a ella sin querer soltarla.

—¿Qué quieren hacer esta noche? —La voz de Santino era suave, con ese tono que reservaba únicamente para Jessy—. ¿La ópera, o volvemos al penthouse?

Jessy sonrió con una picardía en los labios y sacó el acuerdo de divorcio de su cartera.

—Antes de eso, hay un pequeño asunto que necesita el sello de aprobación del Don... —Deliberadamente pasó el documento a la última página.

Santino tomó el fajo de papeles sin siquiera mirar el título. Sacó una pluma, estampó su firma y presionó con firmeza el anillo de sello de su familia —símbolo de su poder absoluto— sobre el papel.

—¿De verdad necesitamos tantas formalidades entre nosotros?

—¿La tía Jessy consiguió un trabajo nuevo? —Leo levantó la vista de golpe, con los ojos encendidos de emoción—. ¡Papá, ¿puede la tía Jessy llevarnos a pasear? Sofía y yo queremos estar con ella para siempre! ¡Nunca más queremos quedarnos encerrados en la mansión mirando la cara aburrida de... mamá!

Al mencinarme, el rostro de mi hijo se torció en un gesto de disgusto.

Ni siquiera habían reconocido la presencia de su propia madre desde que entraron.

Santino frunció el ceño levemente, pero al ver el anhelo en los ojos de sus hijos, asintió.

—Está bien. En cuanto pase este período tan ocupado, haré que Jessy pase más tiempo con ustedes.

—Qué maravilla —arrulló Jessy, recostándose contra Santino, su muslo rozando apenas perceptiblemente el pantalón del traje—. Mi nuevo apartamento tiene una alberca enorme. Leo, Sofía... y tú, Santino. Pueden venir a jugar cuando quieran.

Su mirada se suavizó al posarse en Santino, y los dos niños estallaron en vítores de emoción.

Sofía incluso se puso de puntitas para besarle la mejilla a Jessy.

—¡La tía Jessy es la mejor! ¡Un millón de veces más divertida que mi mamá!

Era como si un cuchillo sin filo me estuviera retorciendo el pecho.

La desesperación de sentirme completamente abandonada por mi propia familia se me atoró en la garganta, sin dejarme respirar.

No podía soportar ni un segundo más la visión de esa nauseabunda "familia de cuatro".

Agarré mi clutch y salí tropezando, desesperada por escapar.

En cuanto el aire frío me golpeó la cara, las sombras de mi vida anterior se me vinieron encima como una avalancha.

En mi otra vida, mi matrimonio con Santino no fue más que una transacción; una alianza entre dos familias de la mafia. Yo le di herederos gemelos, y a cambio, pasé incontables noches esperando en una mansión fría y vacía, soportando su indiferencia sin fin.

Y sabía que todo era por culpa de Jessy, la mujer a la que él había puesto en un pedestal.

Años atrás, cuando Jessy se fugó con otro hombre en busca de una vida más emocionante, Santino se encerró en el sótano a fumar durante toda una noche. Demasiado orgulloso para ir tras ella, dio media vuelta y se casó conmigo: la "Donna perfecta" que convenía a los intereses de su familia.

Santino había sido el dios que yo adoraba en mi juventud; cada socialité de Nueva York soñaba con ser su esposa. Así que cuando mi familia anunció el compromiso, creí haber encontrado el paraíso.

Pero cada día de nuestro matrimonio fue un infierno.

Le entregué todo mi amor, solo para recibir a cambio su distancia constante y su indiferencia. Jamás habló de divorcio, ni siquiera cuando Jessy regresó. Pero en la mesa, en los banquetes, sus ojos se posaban en ella sin disimulo, abiertamente.

Lo que más me destrozó fue que Leo y Sofía —los hijos que yo había cargado durante nueve meses— también prefirieran naturalmente a Jessy. Se fueron alejando de mí, y sus sentimientos rozaban el odio.

Con el tiempo, ese matrimonio roto me fue vaciando por dentro. Quedé gravemente herida en el fuego cruzado de una disputa entre familias.

Cubierta de sangre, extendí la mano hacia Santino, pero en el momento en que Jessy susurró "tengo mucho miedo", él la tomó en brazos y la llevó al helicóptero sin volver la vista atrás.

En mis últimos momentos, lo vi dar la orden de retirada con frialdad, cortando mi única posibilidad de ser rescatada.

Ni siquiera se le pasó por la mente buscar a su esposa.

Mientras las llamas me consumían, mi cuerpo se convulsionaba de agonía.

La desesperación me desgarró mientras yacía entre los escombros.

Si había una próxima vida, juré que jamás volvería a soportar ese dolor tan atroz.
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